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[por Antonio Burgos]

Por las últimas calles del barrio aún vienen los nazarenos más retrasados. La hermandad está para salir. Entran por la estrecha puerta, y para salvar el dintel hacen todos con el capirote como una antigua reverencia de pleitesía. Como aquellos dos nazarenos que con el terciopelo de estas mismas túnicas azules están todavía en el sepia de las viejas fotos, pidiendo la venia en los palcos a Don Alfonso XIII y Doña Victoria Eugenia. Cuando un nazareno de La Carretería se inclina para alcanzar la Luz de las Tres Necesidades de la tarde del Señor muerto, la calle Varflora se hace el Versalles sevillano que había dentro del San Telmo de estas flores de lis que Don Antonio de Orleáns dio a su cofradía, la dalia del Mayor Dolor que cuidaba Sevilla entre el almacén de los Contreras, la taberna de Carriles, la guarnicionería de Angelito y la tienda de efectos navales de Pepe Valera.

En cuanto los nazarenos han entrado en la estrecha capilla, antes de perderse por vericuetos de escaleras y salas formando los tramos, llegan ante el palio, se santiguan y rezan una salve a la Virgen. Y cuando han terminado, pasan a la delantera de la canastilla de caoba con el dorado calabrote de este muelle tan cercano y le rezan al Cristo de la Salud.

Está fuera el sol torero del Arenal en la ciudad aún dormida de la Madrugada, casi desiertas estas calles por las que parece que acaba de pasar el último capirote de terciopelo verde, la última manigueta con forma de quilla, y que los guadalquivires de pena de la Caridad acaban de desembocar ante el ancho mar trianero de la Esperanza.

Este nazareno es una de las túnicas de terciopelo azul que acaba de llegar a la capilla. Ha venido por el camino más corto, más hondo, más silencioso. Solo, como en estos últimos años. Mira que tiempo saliendo en la cofradía. Desde niño, que lo traía su padre de la mano. La tela de su antifaz no trae tampoco este año el macho de la cartonera. Va de penitente. Todos saben por qué va de penitente. Todos conocen el dolor de esta esa silueta de un azul nazareno solitario por Dos de Mayo, por Rodo, por Pavía, por General Castaños, por San Diego, por cualquiera de estas calles de la tarde desierta, camino de la capilla. Se pone ante el paso de la Virgen del Mayor Dolor y reza. Y llora.

Y se encuentra con un viejo hermano. Lo ve de año en año, en el mismo sitio, a la misma hora, cuando desde la capilla de los toneleros se va a obrar el milagro de la multiplicación de los espacios en dos pasos saliendo a la calle. Y cuando ve a ese viejo hermano de la cofradía, recuerda otros años, otras alegrías, cuando iba de costalero en el Cristo, cuando la cofradía llegaba gloriosa a la Caridad y se oían saetas. O lo que le desveló aquella primera tarde de mayor dolor en su soledad, las razones del llanto:

—Este es el primer año que ella no me ha vestido. ¿Tú sabes lo duro que es tener que vestirte tú solo de nazareno, que no esté ya tu mujer para ayudarte? Ella me vestía de nazareno, me daba un beso y luego estaba aquí a la salida. Y este año, fíjate...

Un año más, fíjate, volverá a repetirse, en los secretos ocultos de Sevilla, en los subterráneos y revellines de su alma, este mudo dolor de la muerte de la mujer del nazareno solo, bajo el cielo azul Carretería. Ya son varios años de ausencia y parece que esta tarde es el primer estreno de ese dolor. Un año más, ella ya no le ha ayudado a vestirse de nazareno, no le ha dado un beso cuando ha cogido el capirote bajo el brazo y se ha ido escaleras abajo. Ella ya no estará tampoco allí a la salida, en la silente tarde del Arenal, en la esquina de Techada. Esta tarde los dos amigos se volverán a encontrar en la hermandad, como de año en año. Como cuando él iba de costalero, con Rafael El Poeta de aguador y con Pepe Andreu en el martillo. Se abrazarán. No se dirán nada. Guardarán el hondo secreto de un dolor, azul como una túnica, como un cielo carretero. Como la misma vida que encierra la gran metáfora de la Semana Santa, el dolor con que se siente siempre el paso del tiempo, el peso del tiempo, en esta tarde eternamente antigua del Viernes Santo donde seis doradas garras de águila hacen cetrería del dolor, del amor, de la esperanza.

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