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El hijo engendrado en tus entrañas 

será santo, llamado Hijo de Dios. Lc 1, 35.



María,es como la Aurora que anuncia la próxima llegada del Sol divino. María nos dio a Cristo y sigue llevándonos a él. Sigue siendo Puerta y Camino.

Por tanto, el Señor está cerca, la verdad. En sentido espacial y temporal. Está muy cerca. Además, en sentido temporal está igualmente muy próximo. Viene en cada coyuntura de nuestra vida. Todo cuanto nos acontece es una venida suya, porque es un mensaje que nos envía, una exhortación, cada vez más apremiante, a la penitencia, a la alegría, al amor. La comida, el trabajo, el sueño, la hora de oír música o de recibir la correspondencia. En todo momento, Dios llega.

Pero también tiene sus visitas particulares. La comunión diaria, la misa del domingo, la muerte de cada uno, esa definitiva y gran visita del Señor. La vida no es más que esperar a Dios «hasta que venga» (Jn 21, 22).



REFLEXION


María nos enseña a ver a Dios en los «acontecimientos».

Es un hecho que nada sucede sin el beneplácito de Dios, y que Cristo se nos acerca en el mundo. Si tenemos fe veremos la mano de Dios (como María a lo largo de su vida) en todos los acontecimientos, grandes o pequeños, en los que nos vemos insertos, incluso en los que nos alcanzan tan sólo por la información de la prensa, radio o televisión: el tiempo que hace, el estado de salud, los éxitos o fracasos, un accidente, los resultados deportivos, etc.

Estos acontecimientos notables o menudos, muchas veces nos darán a conocer incluso un mensaje especial de Dios: Por qué ha querido Dios tal cosa? Por qué ha permitido tal catástrofe, etc. ?

Otras veces no escucharemos ningún mensaje. Será sólo eso: el ver la mano de Dios detrás de los acontecimientos; en paz serenamente, como el niño que ve actuar a su madre, y se calla; le basta saber que su madre está cerca y que le ama.

María no se aparta de nosotros. Debe ser nuestra compañera en la entrega, pues sin su ayuda maternal ningún progreso haríamos ni en el amor ni en la vida.



SUPLICA A MARIA


Señor, por lo que te hice sufrir y porque ya no quiero apartarme de Ti...

Concédeme, Madre:

Un poco de tu nieve para mi barro. 

Un poco de tu luz para mi noche. 

Un poco de tu paz para mi lucha. 

Un poco de tu fe para mi duda. 

Un poco de tu alegría para mi pena. 

Un poco de tu amor para mi odio. 

Un poco de tu agua para mi sed. 

Un poco de tu vida para mi vida. 

Un poco de tu Hijo... para tu hijo. 

Un poco de Ti... para mí.

Amén.

Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales

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