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(Resurrección de Lázaro, de Rembrandt)

Traigo aquí este poema de Luis Cernuda, posiblemente uno de los mejores poemas religiosos en español del siglo XX, y no deja de ser esto una paradoja en un hombre que fue carne de exilio físico (la Guerra Civil le obligó a salir de España) y espiritual (su Sevilla nunca lo aceptó, ni por sus ideas ni por su homosexualidad ni por ser uno de esos sevillanos finos y fríos que no entran por el aro de la sevillanía).

Cernuda hace aquí un paralelismo entre el propio Lázaro y él mismo. Y un hombre, que por sus propias circunstancias no debió ser demasiado religioso, acaba por volver a la vida (a esa vida que tan pocos atractivos tiene para él después de tantas derrotas) por una llamada de ese Señor que posee “unos ojos llenos de compasión” y en cuya alma “mi alma se copiaba inmensa, por el amor dueña del mundo”.

Estremece pensar cómo alcanza las alturas de la mística el poeta al reconocer en Jesús al Dios de la Vida porque es puro Amor, y ese Amor se traduce en auténtica compasión por todas las criaturas, de forma que cuando recibimos su llamada “en mí no estaba ya sino seguirle”.

Puede estremecer y emocionar aún más esta oración hecha poesía si la aplicamos al descenso del Señor a los Infiernos antes de su Resurrección; y es todo un ejercicio espiritual si la leemos despacio, verso a verso, como si fuésemos nosotros el propio amigo del Señor, ese Lázaro que termina pidiendo tan sólo fuerzas para soportar la vida.
Confío en que nos resulte de provecho espiritual para encontrarnos con Él.


LAZARO

Era de madrugada.
Después de retirada la piedra con trabajo,
Porque no la materia sino el tiempo
Pesaba sobre ella,
Oyeron una voz tranquila
Llamándome, como un amigo llama
Cuando atrás queda alguno
Fatigado de la jornada y cae la sombra.
Hubo un silencio largo.
Así lo cuentan ellos que lo vieron.

Yo no recuerdo sino el frío
Extraño que brotaba
Desde la tierra honda, con angustia
De entresueño, y lento iba
A despertar el pecho,
Donde insistió con unos golpes leves,
Ávido de tornarse sangre tibia.
En mi cuerpo dolía
Un dolor vivo o un dolor soñado.

Era otra vez la vida.
Cuando abrí los ojos
Fue el alba pálida quien dijo
La verdad. Porque aquellos
Rostros ávidos, sobre mí estaban mudos,
Mordiendo un sueño vago inferior al milagro,
Como rebaño hosco
Que no a la voz sino a la piedra atiende,
Y el sudor de sus frentes
Oí caer pesado entre la hierba.

Alguien dijo palabras
De nuevo nacimiento.
Mas no hubo allí sangre materna
Ni vientre fecundado
Que crea con dolor nueva vida doliente.
Sólo anchas vendas, lienzos amarillos
Con olor denso, desnudaban
La carne gris y fláccida como fruto pasado;
No el terso cuerpo oscuro, rosa de los deseos,
Sino el cuerpo de un hijo de la muerte.

El cielo rojo abría hacia lo lejos
Tras de olivos y alcores;
El aire estaba en calma.
Mas temblaban los cuerpos,
Como las ramas cuando el viento sopla,
Brotando de la noche con los brazos tendidos
Para ofrecerme su propio afán estéril.
La luz me remordía
Y hundí la frente sobre el polvo
Al sentir la pereza de la muerte.

Quise cerrar los ojos,
Buscar la vasta sombra,
La tiniebla primaria
Que su venero esconde bajo el mundo
Lavando de vergüenzas la memoria.
Cuando un alma doliente en mis entrañas
Gritó, por las oscuras galerías
Del cuerpo, agria, desencajada,
Hasta chocar contra el muro de los huesos
Y levantar mareas febriles por la sangre.

Aquel que con su mano sostenía
La lámpara testigo del milagro,
Mató brusco la llama,
Porque ya el día estaba con nosotros.
Una rápida sombra sobrevino.
Entonces, hondos bajo una frente, vi unos ojos
Llenos de compasión, y hallé temblando un alma
Donde mi alma se copiaba inmensa,
Por el amor dueña del mundo.

Vi unos pies que marcaban la linde de la vida,
El borde de una túnica incolora
Plegada, resbalando
Hasta rozar la fosa, como un ala
Cuando a subir tras de la luz incita.
Sentí de nuevo el sueño, la locura
Y el error de estar vivo,
Siendo carne doliente día a día.
Pero él me había llamado
Y en mí no estaba ya sino seguirle.

Por eso, puesto en pie, anduve silencioso,
Aunque todo para mí fuera extraño y vano,
Mientras pensaba: así debieron ellos,
Muerto yo, caminar llevándome a la tierra.
La casa estaba lejos;
Otra vez vi sus muros blancos
Y el ciprés del huerto.
Sobre el terrado había una estrella pálida.
Dentro no hallamos lumbre
En el hogar cubierto de ceniza.

Todos le rodearon en la mesa.
Encontré el pan amargo, sin sabor las frutas,
El agua sin frescor, los cuerpos sin deseo;
La palabra hermandad sonaba falsa,
Y de la imagen del amor quedaban
Sólo recuerdos vagos bajo el viento.
Él conocía que todo estaba muerto
En mí, que yo era un muerto
Andando entre los muertos.

Sentado a su derecha me veía
Como aquel que festejan al retorno.
La mano suya descansaba cerca
Y recliné le frente sobre ella
Con asco de mi cuerpo y de mi alma.
Así pedí en silencio, como se pide
A Dios, porque su nombre,
Más vasto que los templos, los mares, las estrellas,
Cabe en el desconsuelo del hombre que está solo,
Fuerza para llevar la vida nuevamente.

Así rogué, con lágrimas,
Fuerza de soportar mi ignorancia resignado,
Trabajando, no por mi vida ni mi espíritu,
Mas por una verdad en aquellos ojos entrevista
Ahora. La hermosura es paciencia.
Sé que el lirio del campo,
Tras de su humilde oscuridad en tantas noches
Con larga espera bajo tierra,
Del tallo verde erguido a la corola alba
Irrumpe un día en gloria triunfante.

(Resurrección de Lázaro, de Giotto)

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Comentado por irene en marzo 18, 2010 a 11:12am
Al igual que Lazaro de Betania, aqui en Sevilla "resucitamos" en cuanto el azahar llega a nuestros sentidos. Buena entrada y te espero en el paraiso jaajajaja. Besotes.
Comentado por Juan Vajo en marzo 18, 2010 a 10:25am
Gracias, Antiguo, Real..., porque al colgar este poema demuestras que no todos los cortaypega son iguales, en unos días que estamos leyendo auténticas tonterías, encontrarnos con este poema, introducción incluida, es un auténtico lujo para los sentidos, y espero que sea un azote para que vuelva el otro sentido, el común a las páginas de este blog.


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