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                 LAS LLAGAS DEL GRAN PODER

Quiero abrir cada noche los cerrojos de las cancelas que encierran mis temores y sentir que el Señor se aproxima para rescatar mi alma de las soterradas tinieblas del tránsito a la perturbable oscuridad de la nada. Mi vida encuentra sentido en la divina existencia de Dios. Su presencia es como la sístole y diástole que hacen latir mi desgastado corazón, herido de tanto amor destilado. No existe camino que no lleve a su Luz, ni montaña tan alta que pueda superarle. Mi pobre semblanza rebosa espiritualidad al contemplarle. Son las llagas de mi Dios prendido en el madero las que me fortalecen ante la debilidad cotidiana. Tú, mi Gran Poder, prolongas la zancada en búsqueda del continuo Calvario de nuestras tristezas y elevas la mirada hacia un horizonte cercano de Salvación.

Aunque no has muerto, puedo sentir tus llagas abrasándome hasta límites insospechados. El leño que frunce tu hombro es devastadora carga para la espalda que asiente en el descomunal esfuerzo. Parece que no puedes, pero siempre sigues caminado de frente. El Gran Poder que mana de tu omnipresencia encuentra en la misericordia la fortaleza para persistir en el empeño. Amarramos nuestras manos a la Cruz que no te vence, en el transitar de la vía que desde el Pretorio bautismal nos llevará al Gólgota del columbario.

Nos lastiman las espinas que brotan de la sierpe que enrosca tus sienes enclavándose cruelmente sobre la carne, pero ante todo sentimos el dolor más profundo e inexorable cuando subimos los escalones que nos apostan frente a tu venerado Talón. Esa llaga, Dios mío, que cada día se abre y cicatriza ante el sufrimiento humano que busca en el beso el más infalible remedio o el rescate del ser querido que duerme en tu regazo, nos conmueve.

Tantas veces has oído mi Señor ¿por qué te lo llevaste? de labios de madres que perdieron a sus hijos, de esposas que lloran a sus maridos o incluso de nietos que tratan de alcanzar la mano del abuelo que cada viernes, obviando fatigas y el paso de los años, lo tomaba entre sus brazos para rubricar el fresco amor a Dios con un dulce beso en el enquistado Talón.

Nos ahogan las siete llagas del Gran Poder, las que a punto están de brotar en sus manos, pies y costado, la oculta en su hombro y la que destila la infinidad del amor del Ser Supremo en su desgastado Talón. Me oprimen las siete apretadas vueltas de cíngulo que ciñe el morado hábito al ensangrentado cuerpo del Señor y me elevan al Paraíso la quietud, el silencio y la serenidad que embargan mi interior al abstraerme en la admirable contemplación del Dios que clama verdad y justicia en la cúspide del Altar.

Mis alabanzas comenzaron con el primer miserere coincidente con la festividad de la Epifanía de Jesús e irán incrementándose hasta merecer encaramar el punto álgido de la consistente devoción en el crepúsculo del ansiado Parasceve.


Jordi de Triana

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Comentado por Santy (Angel Macareno) en enero 13, 2012 a 12:02am

magnifico, enhorabuena, saludos

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