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Su estación de penitencia es tan estricta, tan severa, tan austera... y a la vez tan sencilla, que adquiere la dimensión de lo perfecto, conviertiéndose en uno de los cánones más elogiados, más admirados y más imitados, aunque solo en esta Cofradía se manifiesta plenamente. Ha huido de todo signo externo; sus nazarenos incluso llevan alpargatas por mejor calzado y siguen rigurosamente las reglas que, pase lo que pase, ni se inmutarán. Para ellos no hay lluvia, ni parón, ni nada de nada. Su comportamiento será ejemplar en todo momento; guardarán hasta las distancias, casi, como si las tuvieran medidas

La Parroquia de la Magdalena, en la semi penumbra de su soledad, tan solo rota por las luces del Monumento al Santisimo y la llegada de los negros nazarenos, es Gólgota doliente para la muerte del Cristo del Calvario que, bajo el coro del templo, alumbrado por sus cuatro grandes hachones, que le dan fantasmagórico aspecto y escoltado por las dos jarras de rojos claveles, única compañía de color, junto a algunos lirios morados en la roca del monte, aguarda el momento de mostrar al pueblo la lividez de su carne rota, mustia, ajada por la huella de la muerte cercana, la certeza de los clavos que atraviesan manos y pies y la llaga abierta de su costado.

Esa lividez cadavérica, que es asombro de todos, cuando en la amanecida, por Castelar y Molviedro, las luces del alba la hacen mas visible, mas real, como si por un momento Cristo cobrase vida, para morir inmediatamente. La fria brisa que siempre se levanta en la aurora, parece estremecer aún mas el cuerpo del Cristo del Calvario, que camina ligero en su paso de caoba crujiente. Sí , se oye el lamento de la madera, como si llorara por el Señor muerto que lleva encima. Ya en San Pablo la mañaña ha levantado su velo, la luz cierta y clara, pero sigue sobrecogiendo el ánimo este Cristo del Calvario tremendamente muerto.

Todo esto parece vivirlo la Virgen de la Presentación, serena en la profundidad de su dolor, pero inconsolable... casi desmayada y como queriendo iniciar la vuelta de la cabeza para no encontrarse, después de veinte siglos, otra vez, la dramática escena del Calvario.

En esta tarde, Cristo del Calvario

vine a rogarte, por mí carne enferma

pero al verte, mis ojos van y vienen,

de tú cuerpo, a mí cuerpo con vergüenza.

 

¿Como quejarme de mis pies cansados,

cuando veo los tuyos destrozados?

¿Como mostrarte mis manos vacias,

cuando las tuyas están llenas de heridas?.

 

¿Como explicarte a tí mi soledad,

cuando en la cruz, clavado y solo estás?

¿Como explicarte que no tengo amor,

cuando tienes rasgado el corazón?.

 

Ahora ya no me acuerdo de nada,

huyeron de mí, todas las dolencias.

El ímpetu del ruego que traia

se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada

estar aquí, junto a tú imagen muerta

ir aprendiendo que el dolor, es sólo

la llave santa, de tú santa puerta.

 

 

 

Poema: Gabriela Mistral.

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Comentado por María Amor Rasero en agosto 22, 2012 a 6:12pm

Parece que lo estaba viendo Jose, muy bien narrado y descrito. Besos.

Comentado por Túrbula en agosto 22, 2012 a 6:06pm

Lo has descrito tan bien, que yo que no he visto nunca la Madrugá es como si hubiera estado ahí.

Gracias Jose

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