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Mi respuesta fue, sin duda, “Sí, quiero”.
La hice esperar, durante muchos años, hasta que decidí darle el “sí”. Ella sabía que yo era suya, que mi corazón se fue bajo su palio aquel abril por el que yo tendría diez años. También sabía yo, que su dulce mirada se quedó en mi alma desde aquel momento. Ambas lo sabíamos, ambas esperamos.
Colgué en mi cuello la medalla, hará ahora unos nueve años, orgullosa de ser, por fin, oficialmente de ti. Pero vestirme de blanco no entraba en mis planes aún, tal vez demasiado joven para comprender lo que era realizar una estación de penitencia. Esperar, hasta llegado el momento idóneo, era lo mejor.
Mucho he pasado, mucho he llorado y reído. Y todo, siempre dejándolo en tus manos. Pidiéndote consuelo, agradeciéndote alegrías. Todo, agarrada a tu reja si no podía acercarme a tus plantas, María. Acostumbrada a ti, a tenerte siempre allí, esperándome: te fuiste. Sabiendo que volverías, pero te fuiste. Y estar sin tu Madre, duele.
Antes de irte, un mes antes, un regalo de cumpleaños marco el antes y el después de todo: vestirme de blanco para ser tu luz. ¿Cómo rechazarlo? ¿Cómo decir “no” a ser novia de la Madre del Señor? Cuánta ilusión depositada en tus manos, antes de marcharte. Nos dijimos “hasta pronto” que no “adiós”, y esperé...esperé tu regreso.
Ultimando preparativos, volviste de nuevo a casa. Todo se normalizó, por fin, en San Lorenzo. Ya la cuenta atrás para el tan esperando momento competía con el calendario a pasos agigantados. Hasta que llegó el día, el momento, la hora...Martes Santo. El alma hecha nerviosismo puro, la alegría envuelta en una túnica blanca.
Recuerdo, cómo la lluvia me alcanzó por la calle Alcoy en mi trayecto hacia la Iglesia. Caminé ligera, sin desanimarme, hasta llegar allí y estar ante Ella. En ese momento, en el que descubrí mi rostro y estuvimos frente a frente, en el que te dije que te quería y todo se esfumó de nuestro alrededor. Ahí, Madre mía del Dulce Nombre, cuando ante tus ojos renové mis votos de amor hacia ti, salió de mis labios “sí, quiero”.
Y caminé, caminé junto a ti. Te di la luz, la luz de un corazón alegre, que lucía en sus ojos un ánimo nuevo. Te di amor, por cada rincón de Sevilla, orgullosa de llevar tu Nombre por cada calle y trozo de cielo. Caminé entre mis hermanos, los que cubrían su rostro, y junto a los que escoltaban tu palio sin dejar de lanzarte un piropo a cada paso. También, con los que eran tus pies, compartí aquel Martes Santo. Sin olvidar a los que, desde fuera, te seguían para embriagarse de tu rostro tan hermoso. Y los que ya no están...a esos, los primeros, privilegiados de ir contigo bajo tu manto.
Te vi salir, te sentí en cada uno de tus pasos. Te vi revirar por cada esquina y mi corazón se iba contigo. Te escuché en cada levantá y en la música que tocaban tus bambalinas de amor inquietas. Te esperé, en el cansancio de mis ojeras anhelantes de tu rostro y entendí, que ya estabas dentro, no porque expirara la última corneta y tú cruzaras el dintel de la puerta...
Estabas dentro, porque me casé contigo María, este Marzo temprano...¡Y yo, Dulce Nombre, ya era tuya!
A mis hermanos.
A Víctor.

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Comentado por Manuel Sanchez de los Reyes en abril 7, 2016 a 1:25pm

Que así sea.

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