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Se nos fue, como mi amada Soledad Servita a sones de Amarguras. Pero, no es motivo de pena, no hay por qué estar tristes, hemos tenido una Semana Santa extraordinaria, la que Sevilla por fin merecía.

Todo empezó aquel Viernes de Dolores radiante y lleno de ilusión. Los barrios, engalanados, esperaban poder poner su Cruz de Guía en las puertas de sus templos y colmar de alegría cada una de sus calles. Y así fue, cada una de ellas, a su estilo. Desde Padre pío hasta Triana, me impregné del sentimiento de cada una de estas hermandades: la Corona, Bellavista, Pasión y Muerte, Pino Montano, Palmete y La Misión. Todas, grandes...todas en mi corazón.

Un Sábado Santo que desde días atrás se esperaba amenazado por la lluvia, nos sorprendió soleado y con un cielo completamente azul. La misma sorpresa que me llevé yo saliendo, pues no pensaba hacerlo. Y ahora, pensándolo fríamente, si no lo hubiera hecho, qué de cosas maravillosas me habría perdido. Desde Torreblanca, pasando por Alcosa, La Milagrosa y San José Obrero. Cuánto amor en esos barrios hacia Jesús y hacia su Madre, cuánto se vuelcan sus hermandades por los desfavorecidos...¿no es ahí, queridos míos, donde la mano de Dios se ve más de cerca? hace reflexionar, es esa la verdadera Semana Santa, el verdadero sentido.

Desperté temprano el Domingo de Ramos con el repicar de las campanas de esa Señorita que tanto amamos en Sevilla. Ustedes saben de quién les hablo, no hace falta que la nombre. El cosquilleo de todos los años afloró en mi interior, ya no podía dormir. Necesitaba salir a la ventana y mirar al cielo, que por fin, pintaba azul y sin que ninguna nube nos amenazara. Había llegado el día, todo comenzaría en pocas horas...ya no había vuelta atrás. Todo floreció al paso de María Stma. de la Paz, y todos los pétalos cayeron sobre Ella, recibiéndola con vítores y alegría. El Señor, Despojado de sus vestiduras, reviraba en San Pablo, y yo con Él, rogándole que no se fuera, pues el año es muy largo para no verle de nuevo a la luz del sol. Avanzaba sobre un pollino Jesús hacia la Campana, y los niños, felices, le aclamaban y señalaban con sus pequeños dedos. Mientras tanto, el Señor, ya muerto en la cruz, dejaba la Alameda envuelto en el manto azul y plata de su Madre Hiniesta. En la Encarnación, una Cena que se hace eterna entre marchas de Cigarreras, y revirando en orfila, siempre nos quedará la Esperanza que la Gracia de San Roque derrama. No quedaron en mi alma Amarguras esa noche, no habiéndola visto, en esa conversación eterna con San Juán. Ni dejaré de derrochar Amor mientras él no deje de amarme, ni pediré Socorro mientras la Estrella más hermosa brille en el firmamento del cielo de Triana.

Decían que venía Jesús solo caminando desde el Tiro de Línea, pero yo no encontré tal soledad. Todo el barrio venía detrás, y el que no era de allí, lo recibía con los brazos abiertos igual. Un beso de traición vino avanzando por la calle Santiago el Lunes Santo, y no pude evitar quedarme cautivada por tal misterio. Detrás, Rocío del Cielo, cuyo techo de palio no dejaba pasar la luz del sol, porque sus hijos, que tanto la aman, la cubrieron de pétalos nada más salir. Es curioso cómo sólo una rosa perfectamente colocada bajo la mano del Señor, puede representar y significar tanto...en Santa Marta, no hay palabras que valgan, sólo el silencio y un rostro que con Penas transcurre por la calle Amor de Dios. Me llegaron sones desde la Magdalena, y un compás inconfundible, que sólo San Gonzalo tiene. "Cuánto arte tiene Triana"- me dije para mí - y qué verdad más grande. No se quedaron atrás las Aguas, que por Molviedro, nos recordaron el arte que tiene el Arenal y la belleza de su Madre Guadalupe. Y para finalizar, un conjunto único: Vera-Cruz, Las Penas y El Museo. Mi mayor recuerdo de ese día, se queda con la Virgen de las Aguas en la calle Alfonso XII, a sones de Mater Mea.

Un Martes Santo que pintaba inolvidable, se coronó tal cual lo soñaba. Años esperándote y por fin, pude disfrutarte completo y sin una gota de lluvia. San Esteban en la Plaza de Pilatos, Los Javieres por Trajano, los Estudiantes...perdonadme que me detenga, pero el Cristo de la Buena Muerte es para hacer un alto en el camino, es caso a parte. Veas por donde lo veas, es maravilloso. San Benito, por la calle Santiago, con su bella Madre de la Encarnación a sones de Rocío que te quitaba el sentido. La Candelaria, a su paso por la Plaza del Triunfo; Santa Cruz, custodiando a su Cristo de las Misericordias, lúgubre y sepulcral por Orfila. Y lo siento, pero soy bofetera, ¡a mi Madre del Dulce Nombre derrochando su gracia por Cardenal Espínola! te lloré Madre, pero no de pena, sino de alegría, ¡por ver de nuevo tu rostro a la luz de tu candelería!

Mi primera estación de penitencia empezó en San Bernardo. Sí sí, en San Bernardo, no leéis mal. Una experiencia inolvidable, sin túnica ni capirote, caminando junto a la Virgen del Refugio y siendo la cirinea de José Antonio. No lo cambio por ver todas las cofradías de este día, yo me quedo con él, y por supuesto, con Ella. No obstante, he de decir que no falté a mi cita anual con la Hermandad del Baratillo, cofradía familiar, sangre azul baratillera que por mis venas siempre he de llevar.

Descanso. Sí, descanso fue mi Jueves Santo; por la noche, o más bien, en la Madrugá, tenía que caminar tras el Señor. Muchos nervios tuve este año, demasiados. Me vestí con un cosquilleo y unas ansias por estar junto a Él que no sabría explicar. Esperé en la Parroquia de San Lorenzo junto a mi otra Hermandad, sintiéndome arropada por Ellos, por mi pareja y por mis hermanos. El Gran Poder pasaba frente a la puerta y ya sentía la túnica como mi piel, el cirio lloraba deseoso de sentir el aire de la noche...y mi corazón latía al compás de los pasos del Señor. Comenzamos el camino por la plaza, José Antonio a mi espalda, Él delante...y su Madre, detrás nuestra, para alumbrarle el camino tras su Hijo.momentos duros vivimos aquella noche: por el calor, los parones,el cirio clavado en el esparto...pero, aún así, seguíamos tras de ti. ¿No es más tu dolor que el nuestro, Señor? y al llegar, y verte allí, esperándonos, toda la noche sin verte, es inevitable no emocionarse y echarse a llorar, cuando tu Madre por fin cruza el dintel y nos enseñas, una vez más, que es más dichoso aquel que cree sin ver. 

Mi tercera penitencia fue el Viernes Santo. Principalmente, por no verte, Cachorro, pero sé que tú me perdonas tras la noche tan sufrida, al fin y al cabo, por ti. En segundo lugar, porque José Antonio hacía su estación en San Isidoro, y yo, inevitablemente, físicamente no estuve con él, pero sí en espíritu y sentimiento hasta que volvió a casa. Y por último, porque mis pies no daban para más, tenían un machaqueo de días atrás que estaban muertos.

Qué gran Sábado Santo viví. La Hermandad del Sol, por Puerta Jerez, qué maravilla; Los Servitas, en la Encarnación, qué gran cofradía; La salida del Santo Entierro, solemne; la Trinidad, por Santa Catalina, derramando Esperanza en ese día tan oscuro y triste; Y para cerrar la jornada, no sólo del día, sino de la Semana Santa, la Soledad por Jesús del Gran Poder. 

Una Semana Santa maravillosa, una compañía inigualable. Salud, hasta el año que viene.

Gracias, principalmente a mi pareja, José Antonio Montero. Sin olvidar a mis hermanos del Gran Poder y de la Bofetá, a mi familia y a mis amigos. Un beso enorme.

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Comentado por María Amor Rasero en abril 24, 2014 a 10:16am

Muchas gracias a los tres, sois muy amables!! Un abrazo!!

Comentado por juan ramon tabueña garcia en abril 23, 2014 a 10:44pm

precioso Maria como siempre unas bellas palabras para un gran blog, un abrazo.

Comentado por María José (Ángel Macareno) en abril 22, 2014 a 7:09pm

OLE MARÍA, OLEEEEE.... =)

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