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En la tarde del Viernes Santo Jesús se aferra al madero en el instante que se despide de la vida. Lo vemos caminando insinuante hacia una despida, hacia un adiós en la cruz que sujeta. No es un adiós definitivo, eso lo sabemos. Es un tránsito de ida, un hasta pronto que abre la puerta hacia otra Vida. Sin embargo, su despedida llena nuestra tierra de tristeza, de pena y dolor. Dejamos que la Muerte se haga presente, que transcurra por nuestras calles, que nos congele al sentirla en la tarde del Sábado Santo. La muerte es un réquiem pasajero que se muestra en la belleza eterna de la que es realmente buena. La perfección está en el rostro de este hombre que ha dejado escapar el último suspiro de aire; aliento de vida que exhala verdadero amor con su saeta de plata. Va muerto, aunque en Él la muerte se minimiza por la bondad en sí misma. Crea la paradoja de complejo significado, donde la vida es vida y la muerte más vida. Deja que la melancolía pase en este día, que llene nuestro pecho y nos congoja.

De la mano del muñidor, la campana dobla por su muerte en cada esquina. Estoy cerca, nos avisa. Tiendo mi manto negro por tus calles y plazas, por tus casas y rincones, y de tinieblas lleno tu corazón cuando me plazca. Nos susurra. No hay alegría en tu repique, pese a que la campana que redobla en tu alma suena a domingo y a mediodía. Pide silencio con tus sones apagados, para estremecer al que asiste al cortejo y al que lo presencia. Destempla. Entristece. Silencia. Monotonía en su esencia pura. Deja que la muerte se llame por su nombre, se sienta presente y provoque silencio a su paso.

Los naranjos desprenden su perfume al sentirla, rebelión de la naturaleza que no guarda en silencio la realidad y llena con la sutileza del aromático azahar el camino del cortejo. Vive. Le replica a su paso por los árboles de la plaza. Es fuente de salud en la madrugada que se derrama entre las piedras quebradas del Calvario, una constelación de estrellas que brillan en su tintineo de claroscuros por las cuestas. Deja que las sombras se impongan en el contraluz de las velas que encendemos en su nombre, o más bien por el nuestro; el ocaso son sólo unas horas.

Todo está consumado. La tierra tiembla, se rompe, se desquebraja, se parte. Trizas se hacen los surcos que se abren en el alma del que oye el golpe del vibrante tambor que lo acompaña. No ves que derrama amor por los que ya no están. Su sangre, agua viva, son ríos que corren para nuestras venas, fiebre salvadora de locura juvenil que ayuda al desvalido. Amor pudo haberse llamado porque no puede haber más amor en entregar la vida por los demás. Deja que la muerte hiele tu cuerpo con su falsa, que el ardor de la vida más allá aguarda.

El dolor está en sus ojos, en su angustia prepara el duelo. La vida se le escapa y llena de amargura su ser. Recoge en su vientre al que se hizo verbo viviente para acunarlo en la despedida que clama al cielo por respuesta. Contempla el horror de la muerte en sus propios brazos y abraza un cuerpo llagado de sufrimiento que hace el propio aún más doliente. Sufrir corpóreo por sufrir anímico. En el gesto de su boca se lamenta la muerte porque su figuración no es plena, su representación volátil, su escenario temporal. Deja que tu alma sufra al verla porque en sus lágrimas está el bálsamo de tu pena, que su encarnación fue temporal para hacerse eterna, y su misión perfecta.

Como guardianes tienes a los pardales que vuelan bajo para velar tu cuerpo y entre vuelo y vuelo dejan escapar el susurro que quiebra el silencio con su acento. Desesperadamente los asustas en vano porque no haces fija lo que se te escapa entre los dedos. Retienes sin poder su cuerpo y dejas escapar un suspiro porque no consigues lo que pretendes a tu lado. Fíjate que el pelícano de su remate abre su pecho y con su sangre alimenta. Comprende de una vez, Muerte, lo que en él encierra y cesa en tu pantomima porque eso es lo único que te espera.

Cortejo que llevas la muerte por mis calles y plazas, andas sobre la cera que regamos en el recuerdo durante una semana de cirios encendidos, de plegarias y de rezo. Cortejo que procedes a encerrar la muerte en la mayor cárcel de las profundidades de la existencia, para echarle la llave en una madrugada que rompa el velo de las tinieblas. Y, a la vez, gentil en tu gesto, abres la puerta de una vela inagotable que no cesa. Oscuridad sobre la luz, o eso cree ella. Vacío es lo que provocas en mí al verte, por lo efímera que es tu presencia. Tu cortejo permito que representes porque sé que la verdad en él se esconde, y en la última lágrima de sus ojos la esperanza se manifiesta.

Muerte que te paseas en un tarde de primavera pensando que hielas lo que el ardor florece, no puede ser estéril lo que de amor se siembra y en ramas verdes crece. Muerte que te insinúas cuando aún la tarde no ha declinado, que el sol brilla cálido y con su luz acogedora del crisol dorado el aura de los tapiales de este mundo envuelve. Muerte que te disfrazas y te vistes de mil maneras, con tal de ganar una batalla cuyo resultado no alteras. Sabemos que el final es el principio, que el orden no cambia porque en el juego tus piezas muevas. Por hacernos verle yacente sin ser yermo eres tramposa, cuando con su muerte pago tu derrota. En tus tierras clavo una Cruz hasta tus raíces que anulan tus males y en mí el pecado, que florece y que da semilla del leño que el dolor provoca.

Hoy vuelve a pasearse la Muerte. Déjala, sabe que ha sido vencida.

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