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El sectarismo y la casi abolición de los valores tradicionales, han calado profundamente en la sociedad a lo largo de los últimos treinta años. Los cristianos, en el transcurso de centurias, nos hemos valido para la transmisión del mensaje, de la formación, de los valores morales y éticos, de la Iglesia Ecuménica, de la Iglesia doméstica (la familia) y del colegio.
El colegio, como es bien sabido, dejó de ser ese vehículo. Con la Iglesia doméstica, por lo que antes se apunta y por falta de formación, ocurre otro tanto. A penas nos queda, por consiguiente, la catequesis, a través de las parroquias y, en algunos lugares, las hermandades.
A la vista de los resultados, parece que no lo estamos haciendo ni medianamente bien. Todo el que haya hecho el Rocío, habrá oído y comprendido la letra de esa sevillana que comienza: "Para ser buen rociero, primero hay que ser cristiano". Y añaden los rocieros que no solo los seis días del camino, sino todo el año.
Pues algo así debería ser el lema de todas las hermandades y cofradías, con lo que, de paso, cada miembro de cada hermandad tendría la formación adecuada, y los que fueren llegando además de los ingresados sin esa formación por razones de edad, tendrían el espejo donde mirarse. Pero ¿en cuántos casos esta realidad utópica se corresponde con la realidad verdadera? Que cada cual saque sus propias consecuencias, y que piense en el comportamiento de los cristianos, en general, y de los cofrades, en particular, durante todo el tiempo que ha durado la gestión y aprobación de la nueva ley del aborto.
Dicen los profesionales de la política, todos los que, de una manera u otra, viven del erario público, que la Iglesia no debe meterse en política. Y, dentro de un cierto entorno, levarán razón, pero cuando se transgrede la Constitución, cuando se transgrede la Ley de Derechos Humanos, cuando se transgreda la ley natural, cuando se reconocen unos derechos a los animales que se niegan a los humanos, cuando se desoye, de manera reiterada, la voz del pueblo, la Iglesia, a través de los cristianos que la componemos y, obviamente los cofrades, sí tenemos obligación de luchar por nuestros derechos.
Todos conocemos el contenido y la gestión de tan controvertida ley, y todos conocemos que se ha basado en la mentira (ninguna mujer ha sido encarcelada por abortar), en la falacia (el nasciturus no es un ser humano aunque sí es un ser vivo), que se ha hecho con el "máximo consenso" (frente a quienes representan a más de media España), que se han "atendido todas las opiniones", que ha tenido un amplio respaldo en las Cámaras...
Y quizás, la mayor falacia haya sido la de encargar la redacción y tramitación de dicha ley al Ministerio de Igualdad, cuando por lógica y sentido común debiera haber correspondido al Ministerio de Sanidad. Y, a mayor abundamiento, cuando "aplicando" esa igualdad, al futuro padre se le ignora a todos los efectos.
Pero, además de la aberración que supone convertir un delito (el de asesinato) en un derecho, también se encuentran en la dicha ley unos primeros artículos que, aparentemente, están pasando "sin pena ni gloria", como son el no reconocimiento a la objeción de conciencia para los profesionales, instruir específicamente a los estudiantes de Medicina en la prácticas abortivas e "instruir" en las prácticas sexuales, no importa entre quiénes, a los escolares de todas las edades, así como la "solución del aborto". ¿Cabe mayor aberración?
Y en todo este tiempo, tan sólo los obispos y algunas organizaciones independientes se han posicionado en contra de esta nefasta e injusta ley, y estamos seguros de que muchos cristianos y cofrades se han inscrito en las mismas.
¿Podemos hacer más? Por supuesto. Y el ejemplo nos lo ha dado, de manera irrefutable, un militante socialista, concejal y teniente de alcalde de Paradas, quien una vez aprobada por cuatro votos en el Senado esta fatídica ley, pidió la baja en el partido, es decir, no ha dudado en anteponer su conciencia a su ideología. Un ejemplo para todos aquellos que, denominándose cristianos, no han hecho nada para impedir la aprobación de una ley que legaliza el asesinato de seres indefensos. Y esto ocurre en unos partidos que están en contra de la pena de muerte. Y esto ocurre cuando nuestro presidente declara en foros internacionales que "nadie tiene derecho a quitarle la vida a ningún ser humano, sea cual fuere el motivo".
Es evidente que tras destruir, casi por completo, la familia, y vaciar de valores a la juventud, ahora pretenden destruir también la niñez, con la solemne estupidez de que la infancia también tiene derechos sexuales. A este hecho, hasta ahora, se le llamaba corrupción de menores.
Aparentemente, de nada están sirviendo las diversas manifestaciones que se han promovido en la defensa de la vida del no nacido. Con miles de ciudadanos reclamando el simple y natural derecho a vivir. Y seguro que en ese magma de manifestantes, más o menos anónimos, se encontraban cristianos, ortodoxos, judíos, agnósticos, musulmanes, indiferentes..., pues la reivindicación de ese derecho no depende, exclusivamente, del credo o de la religión que se profese. Está inscrito en los genes de todo ser humano. Es, simplemente, humanismo.
En la última manifestación de Sevilla en los pasados días, según publica la prensa, no han asistido todas las hermandades. ¿Dónde estaban los componentes del resto de las hermandades? ¿Y dónde el total de los componentes de las que sí asistieron? Ya que, de asistir sólo el 50% de los cofrades de Sevilla, la Plaza Nueva no hubiera tenido capacidad para albergarlos a todos.
Dice el profesor Contreras que "si somos pocos los que damos la cara, es porque hay pánico a desafiar la hegemonía cultural de la izquierda". No sabemos si esto será así, pero parece cierto que también hay miedo a indisponerse con "los que mandan", que hay miedo a perder subvenciones o ayudas.
Ya, en contra de la mayoría del pueblo, nos impusieron el matrimonio entre personas de igual sexo, como un ataque más a la familia; hacen lo posible y lo imposible para que, en contra de lo dispuesto por la Constitución, los padres no puedan elegir el colegio para sus hijos, ni tampoco la orientación ética y moral que se dé a los mismos; ahora ha tocado, basándose en mentiras, imponer el aborto libre, aumentando, de paso, el negocio de las clínicas abortivas. Y, a no dudarlo, el próximo año tendremos la imposición de la eutanasia.
Esperamos de las hermandades que continúen en la formación de sus miembros en el mensaje de Vida de Nuestro Señor Jesucristo. De una vez por todas, hemos de perder la vergüenza de declararnos públicamente cristianos y recuperar los valores que, con nuestra dejadez y permisividad, se han ido perdiendo.
Hemos de decidirnos a pronunciar un ¡basta ya! y reivindicar nuestro constitucional derecho a elegir la formación para nuestros hijos; pedir la protección de los poderes públicos para la familia y el reconocimiento de la objeción de conciencia; evitar la corrupción de nuestros menores con la "educación" sexual que se pretende imponer y la derogación de esta ley del aborto que, en todos los eufemismos que se quieran emplear, no pretende más que legalizar los asesinatos de los más indefensos y contribuir al enriquecimiento de ciertos personajes.
La jerarquía eclesiástica sólo puede darnos orientación a los cristianos y recordarnos nuestros derechos. Y también nuestros deberes. Nosotros, en cuanto que cristianos y cofrades pero, por encima de todo, seres humanos, hemos de seguir reivindicando el derecho a la vida de aquellos seres humanos más desprotegidos: los que aún no han nacido. Hecho que también está recogido en la Constitución, porque ¿cuántos militantes o votantes de los distintos partidos no "militan" también en nuestras hermandades y cofradías? Pues ya sabemos todos lo que toca.
En estos días sagrados, cuando nos disponemos a compartir nuestra estación de penitencia con el mismo Dios hecho hombre, pidamos a la Madre de todos que nos dé fortaleza para vivir y testimoniar la verdad de nuestra fe, siendo capaces de hacer vida el Evangelio de Vida que, de Palabras y de obras, nos enseña la Pasión, Muerte y Resurrección del señor.
"Al que me confesara delante de los hombres, yo lo confesaré delante de mi Padre celestial". El hambre, la injusticia, la violencia contra el hermano más débil, encuentre en nuestros corazones la "caridad en la verdad" que el Papa Benedicto XVI nos enseña como norte de nuestra moral social, de nuestras relaciones con los demás.
¿ Y quién más pequeño y más necesitado del amor que Jesús proclama, que aquel cuya muerte es autorizada por la misma ley de los hombres y que no cuenta siquiera con el amor de su propia madre?

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