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Podríamos considerar a Ortega Bru como uno de los imagineros contemporáneos que más aportaron a la iconografía del crucificado en el pasado siglo XX, tanto por la calidad como por la personalidad de sus obras. Dentro de la producción del escultor sanroqueño dedicada a este tema se observan dos tendencias distintas: una, adaptada al gusto cofrade, donde es palpable la herencia de la imaginería barroca sevillana y otra, más original, donde el escultor se deja llevar por una mayor libertad creativa.
Entre el primer grupo existen, no obstante, diferentes matices en relación a la menor o mayor aceptación por parte del artista de la estética escultórica del primer barroco hispalense. De este modo, encontramos piezas como el Santísimo Cristo de la Salvación de la Basílica de Nuestra Señora de la Esperanza Macarena (1952), donde se halla una clara relación con composiciones procedentes de Juan Martínez Montañés y sus seguidores. Especialmente esta influencia queda plasmada en su configuración como crucificado de cuatro clavos, siguiendo el modelo del Cristo de la Clemencia, labrado por Martínez Montañés, y en la morfología del sudario. Éste aparece atado con cuerda, recurso que, aunque lo seguiremos viendo en los ejemplos posteriores, en este caso evidencia aún el recuerdo de tallas como el sevillano Cristo de la Buena Muerte de Juan de Mesa y Velasco, si bien su conformación es menos pesada y con pliegues más amplios. La cabeza, no obstante, resulta más barroca, recordando el cabello a soluciones roldanescas.
En esta misma línea, aunque algo más avanzado, se encuentra el Santísimo Cristo de la Buena Muerte de la cofradía homónima de San Roque (1954). Como el anterior, es palpable la armonía de proporciones. Presenta un sudario muy similar pero el estudio anatómico y la cabeza remite a la del Santísimo Cristo de la Caridad de la cofradía de Santa Marta de Sevilla, realizado un año antes.
Un punto intermedio entre clasicismo e innovación lo ofrece el que podría considerarse su crucificado más acabado, el Santísimo Cristo de la Salud de la cofradía de Montesión (1953). Obra cumbre dentro de este tema iconográfico en la imaginería sevillana contemporánea, ha sido relacionado con el Cristo de la Conversión de la cofradía de Montserrat, obra de Juan de Mesa; modelo al parecer exigido por la hermandad. Las mayores afinidades se advierten en la composición general y en el movimiento de la cabeza. Así, la voluminosa corona de espinas aparece tallada en un mismo bloque. Pero en la esbeltez de la anatomía y en los nerviosos pliegues del sudario se comprueba la distancia que le separa ya de la imagen mesina. De hecho, como ya comentamos, en él encontramos ya las bases de lo que será el estilo característico de la etapa castellana de su autor.
El éxito de este crucificado hará que repita el mismo modelo, con sólo leves diferencias, en el de la Parroquia de la Inmaculada de Campamento y en el Santísimo Cristo de la Vera Cruz de la cofradía del Perdón de Manzanares, ambos de 1955.
La culminación de la tipología se encuentra en el Santísimo Cristo del Perdón de Cádiz (1981), ya en su segunda y definitiva estancia en Sevilla. La mayor novedad, respecto a los tres casos anteriores, se encuentra en el paño de pureza, en el que vuelve a reinterpretar un ejemplo escultórico hispalense, ahora de un mayor barroquismo, pues su movido esquema tripartito nos remite al de la imagen de“El Cachorro” de Triana, obra de Francisco Antonio Ruiz Gijón.
La segunda de las tendencias señaladas ofrece, como decimos, creaciones más personales, de mayor ascetismo, mostrando a un Cristo clavado en una cruz plana y cubierto por un sudario exiguo y de muy libre diseño. En este grupo se situarían, además el Crucificado de la Iglesia del Carmen de La Palma del Condado (Huelva), labrado en torno al año 1970, el poco conocido de la iglesia de las Angustias de Jerez de la Frontera (1969) o el del monasterio burgalés de las Bernardas (1974). Ambos aparecen acabados dejando a la vista las vetas de la madera y mostrando una leve policromía en el pelo y el sudario, como ya hiciera en el referido de la parroquia de Campamento.
El jerezano es una pieza de estatura menor al natural. La posición de las piernas, ladeadas, acentúa un dramatismo que se adivina también en la cabeza. Ésta parte en su concepción global de la del propio Cristo jerezano del Descendimiento, con un desordenado cabello que cae en largos y curvilíneos mechones sobre la cara; sin embargo, el rostro emana cierta serenidad, alejada del patetismo de otras imágenes del autor. Se encuentra firmado en la zona inferior de la cruz.
La talla fue ejecutada a la vista del público en el transcurso de la exposición que sobre su obra se celebró en la Sala Cultural de la Caja de Ahorros de Jerez en 1969, siendo adquirida posteriormente por la hermandad local de Nuestra Señora de las Angustias (8). Una cofradía para la que el escultor realizaría ese mismo año cuatro ángeles mancebos tenantes destinados a su paso de misterio.

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Comentado por Emi(Angel macareno) en enero 1, 2010 a 11:17pm
Ortega Bru entra en el club de los elegidos, era un genio.

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