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Se despierta entre las rocas de las sierras que dejan paso al sol de la mañana. Florece cada final de enero anunciando la llegada de las vísperas de la candela, como un ruiseñor anuncia con su bello canto el amanecer de cada nuevo día. Se acicala con el rocío que le dejó la aurora y se viste con sus galas moradas entre las esbeltas hojas verdes que lo arropan. Así es el bello lirio de nuestra sierra, frágil ante la certeza del devenir y a la vez con la robustez de un roble cuando nace a los pies de su camino, apartando los espinos para que sus pies se dejen caer sobre el delicado terciopelo de sus pétalos. Lirios son los que se entretejen y cosen en el manto que se extiende a sus pies, tantos y miles, con sus carencias y diferencias, con sus rozaduras y manchas, con sus estambres y pistilos envueltos entre sus pétalos al viento.  Únicos son bajo un mismo patrón y con una historia propia, mimados por el son del aire que los mueve para recibir el alimento del agua fresca y mantener la esperanza del roce con su piel.


Virgen de los Dolores,
Hans Baldung Grien
1516 


Tantos eran, y son, que llenaron su camino, pero sólo uno nació puro y blanco. Fue hecho así desde que fue imaginado y atreviose a destacar entre los demás para llevar en sí la semilla divina. La blancura de sus pétalos le hacía brillar en la sierra como una estrella radiante del firmamento que guía a los caminantes en la noche, lumbre blanca encendida de la madrugada a la que se acerca el que tiembla de frío, como en aquella en que lo vio nacer. A más morado en el que se tornan los demás, más blancura encierra en su corazón que se muestra dolorido. Blanca es la pintura de su pureza, que irradia en la savia de sus venas y en la suavidad del tacto de su mirada. Se preguntan los demás cómo es posible que con tanto dolor que tuvo que soportar vista el lirio de blanco, si con sus propios ojos vio su marchitar y con sus manos lo sostuvo ya seco. La blancura no está realmente en el color de sus pétalos ni en los surcos transparentes que deja el sufrimiento en su mejilla, sino en la luz que guarda en su corazón ante el regalo que a los demás lirios hizo. Luz de nuestro mundo. Es el luto blanco que se llena de dolor pero que, a su vez, arroja la esperanza para poder llevar el peso de nuestro color morado. Es el luto blanco que guarda un mensaje de amor y paz del que ella hace gala. Blanca eres, y tan blanca como el “deuil blanc” que vestían las reinas de Europa para dar la despedida a sus amados y a los que cayeron por su país. Como te vieron los pintores flamencos en tu dolor, tan blanca que a los pies de la Cruz tu pureza sigue intacta. Blancura dolorosa que extiende su mano en una tarde de finales de enero, como el lirio blanco de pureza que permanece a los pies del Nazareno.



Rogier van der Weyden. La Crucifixión

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