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Mi Redención.

A mí, me enseñaron a creer en Dios con el nombre de Soledad en mis labios, Soledad de Huévar, Soledad de mis antepasados. Y con este nombre he crecido y he formado una familia que le reza y la venera. Pero antes, mucho antes, cuando apenas tenía 6 ó 7 años descubrí la dulzura en el rostro de una Imagen que me cautivó y me hizo fortalecer la necesidad incuestionable de un Hijo de Dios que se hizo hombre y que habitó entre nosotros. Recuerdo una tarde, en la puerta de un conocido “corral” de la Calle Santiago, el famoso Corral del Conde, como cientos de personas entre las que se encontraba mi tía Manuela, esperaban a un Cristo cargados de plegarias y de peticiones para unas familias, las suyas, que a duras penas sobrevivían en unos momentos difíciles. Recuerdo la vida de aquel corral con su lavadero en el centro y todo un torbellino de niños que jugábamos a miles hasta que un grito nos llamaba a comer.
Entre llantos, oraciones, saetas también, bien o mal entonadas, daba igual, daban la bienvenida a una mirada cargada de dulzura, de amor, y se creaba cada año, cada primavera, la simbiosis entre ese Cristo y esas familias. No sé qué me emocionó más, si la fe ciega de esas personas, si la mirada redentora de ese Cristo que vino a Sevilla para redimirla con su dulce mirada. Desde ese mismo instante, fue mi Cristo, mi Cristo de la Redención.
A pesar de los muchos años que han pasado, tengo memorizados esos momentos en los que mi Cristo pasaba por la puerta del Corral caminando con “chicotás” lentas, queriendo no avanzar y no quedar parado, queriendo hablar sin decir una sola palabra, con sus ojos clavados en los de esas madres abrazadas a sus pequeños, en los de los ancianos que seguramente no pedían por ellos, si no por un futuro menos incierto para sus hijos, en la de los hombres que tragando saliva pedirían para que no les faltara un puesto de trabajo que les permitiera ganar un jornal que les diera la subsistencia. Pero también sus ojos se clavaron en los míos.
No vivo en Sevilla pero no he faltado ni un solo año, ni uno solo, cada Lunes Santo a la calle Santiago para ver a mi Cristo de la Redención. Muchos años me acompañó mi madre, ahora mis hijos y aunque intento explicarles el significado de mi Cristo de la Redención, en esa calle no puedo, en esa puerta mi voz se me rompe y sólo puedo mirarlo y contemplar el delicioso andar de su paso con cada una de las mecidas de unos costaleros que saben mimar el momento y el lugar. Se me vienen a la memoria los recuerdos de una niñez, la mía, que no fue fácil ni agradable pero siempre con la fe intacta en esa dulzura de la Redención. Cada segundo que te miro frente a frente es como un tesoro que guardo en mi corazón.
No me conformo con verte sólo ahí y por eso te busco por cualquier rincón de Sevilla por el que vas derrochando salvación, emocionando a todos cuantos contemplan tus ojos marrones cargados de una infinita bondad a la vez que tristes, infinitamente tristes por la traición de Judas y también por las nuestras, mundanas y materiales.
Y como todo y nada es casualidad, un 18 de Octubre de 2008 tuvo lugar la Salida Extraordinaria de Mi Cristo de la Redención y también la de Mi virgen de la Soledad de Huévar, la que regresaba a su pueblo tras la Restauración a la que fue sometida tras sufrir un incendio el 7 de marzo de ese mismo año. Estuve al lado de mi Virgen por la que te pedí para no perderla y desde mi pueblo, te di las gracias sin poder verte, sabedor de que tu dulce mirada atravesaba el Aljarafe y me acompañaba junto a mi Soledad.

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