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Hoy me acerco a vosotros, Cristo de la Buena Muerte y Madre Mía de la Angustia y no para pedirnos nada en principio aunque la naturaleza humana sea débil. No.

 

 Dejadme que os contemple un rato en silencio en esta vuestra casa que es la Capilla Universitaria. No me digáis nada por unos momentos. Solo quiero silencio tanto en la capilla como en mi alma.

 

No han sido dos ni tres años los que llevo con vosotros sino más de cincuenta, hermosa cifra, cincuenta y tampoco han sido cinco ni diez mis estaciones de penitencia acompañándoos, por eso pido silencio, paz, gratitud..

 

Sé por la fe que os proceso que me conocéis y mucho y que, normalmente soy un pedigüeño. Y es que es tanta la flaqueza y debilidad que tengo, que hace sentirme indefenso, y no hay ocasión que me acerque a vosotros que no sea para pedir una gracia, una solución a un problema, una descarga a mi angustia en un momento determinado o simplemente el que me ayudéis a llevar una carga que para mí parece agobiante.

 

Pero como os decía, esta vez, me arrodillo ante vosotros, no para suplicar sino para agradecer. ¡Qué palabra tan poco utilizada y menos sentida en estos tiempos por los humanos!

 

Quiero agradeceros el que me hayáis concedido tres gracias: el sobrepasar los cincuenta años de hermano de vuestra Corporación cuando tantas y tantas enfermedades, epidemias, guerras nos acechan y no menos peligros provocan; el haberme dejado cumplir, hace años, las bodas de oro en vuestra Hermandad y gracias a mi padre que un cierto día tuvo la feliz idea de hacerme hermano, ya que son muchas las estaciones de penitencia en las que os he acompañado para pedir, pedir y pedir y siempre conceder y gracias, la tercera, por el amor que os profeso que, en vez de entibiarse con los años, ha ido creciendo poco a poco –como dice tu capataz-.

 

Gracias Madre Nuestra de la Angustia porque sé que, igual que se llega al Padre a través de tu Hijo, no se llega a Él como no sea a través tuya. Gracias por haberme escuchado. Gracias por haberme arropado en todos y cada uno de los momentos de mi vida. Gracias por no soltarme de tu mano. Gracias por poder decir ufano que soy un gran seguidor tuyo.

 

Gracias Jesús. Gracias por tu Buena Muerte. Gracias por universitario, por profesor y catedrático de la Vida y de la Gracia. Gracias te doy por haberme enseñado tanto y es por eso que en esta ocasión no quiero pediros nada, vosotros sabréis, ¡bueno sí! como los humanos somos incansables a la hora de pedir, una sola cosa os quiero decir: que cuando me llegue mi hora suprema me quitéis esa Angustia y que tenga una Buena Muerte.

 

Aunque tan sólo haya venido hoy a daros las GRACIAS.     

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Comentado por sonia en octubre 15, 2011 a 5:12pm

Hola Javier,

yo creo q después de esta preciosa oración escrita con tanta sinceridad y amor no pueden hacer otra cosa q escucharte!!! Besos

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