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"De unos siglos cuya Grandeza,

buscaron en ti su figura."

 

Tiene el llanto de la Ciudad en su ser. Ella es el parto de la Luz de primavera, Ella es la marcha, es el momento, es la pureza, el sin fin del firmamento... Ella mi sol, Ella es mi sombra, Ella es mi olor... Ella, siempre Ella, en cada esquina de mi alma, en cada cara dolorida, en cada día que se escapa. Ella, siempre Ella... la cuidadora de la Luz, la melodía eterna que hace un día cualquiera el día más hermoso del año.

 

El cofrade vive en un constante estado de víspera, desde la infancia hasta la muerte. Pero cuando Ella baja... cuando Ella baja cambian las cosas. Se para tiempo, la vida, el sentido de la Ciudad. Por un momento Sevilla abandona el frío, las vísperas navideñas... El tiempo, siempre el tiempo... la Luz, siempre la Luz...

 

Es el comienzo de todo, la cordura impensable para esta locura que es la Semana Santa. Ella es el punto de partida, el kilómetro cero y, a la vez, es la meta. Como si de una cascada se tratase, le rompen las lágrimas en las pupilas, la bautizan navegando como un río desbocado. Es una melodía, es su melodía... la melodía más hermosa del universo.

 

Una melodía escrita en la partitura de los siglos, con la Ciudad y el tiempo como instrumentos, con el pueblo como notas musicales. No hay razón ni más motivo que Ella, ninguna lógica ni explicación. Pasión, Muerte y Resurrección, todo en Ella, todo en su melodía, todo y más aún. El Cielo en la tierra, el Cielo en su cara.

 

Se hace Domingo de Ramos, el silencio vespertino acoge en sus brazos a la Ciudad. El calor y el frío, la alegría y el dolor... Y en medio Ella, la melodía... Uniendo lo bueno y lo malo, lo terrenal y lo divino... Desconsuelo sin medida, angustioso desencuentro con la injusticia, todo en Ella, siempre Ella. Furia rebosante de la asfixia de una Madre, Crucificada sin clavos de Sevilla, sufrimiento rotundo de los siglos, destello milagroso del oro, puerta suprema del Paraíso... Ella, siempre Ella... Ella y su melodía.

 

En tus manos todo listo, cuando Tú nos des la orden. La Ciudad se ha vestido de tu nombre, la Ciudad se ha hecho tuya de nuevo. Abre las puertas, Madre, las puertas invisibles, las más grandes de Sevilla, las que nacieron y viven en el alma de tu gente. Que suene tu melodía, que todo el mundo se calle, que se haga el Tiempo sin tiempo, que vuelva, que florezca de nuevo... Que se esfume el desconsuelo, que resuenen los aplausos del cristiano.

 

Cierra los ojos Sevilla... ¿lo oyes? Ha vuelto... la melodía que nos da la vida, la del azahar y el incienso, la de la emoción incontrolada... La que forjaron los siglos en su mirada, la que me vuelve loco, la que me rompe los esquemas, la que por más que intento evitar me lleva a su cara, a sus benditas plantas, la que bautiza su nombre... La melodía de Sevilla, la melodía de mi vida. La melodía de la Cuaresma, la de San Juan de la Palma. Amargura de mi vida...

 

 

José Antonio Montero Fernández

 

A la Virgen de la Amargura.

A las víctimas de Filipinas.

A Rasero.

A Sevilla.

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