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Quisiera ser macareno y bajo el Arco vivir tu dulzura, quisiera ser de tu alma y haber nacido con el eco de tu ternura. Sin embargo tu, Madre, así no lo quisiste. Déjame que te explique, Madre, el motivo de mi lamento y que así rectificar puedas y enamorarme intentes...

 

Quisiera ser macareno, Señora y ahogarme en el misterio que encierra la silueta de tu cara. Macareno quisiera ser para llevar grabado tu nombre en el alma, para calmar el eco de tu quebranto, para cantarte poesías de silencios...

 

Quisiera ser macareno, Señora y de alabanzas tu ser nutrirte. Quisiera escribirte las más profundas saetas, chillarte los más hermosos piropos y cantarte mi fe hacia tu Esperanza.

 

Quisiera ser macareno, Señora para dar motivos a mis escalofríos al mirarte. Doncella fugaz de la mañana del Viernes Santo, en tus plantas querría haberme gestado para secarte las heridas desde pequeño, para llorarte cada vez que la luz del sol te abrazara el rostro, para iluminarme la vida cada vez que me sonrieras.

 

Quisiera ser macareno, Señora o mejor dicho, Chiquilla. Moza Triunfal de San Gil y cima mariana de la cristiandad, de los tuyos quisiera yo ser, y a todas horas soñarte y vivirte como tu gente lo hace.

 

Quisiera ser macareno, Señora y acompasar mi vida con las melodías de tus marchas, dorarme el corazón con el reflejo de tu corona, bordarme el destino con la maravilla que es tu manto... Bambalina de tu palio querría ser, Señora y así acercarme entre balanceos a la locura que es tu cara.

 

Quisiera ser macareno, Señora, de los que lloran con las esmeraldas, de los que te esperan por Feria o la Resolana, de los que te buscan por Escoberos y Parras o de los que te disfrutan en la más bella calle de Sevilla que no es otra que tu casa, allá siempre tras la muralla.

 

Quisiera ser macareno, Señora para no poder explicar tu faz, para abrazarme a tus manos como tu Niño se abraza a la Cruz. Porque tu, Reina del Cielo y bendito reclamo de tu pueblo, narras con tu simple mirada, con la carnosidad de tu boca y con la devoción que a Sevilla despiertas, el más bello relato de amor hacia un Hijo que jamás la humanidad hubiese visto. Tu, Esperanza, con tu simple presencia todo lo abarcas, con tu luz enciendes las estrellas más alejadas, avivas el sentir y el amor de los que te rezan y curas las penas de los que te llaman. Tu, Esperanza, tu.

 

Por eso te digo, Reina, usando mis versos que:

 

No me hiciste macareno

y nunca te lo perdonaré,

mas me hiciste sevillano

a tus plantas pues estaré.

 

Yo quisiera dulce estrella,

explicarle aquí a tu gente

como mi alma se destella

cuando te miro de frente.

 

Y lo haré con la simpleza,

que me dan mis alabanzas,

y gritaré con tal firmeza

que tu cara es la Esperanza.

 

En ti mi alma se apoya,

Reina y Madre de Sevilla

Yo te quiero, Bella Joya,

¡Qué dulzura de Chiquilla!

 

No me hiciste macareno,

más tu nombre me envenena

y mi amor no tiene frenos.

¡Esperanza Madre mía

de los Cielos, Macarena!

 

 

 

José Antonio Montero Fernández.

 

A la Madre de Dios.

A Sevilla.

Al Parlamento.

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