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Origen y Evolución De Las Cofradías Penitenciales De Semana Santa

 Iniciemos el capítulo con unas consideraciones generales que nos situarán en la época, mentalidad y circunstancias en las que fueron creadas, ya que cada fenómeno religioso o cultural es hijo de su tiempo y nos resultaría incomprensible si lo extrapolásemos del mismo.

Los precedentes, que podríamos entenderlos como la prehistoria de las Hermandades penitenciales, de Semana Santa, se encuentran en la época medieval; noticias fragmentarias nos hablan de la exitencia de Cofradías en los siglos XIV y XV y de algún acto litúrgico que es precedente, aunque lejano, de una procesión de penitencia.

En la Baja Edad Media, nacen unas asociaciones multifuncionales que crean los gremios con alguna cohesión de raza, vecindad, vinculación a un mismo señor, dedicación a actividades económicas o laborales semejantes. Son las llamadas cofradías gremiales.

Estas asociaciones -fraternidades, hermandades- cumplen funciones de ayuda mutua y asistencia: ante las enfermedades, la necesidad y la muerte. Debido a esta vocación, algunas Hermandades nacieron con una vinculación hospitalaria, tal es el caso de la Hermandad de la Santa Vera+Cruz, que está en el origen de su posterior transformación penitencial; otras, cual es el caso de la Hermandad de Nuestra Señora de la Soledad, tienen su origen tras el Concilio de Trento, en que florecerán las Cofradías penitenciales alentadas por el mismo.

Las Hermandades penitenciales no surgieron de la noche a la mañana, fueron el resultado o evolución de un larguísimo proceso y circunstancias de todo tipo: religiosas, sociales, culturales, económicas, epidemias, hambres, etc.

Haciendo un simplísimo bosquejo de tales circunstancias que fueron allanando y sembrando el camino que fructificó en la aparición de las Hermandades penitenciales, podríamos citar las siguientes: el movimiento o asociación de flagelantes desde mediados del siglo XIII alrededor de las órdenes monásticas y religiosas (dominicos, franciscanos, agustinos); la práctica del Vía Crucis; las predicaciones pasionistas de los franciscanos; y el Concilio de Trento.

Veamos brevemente cada uno de estos apartados.

La práctica de la penitencia o mortificación corporal es consustancial al cristianismo. Desde sus orígenes, y a lo largo de la Historia, aparece frecuentemente la flagelación como una costumbre antigua relacionada con el monacato, registrándose repetidas veces en la Regla de San Benito.

Santo Domingo de Guzmán (1170-1221) practica la flagelación voluntaria junto a sus frailes, con un valor correctivo y redentivo o expiatorio.

San Francisco de Asís (1182-1226) y los franciscanos, no sólo la practicaron, sino que fueron sus propagadores entre los laicos o fieles en general.

Durante el siglo XIII surgen numerosos grupos de flagelantes que organizan procesiones en las que entonan cánticos penitenciales y se disciplinan públicamente. San Antonio de Padua, franciscano, (1195-1231), reunió ya junto a sí grupos de esa naturaleza.

La práctica de la disciplina se hace popular y comienzan a surgir las primeras "asociaciones o cofradías de flagelantes".

A finales del siglo XIII aparece en Pisa (Italia) una asociación denominada Disciplinati della Cruz que, junto a la devoción a la Cruz redentora, incorporaba la práctica de la disciplina o flagelación.

Esta práctica piadosa consistía "en hacer memoria de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo", esto es, disciplinándose los domingos y días de fiesta. La piedad de los disciplinantes es cristocéntrica y su espíritu de penitencia se inspira en el recuerdo de la Pasión de Cristo, celebrando el Jueves y Viernes Santo, aunque las fiestas propiamente dichas de la Cofradía eran la Invención (3 de mayo) y Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre). Esta Cofradía manifiesta una gran devoción a María, pues las misas y las disciplinas en común son siempre seguidas de una Salve Regina, y celebran de manera especial las festividades marianas. Éste es el origen o modelo de las Hermandades de la Santa Vera+Cruz en España.

Otra circunstancia que alentará y configurará la aparición de las Hermandades penitenciales es la práctica devocional del Vía Crucis o Camino de la Cruz.

Sobre dónde, cuándo y cómo surge esta devoción no se ponen de acuerdo los diferentes investigadores. Mas lo que resulta evidente es que está íntimamente relacionada con las peregrinaciones a Tierra Santa y las Cruzadas, que reavivaron la devoción pasionaria en el siglo XIV.

Esencialmente, el Vía Crucis es un recorrido devocional, durante el cual se contempla la Pasión de Cristo, a gusto del que lo realiza. Algo accidental es el número de estaciones que, fueron cambiantes en el transcurso del tiempo; en España se generalizó la práctica de las catorce estaciones, aunque el Abad Sánchez Gordillo cita sólo once. En el presente año de 1995, Su Santidad Juan Pablo II, ha reformado este ejercicio piadoso.

El Humilladero de la Cruz del Campo, a donde se acudía en Vía Crucis, pudo haberse erigido en la década de los ochenta del siglo XV, según Ladero y Gestoso en 1482; Martín de la Torre nos da la fecha de 1460. En cualquiera de los casos, existía antes del inicio del siglo XVI y era atendido por una Hermandad de Nuestra Señora de los Ángeles. La devoción del Vía Crucis a la Cruz del Campo fue fomentada por el primer marqués de Tarifa, don Fadrique Enríquez de Ribera, quien viajó a Tierra Santa de 1518 a 1520. Desde la puerta de su palacio, que comenzó a llamarse Casa de Pilatos, hasta el Humilladero se cumplían los 1.321 pasos equivalentes a 997'13 metros que distaban del Pretorio al Monte Calvario en Jerusalén.

Ambas circunstancias, asociaciones de flagelantes y práctica del Vía Crucis, se unen posteriormente, siendo el origen de la práctica penitencial de nuestras Hermandades.

Por último, y antes de analizar un hecho fundamental cual es el Concilio de Trento, queremos dejar constancia de la labor catecumenal que Santos y predicadores realizaron en esta época exhortando a los fieles a la práctica penitencial, despertando a través de ella las asociaciones de disciplinantes.

El Concilio de Trento (1545-1564) fue la respuesta por parte del supremo magisterio eclesiástico al Protestantismo y al afán de renovación interior de la Iglesia. Entre sus enseñanzas más importantes se deben destacar: el estudio y determinación de la doctrina de la justificación, la práctica sacramental y la reforma de la Iglesia.

Sus cánones son publicados en España por Felipe II en una Real Cédula de 12 de julio de 1564, y tendrán una influencia capital en el desarrollo de nuestras Hermandades.

Lutero y los protestantes afirman que el hombre se "justifica", se salva, sólo por la fe, sin necesidad de sus buenas o malas obras, pues la misericordia y los méritos de Cristo actuarían como bálsamo que encubrirían ante "los ojos del Juez Supremo" la miseria humana. Esta doctrina herética es fuertemente contestada por el Concilio el 13 de enero de 1547, en su Decreto dogmático sobre la justificación.

Resumiendo muy brevemente, pues de profundizar en ello nos llevaría a un extenso tratado teológico, el Concilio vino a decir: las buenas obras son necesarias para la salvación; cuando el hombre peca, tiene la posibilidad de reconciliarse con Dios y consigo mismo a través del sacramento de la penitencia; además, el hombre puede expiar sus culpas a través de la mortificación corporal, la oración y la limosna.

Respecto al culto de las Imágenes, rechazado por el Protestantismo, el Concilio afirma en sus sesiones de 3 y 4 de diciembre de 1563:

"Igualmente, que deben tenerse y conservarse, señaladamente en los templos, las Imágenes de Cristo, de la Virgen Madre de Dios y de los Santos, y tributarles el debido honor y veneración... Enseñen también diligentemente los obispos, que por medio de las historias de los misterios de nuestra redención, representadas en pinturas u otras reproducciones, se instruye y confirma el pueblo en el recuerdo y culto constante de los artículos de la fe...".

Las doctrinas de Trento influyeron decisivamente en cuanto al uso de la penitencia pública, el culto a las Imágenes, y los desfiles procesionales, contribuyendo al auge y ratificación de las Hermandades de Vera+Cruz, existentes con anterioridad al Concilio y sus disposiciones; y a la fundación de nuevas Hermandades alentadas por el espíritu conciliar, cual es el caso de la Hermandad de Nuestra Señora de la Soledad, como se documentará posteriormente.

Nos hallamos ya, tras estas consideraciones, en disposición de definir lo que entendemos por Cofradía o Hermandad penitencial en el siglo XVI.

La Cofradía penitencial, de disciplina o de sangre, presenta los siguientes rasgos: es una asociación de personas (hombres y mujeres), abierta numérica y socialmente, que venerando y contemplando el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, a quien se asocia su Santísima Madre, Nuestra Señora, se le rinde culto con una austera y penitente salida procesional en la que algunos o la mayor parte de sus cofrades se disciplinan en los días de Jueves o Viernes Santo, y con otros cultos a lo largo del año. Atienden las necesidades fundamentales de los hermanos, espirituales y temporales, de la vida y de la muerte, y también de los otros prójimos. Tienen una organización o estatutos llamados Reglas que, progresivamente van siendo aprobadas por la jerarquía eclesiástica.

Estas Hermandades penitenciales de la decimosexta centuria, fundamentalmente la de la Santa Vera+Cruz, se caracterizan por la austeridad y disciplina en sus procesiones.

Ya desde 1501 la recoge en sus Reglas la "venerable Cofradía de la Santa Vera+Cruz, llamada en sus principios de la Sangre, por haber sido la primera en que la disciplina pública se instituyó", como afirma el Abad Sánchez Gordillo.

La mayoría de las Cofradías fundadas tras el Concilio, incluyeron la penitencia de sangre o flagelantes. Son los frailes quienes mejor acogen y alientan esta nueva práctica de la disciplina pública; mientras que el clero secular, celoso de una práctica que se organiza con gran autonomía por los laicos, y quizás temeroso por tener que compartir las limosnas y donaciones que dejan los fieles, debió contemplar con no mucho agrado el establecimiento y la fundación de Cofradías en sus iglesias. Testimonios de críticas hacia estas nacientes asociaciones hallamos en el Abad Sánchez Gordillo, en Sigüenza y en otros que expresan reticencias hacia las mismas.

Ésta es quizás la explicación de por qué las primeras y más antiguas Hermandades, caso de la Vera+Cruz, se hallen fundadas en conventos, ermitas u hospitales, y no en el seno parroquial, como ocurre en la mayoría de las mismas.

 

En Sevilla, desde el 9 de mayo de 1448, aparece constituida como primera Hermandad penitencial la de la Santa Vera+Cruz, que desde 1468 practicaba la disciplina el Jueves Santo y cuyas Reglas fueron aprobadas el 22 de febrero de 1501 por don Fernando de la Torre, Provisor del Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Sevilla, don Diego Hurtado de Mendoza.

Durante la segunda mitad del siglo XV comienzan a fundarse las cofradías de la Santa Vera+Cruz, en la mayoría de los casos de la mano de los franciscanos. Estas Cofradías procesionaban en la noche del Jueves al Viernes Santo con una simple cruz o crucifijo, llevado por un clérigo, con gran número de hermanos disciplinándose. Eran procesiones serias, austeras, devotas y penitentes, sin lujo ni boato alguno, saliendo de sus capillas, ermitas u hospitales, se dirigían por caminos y veredas hasta el campo, donde generalmente había un humilladero con una Cruz. Los cofrades iban revestidos de una túnica de lienzo blanca, la cual dejaban caer hasta la cintura los disciplinantes. Al regreso a la ermita u hospital los "hermanos de sangre" se lavaban sus heridas con pócimas y ungüentos que previamente se habían preparado en unas calderas, palanganas o "bacías de lavar los hermanos", expresión que aparece en los textos.

El Abad Alonso Sánchez Gordillo exalta esta Cofradía como ninguna otra:

"Después de las Cofradías y devoción al Santísimo Sacramento del Altar (...) entra en este lugar la Venerable Cofradía de la Santa Vera+Cruz, llamada en sus primeros principios de la Sangre por haber sido la primera en que la disciplina pública se hacía (...) y de la que se hizo en esta Ciudad tomaron ejemplo e imitación todos los demás pueblos y ciudades vecinas, de manera que en todos, grandes y pequeños, hay esta devoción"

Como hemos reiterado varias veces, la estación penitencial tenía un marcado carácter de austeridad, reflejado incluso en las propias Reglas.

Por los estudios realizados por diversos autores y tratadistas, estaría formada por algunas insignias, un Santo Cristo o Crucifijo portado por clérigos, y los hermanos de luz y sangre. Desde que la Hermandad de la Santa Vera+Cruz de Sevilla incorporara la Imagen de Nuestra Señora en 1536, a imitación de la de Toledo que lo hacía anteriormente, se generaliza esta costumbre en el resto de las Hermandades de esta advocación. Iba en unas sencillísimas andas "sin palio ni cubierta alguna ... ni vestidos de brocado de color, ni corona imperial, ni bajo palio suntuoso, ni debajo de dosel de estado", éstos serían añadidos a partir del siglo XVII.

Pronto se abandonaría este carácter de austeridad y espiritualidad.

En los sínodos diocesanos convocados por el Arzobispo de Sevilla, D. Rodrigo de Castro, uno en 1.586 y otro en 1.592. aparecen cánones que afectan a las cofradías de forma particular. Son los referidos a la aprobación canónica de sus Reglas. Así, en el Sínodo de 1.586 se dice: "Que no hagan cofradías para ejercicio de obra pía sin licencia del Ordinario".

Ante el auge espectacular de fundaciones de Cofradías tras el Concilio, la jerarquía de la Sede sevillana que representa don Fernando Niño de Guevara, a donde llega desde su puesto de Inquisidor, decide poner orden en este movimiento de laicos que moviliza y atrae más al pueblo que la liturgia tradicional a celebrar en el interior de las iglesias.

Así, en las Constituciones del Arzobispado de Sevilla, hechas y ordenadas por el Iltmo. y Rvmo. Sr. D. Fernando Niño de Guevara, Cardenal-Arzobispo de Sevilla, en el Sínodo que celebró en su Catedral el año 1604, Libro III "De celebrationi missarum, de divinis officiis et procesionibus", capítulo XIII, trata sobre lo que se ha de guardar en las procesiones de disciplinantes.

"Aunque por la costumbre universal de la Iglesia Católica, santísimamente están introducidas y permitidas las Cofradías de disciplinantes, que se hacen en Semana Santa, y con muy justa causa muchas de ellas están confirmadas y aprobadas sus constituciones por la Santa Sede Apostólica, y favorecidas con especiales gracias e indulgencias como cosa con que se nos trae a la memoria la Muerte y Pasión que por nuestra salvación padeció el Hijo de Dios, que en aquellos días celebra la Iglesia Católica y con que se hace penitencia y procura de satisfacer parte de la pena que, por las culpas y pecados que entre año con la Divina Majestad se han cometido, dignamente se merece ...".

Con la promulgación de las constituciones del Sínodo diocesano de 1.604, se configura la Semana Santa como la celebración oficial que hoy conocemos.

"Exhortamos y encargamos a todos los fieles que salieren para hacer penitencia de sus pecados, que vayan en ellas con mucha devoción, silencio y compostura, de suerte que en el habito y progreso exterior se eche de ver el dolor interior y arrepentimiento de sus pecados y no pierdan por alguna vanidad o demostración exterior el premio eterno que por ello se le dará. Y por experiencia se ha visto que de salir estas cofradías y procesiones de noche se han seguido y siguen muchos inconvenientes, pecados y ofensas de Nuestro Señor mandamos a nuestro Provisor de orden como todas ellas salgan de día, señalándoles la hora en que cada una ha de salir y cuando por ser tantas las que hay en esta Ciudad no hubiere lugar de salir todas de día, mandamos que a lo más largo a las nueve de la noche hayan acabado de andar todas si no fuere la de la Santa Vera Cruz. Y asimismo mandamos que nuestro Provisor les señale las calles por donde cada cofradía ha de ir y la hora en que ha de salir y la orden que sobre esto le dieron, mandamos que las guarden y cumplan y no vayan ni pasen contra ella en manera alguna, ni se encuentren ni riñan sobre el pasar antes la una que la otra ..."

El Documento Sinodal continúa precisando el tiempo en que pueden hacer estación de penitencia las Cofradías: desde el Miércoles Santo después de comer hasta el anochecer del Viernes Santo.

Se reserva la potestad, delegada en el Provisor, para establecer los recorridos y horarios. Todas deben estar recogidas antes de las nueve de la noche, excepción hecha de las de Vera+Cruz, "con quien no es nuestra intención se haga novedad alguna, por tener por bulas y privilegios apostólicos señalada la hora a la que ha de salir". Las Hermandades de la Santa Vera+Cruz salían el Jueves Santo a las diez de la noche hasta bien entrada la madrugada, siendo las únicas que gozaban de este privilegio de procesionar de noche.

Respecto a los disciplinantes, el Sínodo hace las siguientes apreciaciones:

"Ytem mandamos que las túnicas que llevaren sean de lienzo basto y sin bruñir, sin botones por delante y atrás, sin guarnición de cadenetas ni de randas; que no tengan brahones, ni sean acolchadas, ni ajubonadas".

"Que los que se disciplinaren, ni rigieren la procesión, ni los que llevaren los pendones o insignias con túnicas, no lleven lechuguillas en los cuellos, ni zapatos blancos ni medias de color".

"Que no se disciplinen descubierto el rostro, si no fuere que, por algún desmayo o accidente que les dé, sea fuerza descubrirse".

"Que no lleven tocas atadas a los brazos, así como otra señal para ser conocidos".

"Que las mujeres no vayan con túnicas ni se disciplinen".

"Que los que fueren en su hábito con luces, vayan en su orden delante del primer guión o estandarte de la procesión, y no puedan en manera alguna ir entre los que van disciplinando ni a su lado".

"Y, porque somos informados que, por tener algunas cofradías pocos cofrades que se disciplinen, alquilan algunos que lo hagan, y es cosa muy indecente que por dinero y precio temporal se haga cosa tan sana, mandamos que de aquí adelante no se haga, so pena de escarnio mayor, en que incurran los que reciban el dinero y los mayordomos que se los dieren".

Como podemos apreciar por las advertencias que en el Sínodo se realizan, ya en 1604, se apreciaban irregularidades en los desfiles procesionales: lujo en las túnicas de los cofrades, alquiler de disciplinantes, y otras irreverencias que iban dejando atrás el austero y penitencial estilo de las cofradías de la centuria anterior.

Pero estas normas del Sínodo no debieron cumplirse en su totalidad, pues el Provisor Cobarrubias en 1623 da un Edicto en el que prohíbe a las Cofradías llevar hombres alquilados para la disciplina o mujeres azotándose, y vuelve a recordar las normas sobre las túnicas que están contenidas en las Constituciones del año 1604.

Por una Real Provisión de fecha de 4 de Febrero de 1623, y publicada en Sevilla por el Asistente Fernando Ramírez Fariña el 29 de Marzo, ordenando una reducción de las cofradías a una cifra más razonable y controlable, se agregan o reducen a una cofradía otras. Se redujeron a 16 las 31 cofradías de Sevilla, a las cinco de Triana no les afecta la Reducción ya que hacían estación a Santa Ana. Esta reducción tuvo poco efecto temporal. De hecho, muchas nunca perdieron totalmente su autonomía, de ahí que poco después volvieran a recobrar su primitiva naturaleza.

En su obra, de 1630, el Abad Sánchez Gordillo, hace una llamada de atención sobre ciertas innovaciones que se iban introduciendo en los desfiles penitenciales que, a su juicio, hacían perder la seriedad de los mismos, y reivindica la vuelta a los orígenes fundacionales:

"Y es de advertir que nuestros mayores, cuando fundaron las cofradías y estaciones, conocieron el fin de devoción para que las instituían y de qué modo lo habían de representar y mover con ello. Y si en algo tomaron buen acierto, no será de creer que quisieran apartarse del fin que pretendieron".

Las Cofradías, a partir de estas fechas, se irán olvidando y separando paulatinamente de los fundamentos para las que fueron creadas: la penitencia pública y la caridad fraternal.

 

 

SIGLOS XVII Y XVIII

Frente a los deseos de la jerarquía de mantener una Semana Santa recogida y austera, las cuatro primeras décadas del siglo XVII suponen un aumento de la grandiosidad y lujo de la estación penitencial.

Atrás quedaron ya aquellos cortejos del siglo XVI, que en su estación penitencial portaban un simple crucifijo llevado por un clérigo y los flagelantes o "hermanos de sangre" azotándose, tan sólo iluminados por los hachones o cirios que portaban algunos "hermanos de luz" que iluminaban el tétrico cortejo.

Las cofradías aumentaron sus insignias y el lujo de las mismas, fomentando el boato de las procesiones, enriqueciéndolas con artísticas Imágenes y pasos, que sustituyen a las pequeñas andas que se utilizaban hasta esas fechas, apareciendo el palio o doseles cubriendo a las Vírgenes.

Pero la gravísima crisis de 1649, epidemia que diezmó la población, produjo cambios en la mentalidad y espíritu de la época. Las Cofradías buscan y recuperan su práctica de vida interior y su religiosidad se manifiesta según las fórmulas tradicionales que le llegan más hondo: el culto a Dios y a María por medio de las Imágenes devocionales titulares de las Hermandades. Son tiempos de auge para las mismas, pues el pueblo se refugia en ellas ante la adversidad de las circunstancias.

Las Hermandades se esforzaron en el ejercicio de la caridad, en el socorro a los necesitados y entierro de los muertos en cumplimiento de lo que mandan sus Reglas.

En muchas ocasiones los cadáveres quedaban abandonados por el temor al contagio o por falta de brazos para darles cristiana sepultura, las Hermandades, tanto asistenciales como penitenciales, aseguraban que esto no ocurriera a sus cofrades.

La peste de 1649 y otras calamidades afectó seriamente a la población e hizo estragos en el número de cofrades de nuestras Hermandades pero, por otra parte, afianzó la necesidad y utilidad de las mismas ofreciendo Piedad ante la Soledad y el Dolor.

Poca mudanza se produciría en las Cofradías en esta segunda mitad del siglo XVII. Fundadas y organizadas en el siglo anterior, se encuentran en un período de consolidación y vitalidad.

Ortiz de Zúñiga escribe en 1677:

"... se ve en todas las de estos días, una de las mayores grandezas de Sevilla, en la cantidad de cera, en lo lucido de estandartes, guiones y banderolas, en la plata de insignias y varas, en lo rico de los pasos a que con muchos grados no es comparable lo que se hace en cualquiera otra ciudad de España. Y en que siendo en la cristiana devoción que las fomenta igual en todas el fruto de la devoción".

El siglo ilustrado, el XVIII, no ve con buenos ojos la existencia de las Cofradías, ni siquiera el clero, que las había utilizado como elemento evangelizador, comprende y desea convivir con las Hermandades.

La práctica de la disciplina se había desvirtuado de tal forma que llegó a convertirse en una manifestación ostentosa, más destinada a demostrar la virilidad del practicante que a purgar sus pecados.

Como ocurriera en 1.675, el Consejo de Castilla dispuso en toda la nación que en las procesiones de disciplinantes se llevase el rostro descubierto por unos graves abusos cometidos por cofradías de Madrid. Ahora vuelven a surgir nuevos desórdenes y la reacción de las autoridades civiles y eclesiásticas se hacen más severa que en ocasiones anteriores. Por Real Orden del Consejo de Castilla se comunicará la prohibición de que salieran penitentes en las procesiones de Semana Santa, así como el uso de antifaces, ropones, además de cruces, bocinas, cestillo o canastillas, permitiéndose tan solo el empleo de cera encendida y debiendo de ir los cofrades descubiertos con sus trajes de calles.

En octubre de 1.717 la cofradía de la Santa Cruz en Jerusalén solicitará que se le permita llevar en su estación a sus hermanos vestidos de nazarenos, con cruces penitenciales, bocinas y todas las demás insignias. Al año siguiente recibirá Real Cédula del Supremo por la que se accedía a sus súplicas. Un año después la Hermandad acordó salir "a las dos de la madrugada del Viernes Santo, pues ninguna otra hermandad tiene permiso para salir de noche y menos con las caras tapadas". Sin embargo, no les fue permitido que figuraran con cruces al hombro.

Las demás cofradías, al conocer lo ocurrido con la Hermandad de Jesús Nazareno, emprendieron gestiones en Madrid que en 1.727 dieron sus frutos. Se establecieron con ello las bases para una nueva ordenación de la Semana Santa sevillana. Por virtud de las disposiciones recién promulgadas quedó ratificada la prohibición de procesiones nocturnas, con la salvedad ya aludida de la cofradía de los Nazarenos; se autorizó el uso de túnicas, pero sin el antifaz, debiendo llevar todos los cofrades el rostro descubierto.

En 1.764 las cofradías regresan a los moldes tradiciones, a incorporar en sus filas disciplinantes de todo tipo y nazarenos con el rostro descubierto, desentendiéndose de las normativas vigentes establecidas a principio de siglo.

El desagrado por las Cofradías es compartido por otros sectores de la población. Los ilustrados pretenderán acabar con ellas como una muestra del retraso y superstición de los siglos anteriores.

Aquellos afanes por modernizar el país a partir de los principios de la Ilustración que guían la política de Carlos III, no fueron comprendidos por la inmensa mayoría de la población. Es también cierto que aquellos gobernantes, imbuidos ciegamente de los principios, actuaron con excesivo engreimiento, sin intentar entender el arraigo que tenían algunas instituciones y creencias en el pueblo. Sólo en el Reino de Sevilla había 426 Hermandades, 374 Cofradías, 50 Congregaciones y 21 Órdenes Terceras.

La asistencia de don Pablo de Olavide en Sevilla (1767-1779) marca el momento de aplicación de esta política ilustrada en la ciudad. Quizás la relación entre Sevilla y Olavide sea uno de los casos de incomprensión más agudos de la Historia entre una población y sus gobernantes. Recién llegado a Sevilla se propone establecer un hospicio en el antiguo colegio jesuita de San Hermenegildo y aplicar a su mantenimiento las rentas de las Hermandades y Cofradías. Esta idea es el resultado de la aplicación de la política de Carlos III hacia las Cofradías. Don Cayetano Cuadrillero, obispo de Ciudad Rodrigo, había elevado en junio de 1768 una propuesta al monarca para suprimir las Hermandades, a las que acusaba de ser la causa de la pobreza del país por los excesivos gastos que hacían.

Ataca aquellas manifestaciones que más atraen al público y en las que existe una mayor participación, cual es el caso de las Cofradías.

Basándose en lo preceptuado por Niño de Guevara, Olavide en 1768 prohíbe el tránsito de Cofradías desde el anochecer al amanecer; el cardenal Solís promulga un Edicto recordando la compostura y la decencia que deben regir la estación, túnicas, música, demandas y la obligación de ir con el rostro descubierto, exceptuando los penitentes de sangre.

Juan de Santa María, Asistente en funciones por ausencia de Olavide, ordena cumplir la Real Cédula de 20 de febrero de 1777 por la que se prohíben los disciplinantes, empalados u otros espectáculos semejantes en las Cofradías de Semana Santa, Cruz de Mayo y Rogativas. Igualmente manda:

"Hago saber a todos los vecinos de esta Ciudad, Triana y sus arrabales, de cualquier clase, calidad o condición que sean, que habiendo llegando a noticias de S.M. el Rey n.s. el abuso acostumbrado en todo lo más del Reino de haber penitentes de sangre, y empalados en las procesiones de Semana Santa, Cruz de Mayo y en algunas otras de Rogativas, cuya penitencia más sirven de indevoción que de edificación; como también los inconvenientes que traen consigo las Procesiones de noche con motivo de la concurrencia: Por Real Cédula de S. M. su fecha en el Retiro a 20 de Febrero de este año se prohíbe y se encarga no se permitan disciplinantes, empalados, ni otros espectáculos semejantes en las Procesiones de Semana Santa, Cruz de Mayo, Rogativas, etc...

Que no consientan Procesiones de noche, haciéndose las que fuere costumbre y saliendo a tiempo que estén recogidas y finalizadas antes de ponerse el sol para evitar los perjuicios que de lo contrario pueden resultar. Que no se toleren bailes en las Iglesias, sus atrios y cementerios, ni delante de las imágenes de los santos, sacándolas a este fin a otro sitio, con el pretexto de celebrar su festividad, darles culto ofrenda, limosna ni otro alguno, guardándose la reverencia, en los atrios y en los cementerios el respeto delante de las imágenes la veneración a la Santa Disciplina y a lo que para su observancia disponen las Leyes del Reino".

Al mismo tiempo, estos mandamientos pretenden reconducir las estaciones penitenciales y otras fiestas litúrgicas hacia una práctica más institucional, que abandone su ancestral carácter popular y se plieguen al orden impuesto por los cánones clericales.

El intento no es nuevo ni original, pues lo hubo en siglos anteriores, ya que la propia Iglesia nunca vio con buenos ojos que estas Cofradías gozasen de tanta autonomía como su propio origen y constitución les confería.

Lo nuevo de este Edicto es el afán de someterlas al control civil. Juan de Santa María insiste en que las procesiones y otras ceremonias religiosas han de someterse a las leyes del Reino, y se imponen duras multas civiles a aquellas que las incumplan:

"Mando que ninguna persona de cualquier clase pueda ponerse traje (sic) de disciplinante, empalado, con grillos o cadenas, o en otro espectáculo semejante bajo la pena de 20 ducados y 30 días de cárcel".

El proceso de sometimiento a la autoridad civil culmina con un decreto del Consejo de Castilla publicado el 25 de junio de 1783 que ordena la desaparición de las Cofradías gremiales, obliga a las de penitencia a redactar nuevas Reglas y someterlas a la aprobación de dicho Consejo.

Todos estos acontecimientos suponen la existencia de un clima poco propicio y favorable a las Cofradías según el modelo tradicional.

 

SIGLO XIX

El siglo XIX someterá a nuestras Cofradías a una serie de avatares, circunstancias y situaciones que no acabaron con ellas porque el arraigo y el espíritu que las alimentaba hizo lo imposible, pero nuestros convecinos que vivieron en dicho siglo conocieron la decadencia y todo un largo período de tiempo sin pasos en la calle.

Mal empezó este siglo, al igual que los anteriores. En octubre de 1800 se declara una epidemia del cólera. A esta situación habría que añadir la falta de subsistencias del primer quinquenio del siglo: "que los infelices trabajadores no pueden ganar un miserable jornal y la carestía de los primeros alimentos hace perecer a los pobres desvalidos". La escasez, que se prolongó hasta 1807, se fue agravando a cada paso con una nueva desgracia: las correspondientes dificultades de la Guerra de la Independencia. El estallido de la Guerra y la ocupación del ejército francés elevó a condiciones insostenibles la penuria que se estaba viviendo, que alcanzaron su cenit con la hambruna de 1812.

A los problemas alimenticios hay que sumar los epidémicos: 1804, 1812, 1817 y 1819 son años de brotes epidémicos que unidos al hambre multiplicarían las víctimas; por último, y de nuevo, en 1832 y 1833 llegará la epidemia del cólera.

Es la época en que se reducen los cultos de nuestras Hermandades por falta de estipendios.

A finales del siglo XVIII y primeros del XIX, se admite de nuevo la túnica de nazareno a los cofrades, pudiendo llevar el rostro cubierto, suprimiéndose la mangui11a que llevaban al principio de la procesión y una campanilla para muñir, empezándose a colocar la Cruz de Guía en dicha cabeza. Desaparecieron en la mayoría, los demandantes que recorrían las calles en que pasaba la Cofradía o en su barrio, pidiendo dádivas a los fieles según nos da noticias de ello Bermejo.

La Semana Santa de las primeras décadas de la centuria decimonona es, en comparación a la del siglo precedente, distinta en muchos aspectos. Será menos cargada de ritualismos, más espontánea y popular. En primer lugar habrá una participación menor de hermandades, algunas existentes en el siglo pasado a comienzo del XIX se habrán extinguido: la Concepción del Convento de Regina, la Antigua y Siete Dolores del convento de San Pablo, la del Santísimo Cristo de San Agustín, la de la Presentación y otras más.; otras se encontrarán en franca decadencia, como la Hermandad de los Negritos o la cofradía de las Siete Palabras. Otras, saldrán de penitencia de forma aislada, tan sólo en contadas. Entre las cofradías que hicieron su estación de penitencia en mayor número de ocasiones en este primer tercio de siglo cabe señalar las de Jesús Nazareno, Gran Poder y Esperanza de San Gil y de forma más continuada las de la Sagrada Mortaja, Exaltación y Expiración de la Merced.

Con motivo de la guerra de la Independencia, las Cofradías pierden sus enseres en la que brillaba una gran riqueza y calidad artística, imágenes y Hermandades al extinguirse Iglesias donde estaban radicadas canónicamente, al ser cerradas y expoliadas por los franceses.

Don José Velázquez y Sánchez, en su libro Anales de Sevilla de 1800 a 1850, tratando el año 1810, escribe:

“En las solemnidades de la semana mayor hubo en este año excepcional novedades fáciles de concebir recordando el embarque de plata y riquezas artísticas del cabildo, fábricas parroquiales, hermandades, cofradías y comunidades religiosas. En la Catedral faltaron palmas para la procesión del Domingo de Ramos por la situación de las provincias de Granada y Murcia que las solían suministrar otros años; utilizándose las ramas de olivo y haciéndose la procesión por últimas naves, y sin salir por las gradas de la santa Iglesia, para evitar los continuos alardes de irreverente menosprecio de los soldados del usurpador, que tenían a gala atravesar las filas sin descubrirse, provocando el enojo de nuestro pueblo con aquellas insolentes demostraciones.

No colocándose el Monumento, se puso en el altar del trascoro, bajo el dosel de la fiesta del Corpus y sobre gradas, la custodia de la parroquia del Sagrario con el arca de la hermandad del santísimo Sacramento de San Isidoro, con candeleros de plata y los hacheros de varias parroquias y conventos extinguidos; rodeándose aquel espacio con las rejas doradas del ostentoso Monumento.

Por el estado anormal de la población, sojuzgada por las tropas imperiales mas no conforme con su dominio, ni hubo truenos en la Pasión y rasgadura de los velos del altar, ni se cantó en Miserere en las noches de miércoles y jueves santos, cerrándose los templos a la oración.

La escasez de cera contribuyó a disminuir el número ordinario de luces en los sagrarios de estación de jueves y viernes santos, reduciendo el Ilmo. Cabildo por esta causa a un cirio de cien libras el enorme pascual, que se bendice y coloca el sábado santo en la capilla mayor.

La corte se hizo esperar más de media hora el jueves para la procesión al Monumento, agraciándose con la llave del arca al señor Aranza, comisario regio de Andalucía.

En cuanto a cofradías de penitencia y de luz, todas habían acordado no hacer estación; disculpando este acuerdo con motivos plausibles, y algunos reales que ocultaban el verdadero móvil de su resolución unánime, en odio al gobierno intruso.

José Bonaparte, excitada su curiosidad por la descripción que se le había hecho de las procesiones de Sevilla, indicó a las autoridades que gustaría de ver algunas, y se previno a todas que deliberasen en nuevo cabildo sobre el particular, comunicando la determinación a la Prefectura para lo que procediera; pero a pesar de la intimación sólo tres se prestaron a la salida en la tarde del viernes santo: la del Prendimiento de Cristo, de Santa Lucía, la del Gran Poder, de San Lorenzo, y la de las Tres Necesidades, de su capilla propia al sitio de la carretería. La primera y tercera llevaron su ordinario cuerpo de nazarenos penitentes, y la segunda convite de gala y duelo; pero el nuevo rey, que había mostrado afán por estas procesiones, no salió del Alcázar, aunque ambos cabildos le habían dispuesto sitios de preferencia en el vestíbulo de las casas consistoriales y en el atrio de la puerta del Colegio de san Miguel.

En la visita de Sagrarios de la corte se recorrieron los de la catedral, Salvador, San Miguel, san Vicente y la Magdalena, estando acordonada la tropa en la estación, y en cada parroquia dejó el tesorero una limosna de cuantía para los indigentes de las enunciadas collaciones”.

En 1.811, tan sólo fueron dos: la de la Entrada en Jerusalén y la de la Quinta Angustia. Al año siguiente no salió ninguna cofradía. El año 1812 no salieron las Cofradías, por la presencia de los franceses En 1.813 volvió a recuperarse la Semana Santa con la estación penitencial de nueve hermandades, contando con una amplia participación en la Madrugada del Viernes Santo

El Jefe Político de esta Ciudad D. Tomás Moreno Daoiz, dicta el 27 de marzo de 1820 un Edicto en el que manda se suprimieran las Cofradías en la madrugada del Viernes Santo y el que saliesen estas al romper el alba, y que las otras deberían recogerse a las oraciones, que los cofrades llevasen los rostros descubiertos, sin túnicas ni capirotes. Con motivo de esta disposición, 1as Hermandades que tenían que reunirse en la Capilla de las Doncellas en Cabildo de Toma de Horas, no lo hicieron por negarse a exhibirse por las calles de la manera expuesta. Las disposiciones del Edicto agravóse el siguiente año de 1821, en el que se prohibía por las Constituciones las procesiones de Semana Santa.

En 1822, siendo Alcalde de la Ciudad D. Feliz Marín Hidalgo, dio a conocer a las Hermandades, que por Orden Superior, estas no podían salir si no acataban lo ordenado y vigente de 1820. Estas Corporaciones se reunieron y como no se ponían de acuerdo, invitaron a Fr. Juan Mateo Sánchez del Convento de San Antonio, para que predicase un sermón de Pasión, verificándolo el 31 de Marzo, Domingo de Ramos, en la Parroquia de San Miguel. De esta manera, siguieron las Hermandades en años sucesivos, sin hacer estación de penitencia, hasta el año 1828 que volvió a renacer la calma política.

Un acontecimiento relevante tiene lugar en 1830 en que viene por primera vez al Templo Metropolitano una Cofradía de Triana, la de la Hermandad de Ntra. Sra. de la O, que hasta entonces hacía estación de penitencia a la Real Parroquia de la “Señá Santana”. Y en 1851 pasan por última vez las Cofradías de Triana por el puente de Barcas, que lo haría la de Ntra. Sra. de la Esperanza, ya que al siguiente estaría abierto el nuevo de hierro, aunque no lo utilizarían, por no haber hecho estación ninguna de las de este populoso barrio.

Las políticas desamortizadoras y de exclaustración, la propia política convulsiva general del país, mantienen a nuestras Cofradías en un clima de postración, que sólo se verán renacer a partir de la segunda mitad del siglo XIX.

En el año 1831 año sale solamente una sola Cofradía en estación de penitencia a la Catedral, la de la Hdad. de la Amargura, con sus cofrades vestidos de traje de serio.

Se suprimen en 1835 los Tribunales o “palquillos”que, desde 1777, se colocaban en los cruces de las calles de Cerrajería y Entrecárceles, con la de Sierpes. Hasta 1843 el Cabildo de Toma de Horas se celebraba en la Capilla de las Doncellas, de la Catedral, pero ante el bullicio y las discusiones entre los representantes de las Hermandades de Pasión y de las Tres Caídas, de San Isidoro, en años anteriores, se trasladó su Asamblea a la Sala del Antecabildo. Hasta el año1879, el Cabildo de Toma de Horas, se celebraba el Martes Santo. Al año siguiente se fija asimismo la celebración del Cabildo de Toma de Horas, a la víspera del Sábado de Pasión.

La llegada y estancia de los Duques de Montpensier en mayo de 1.848 vino a potenciar e imprimir nuevos aires a la Semana Santa. Desde su llegada a la capital andaluza aparecerán ya los primeros síntomas indicativos del cambio que se operará a diversos niveles en Sevilla. Casi al año de residir los Duques en nuestra ciudad, serán recibidos como hermanos protectores por la hermandad del Gran Poder y dos años después por las de la Quinta Angustia, Carretería y Montserrat.

En 1849 se acuerda por todas las Cofradías salir en esta Semana Santa sin Bandas de Música, por el excesivo precio que pedían por su asistencia a las procesiones. En 1850 salen por vez primera Cofradías en la tarde del Lunes Santo, la de la Hermandad de la Amargura.

Durante los años de la Restauración hasta la primera década del siglo XX, nuestras Hermandades, aunque a duras penas, conocen un período de auge que confirman los precedentes favorables iniciados en décadas anteriores.

En 1.865 el periódico El Provenir, en su crónica del Domingo de Ramos estimaba que más de 40.000 "extranjeros" habían llegado a nuestra capital para pasar estos días de Semana Santa.

Con el establecimiento de las Juntas Revolucionarias en la Nación, se pierden muchas Cofradías y enseres procesionales. Desde la Semana Santa de 1869 viene el origen de las subvenciones a las Cofradías. Enterado el Gobierno de la Nación, que en Sevilla no saldrían las procesiones de penitencia y entendiendo que sería un mal local, mandó al Gobernador una orden terminante para que salieran las mismas, costase lo que costase. Formó dicha autoridad civil, una Comisión y dando cargo de todo al Sacristán de San Pablo (Magdalena), Joaquín Santa Cruz, quién se entendió a su vez con los Mayordomos de las Cofradías, para entregarles las cantidades que pedían y poder sacar los pasos a las calles.

Salen en este año de 1873, solo tres Cofradías, ante los disturbios de las luchas de los Cantonales, y que fueron las Hermandades de las Siete Palabras, Azotes y Columna y la de la Sentencia.

Se colocan en esta Semana Santa de 1874 por primera vez, los palcos en la Plaza de San Francisco, debido a la iniciativa del Alcalde de la Ciudad D. José M. Ibarra. Antes solo se colocaban sillas que se alquilaban, para sacar fondos para las Hermandades. Tres años después se constata la presencia a las procesiones de Semana Santa desde los palcos de la Plaza de San Francisco de S. M. el Rey Don Alfonso XII y su Egregia familia, como asimismo en la tarde del Viernes Santo, acompaña desde este lugar a la Catedral la procesión del Santo Entierro, esta augusta familia.

El Martes Santo se inaugura por primera vez en 1875: con la Hermandad de la Sagrada Lanzada, repitiéndolo asimismo esta corporación en los años 1876 y 1877.

A causa del hundimiento del cimborrio de la Catedral en 1889 y por estar este templo en obras, las Cofradías no entran en su sagrado recinto, colocándose delante de la puerta principal un altar portátil, ante el cual pasan las procesiones.

El siglo concluye con un nuevo reconocimiento oficial. La Sgda. Congregación de Indulgencias dio con esta fecha 25 de agosto de 1897 la siguiente definición que admitió el Código vigente de derecho canónico (Can. 707) "Cofradías o Hermandades son aquellas Asociaciones de fieles, principalmente seglares, canónicamente instituidas y gobernadas por el superior eclesiástico competente para promover la vida cristiana por medio de especiales obras buenas, ya de culto divino, ya de caridad para con el prójimo constituidas con cierta jerarquía interior a modo de cuerpo orgánico, con hábito propio". (Pastoral C Segura 7-3-1938)

En un ambiente de “progreso” y sometidas a cambios impensables en otras épocas, las Cofradías son en este tiempo un ejemplo de la más actual tradición y vinculación a su pueblo, manteniendo su primitiva personalidad, amoldándose a cambios de mentalidad y pensamientos políticos.

Durante el siglo XIX se asiste a la reforma o sustitución en la mayoría de las hermandades, de la canastilla. Esto ocurría por una parte a raíz de la rapiña napoleónica, pero por otra debido al auge de la sensibilidad romántica, por lo que se dará un retorno a los orígenes. Una excepción a este hecho corresponderá a aquellas cofradías con pasos de gran tamaño, y por tanto más difíciles de ser reemplazados, porque lógicamente suponían un desembolso económico al que no podían en esos momentos hacer frente, por lo que conservarán, con sólo ligeras modificaciones, los pasos antiguos. Esto será lo que le ocurra a hermandades como la Exaltación, el Amor o la Sagrada Mortaja.

En los pasos de palio se advierten diferencias aún mayores con respecto a los actuales, eran pasos de una enorme sencillez en todos sus elementos, Aquellos pasos no buscaban realzar con sus elementos cera, candelería, flores, respiraderos o bambalinas la figura central de la Virgen sino más bien ganar al espectador con un conjunto armonioso que no desviara la atención de quien contemplara la procesión. De este modo apenas si existía candelería, solo unos cuantos candelabros, que por lo común no pasaban de una o dos hileras y tampoco con las flores se pretendía recubrir los huecos existentes entrevarales.

Serán los años finales del siglo XIX los que inicien el galopante trepidar y auge incontenido de que gozan nuestras Hermandades a lo largo de todo el siglo XX, verdadera época dorada de las mismas.

 

SIGLO XX

A lo largo del pasado siglo XX tres procesos urbanísticos han condicionado la actual situación de las cofradías: los ensanches, creación de nuevos barrios y despoblación del centro urbano.

Al mismo tiempo toma su forma definitiva la Carrera Oficial y los recorridos de acceso y retirada de la misma. Aumenta de forma explosiva el número de nazarenos y se masifican gran parte de los lugares del recorrido.

1901: Hasta este año es obligatorio el continuar como Carrera Oficial de todas las procesiones en Semana Santa al salir de la Catedral por calle Francos a la Plaza del Salvador.

1905: Empiezan a salir de manera continua, Hermandades en la tarde del  Martes Santo. (Nóminas)

1906: En el Cabildo de Toma de Horas, el Alcalde, prohíbe que pase ninguna Cofradía de regreso del Templo Metropolitano, por la Plaza de la Constitución, admitiendo tan solo el transitarla, a la Hermandad de Jesús Nazareno (El Silencio).

1906: Presencia las Procesiones de Semana Santa desde los palcos de la Plaza de San Francisco, S. M. el Rey Don Alfonso XIII. (Pueblo 2-3-1970) 4-1930: Vuelve a presenciar en esta Semana Santa las procesiones de Semana Santa, S. M. el Rey Don Alfonso XIII, desde los palcos de la Plaza de San Francisco. Presidió asimismo las procesiones de las Hermandades de Azotes y Columnas y la del Santo Entierro.

En marzo de 1909, se reunían las Hermandades de Penitencia en el Centro Católico, a excepción de las del Gran Poder, Pasión y la de la Coronación, para tratar del problema de la subvención, pues en este año quería reducirla la Corporación Municipal, y no se ponían de acuerdo estas Instituciones con el Ayuntamiento, teniendo que mediar en defensa de las mismas el Señor Arzobispo.

30-3-1912: Se ilumina con luces eléctricas y colocan sillas para presenciar procesiones por primera vez, dentro del recinto del Templo Metropolitano.

19-6-1916: Las Hermandades y Cofradías de Sevilla en unión de la de San Pedro Ad-Víncula, hacen Profesión de Fe en creer que la Stma. Virgen María subió a los Cielos en cuerpo y alma. Como ocurriera con la Inmaculada, la mariana ciudad de Sevilla se adelantó a Roma en la creencia dogmática.

1917: Hasta este año, la Carrera Oficial empezaba en la calle Sierpes esquina a la Plaza de la Campana.

4-1919: Es colocada desde esta Semana Santa una Tribuna de control de las Procesiones para horario y el orden, a petición del recordado sacerdote sevillano D. José Sebastián Bandarán.

29-1-1929: El Cardenal Ilundain, decreta, prohibir se canten "Saetas" por profesionales en las calles, a las Imágenes, que en esta época empezaban a prosperar, como asimismo el que se parasen los "pasos" un determinado tiempo para que fueran cantadas las mismas. Prohíbe igualmente que las mujeres formen en las procesiones, de nazarenos, tan solo las admite en las Cofradías que lo llevasen efectuando durante treinta años, no excediendo su número de ellas, en cuarenta. (B.O.A. 1128)

 

La puesta en la calle de las distintas cofradías ha aumentado considerablemente en seriedad y brillantez con respecto a tiempos anteriores y es acertado calificar a los tiempos actuales como “la edad de oro” de la Semana Santa.

Las dos primeras décadas del siglo se caracterizan por el adormecimiento de Sevilla. La tendencia cambia en los años veinte. Cinco cofradías se fundan en collaciones tradicionales: Nuestro Padre Jesús ante Anás y María Santísima del Dulce Nombre en 1919, en San Román; Nuestro Padre Jesús de la Salud y María Santísima de la Candelaria en 1922, en San Nicolás; Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Nuestra Señora de la Angustia, en la Anunciación en 1924; Nuestro Padre Jesús de la Salud y Buen Viaje y Nuestra Señora de los Desamparados en 1926, en San Esteban.

En un espacio con unas características urbanas diferentes se erigió la hermandad de la Sagrada Presentación al Pueblo y Nuestra Señora de la Encarnación de San Benito, tras varios intentos a finales del XIX, en la Calzá, en 1921, aunque la consolidación definitiva no se produjo hasta 1928 en que comienza a hacer estación ininterrumpidamente.

Como si de una perfecta planificación se tratase, todas coinciden en rendir culto a imágenes antiguas que habían despertado especial veneración.

La de la Bofetá se constituye en recuerdo de la antigua Cofradía del Dulce Nombre de María y dio culto a las imágenes primitivas a las que sustituyó, más adelante, por las actuales de Castillo Lastricci.

La Candelaria saca la imagen que había sido titular de la cofradía de la Antigua y Siete Dolores, que se encontraba en la parroquia para llenar el vacío dejado por el Señor de la salud de los Gitanos cuando se trasladó a San Román; esa imagen con fama de sanadora despertó los fervores del barrio hasta conseguir que por sus calles  discurriera una cofradía para rendirle culto con la misma advocación.

La hermandad de la Universidad rinde culto a la seductora imagen que esculpiera Juan de Mesa para presidir la Casa Profesa de la Compañía de Jesús, que ya había sacado en procesión la Lanzada.

San Esteban al Cristo que se encontraban los viajeros que salían por la Puerta de Carmona y que había sido titular de la extinta cofradía del Ecce Homo de los mulatos.

Todas las nuevas hermandades se encuentran en el Martes Santo, que comienza a tomar su forma, aunque desde épocas anteriores se habían hecho habituales las procesiones en este día.

A partir de 1923 y con la decisión de la cofradía de la Expiración (Museo) de cambiar su salida del Viernes Santo al Lunes, se inauguró la segunda jornada de la actual Semana Santa. Al Museo, que no pudo hacer estación por la lluvia en 1923, se le unieron al año siguiente la de las Penas de San Vicente y la del Cristo de las Aguas.

La Entrada en Jerusalén, tras peregrinar por algunas de las iglesias de su tradicional barrio como San Pedro y Santa Catalina, se avecindó en el Divino Salvador, donde adquirió gran auge. La del Dulce Nombre se traslada en 1924 al convento de San Antonio de Padua. Otras debieron cambiar provisionalmente de sede por obras: la Exaltación salió en 1924 de la Trinidad y de 1925 a 1930 de San Román. Santa Cruz salió del Convento de Santa Teresa en 1924.

La década de los treinta fue convulsa y conflictiva en todos los órdenes y las hermandades y cofradías sienten en su propio seno esta etapa de agitación social.

En 1931 se forma la Federación de Hermandades para agrupar las Cofradías, y tratar de resolver la subvención y su reparto, celebrando las primeras reuniones en el domicilio del cofrade del Silencio. D. Luis Ibarra Osborne.

Con el advenimiento de la República, en 1932, el Cabildo Catedral manifiesta la imposibilidad de instalar el Monumento para los Oficios de Jueves Santo debido a no recibir consignación del Ayuntamiento. Las Hermandades de Penitencia se ofrecieron a sufragar los gastos del mismo para su instalación, costeando la del Gran Poder toda la cera necesaria y colaborando el resto de las Cofradías, no interrumpiéndose con este motivo por este año su colocación. Será en 1961 cuando deja de colocarse en las naves de la Catedral hispalense el grandioso Monumento que trazó Antonio Florentin, para colocar el Jueves Santo al Santísimo Sacramento: estaba situado en la nave del trascoro.

Así mismo acuerdan las Hermandades de penitencia no hacer estación a la S. I. C, por las inseguridades de la República, tan solo acuerda efectuarla la de la Estrella, que lo hace en la tarde del Jueves Santo, su discurrir por las calles de la ciudad, aunque rodeada de ingente multitud sus pasos, fue llena de irregularidades de color terrorista. El resto de las Corporaciones realizan en este año un turno de adoración y vela ante el Santísimo, colocado en el Monumento de la Catedral, de media hora, y asistiendo con sus estandartes y cirios encendidos.

Durante los años 1932-1936, no se montaron en la Plaza de San Francisco los palcos de Semana Santa, por los sucesos e inseguridad política reinante.

En 1933 no sale ninguna procesión de penitencia en los días de la Semana Santa, por los mismos sucesos.

Siguen las inseguridades en  1934 y las Hermandades no se atreven a salir en procesión acordando hacerlo tan sólo trece Cofradías que fueron las siguientes: DOMINGO DE RAMOS Sagrada Cena, San Benito y La Estrella; JUEVES SANTO Buen Fin, Prendimiento, y Sgda. Lanzada; VIERNES SANTO MADRUGADA Sentencia, Tres Caídas de Triana y Los Gitanos; VIERNES SANTO Siete Palabras, Trinidad, Exaltación y La Mortaja. Sí lo hacen en 1935.

En 1937 se funda en la Capilla de los Dolores la hermandad de Nuestro Padre Jesús Despojado de sus Vestiduras, que hizo estación en 1941 y fue asimismo suspendida; tras reorganizarse en San Bartolomé, buscó un lugar más céntrico en aras de un mayor desarrollo, ocupando la capilla de la plaza de Molviedro.

El recién nombrado Arzobispo de Sevilla, Cardenal Don Pedro Segura y Saenz, publica con fecha 7 de marzo de 1938, una Carta Pastoral sobre las Hermandades de penitencia. En ella, se trataba sobre estas Instituciones, su espíritu, pasado y porvenir de las mismas.

En marzo de 1939 es pronunciado por vez primera el Pregón de la Semana Santa, que estuvo a cargo del orador D. Federico García Sanchís, siendo presentado por el Teniente de Alcalde D. Manuel Bermudo Barrera.

En 1940, presencia desde la tarde del Miércoles Santo las procesiones de Semana Santa, el Jefe del Estado Francisco Franco Bahamonde, presidiendo asimismo en la tarde del Viernes Santo, la Procesión del Santo Entierro.

Previa reunión de los Hermanos Mayores de las Cofradías sevillanas en marzo de 1941, se acordó por la Autoridad Eclesiástica, que desde esta Semana Santa, no formaran parte de las procesiones las señoras. Y con fecha 15 de febrero de 1943: se publica un Decreto del Cardenal Segura y Saenz, sobre disposiciones del buen orden en las estaciones de penitencia y la prohibición de que salgan mujeres vestidas de nazarenos en las Cofradías. (Ordenanzas Febrero 1943). Quedó así zanjado este asunto hasta la publicación de las Disposiciones Diocesanas actualmente en vigor promulgadas por S.E.R. Fray Carlos Amigo Vallejo. Por decreto de 14 de marzo de 1944, el Cardenal Segura, prohibe dar vivas y aplausos, como asimismo el levantar el brazo en forma de saludo al paso de las Sagradas Imágenes en las entradas y salidas de los templos y al toque del Himno Nacional. (Decreto C. Segura 14-3-1944)  Al año siguiente, se celebra bajo la Presidencia del Cardenal Segura y Saenz, la II Asamblea de Hermandades de Penitencia de Sevilla, en los días 21, 22 y 23 de Mayo. Se dieron las conclusiones sobre cultos internos, disposiciones para que intervinieran en los mismos grupos vocales de canto y acompañamiento musical de armoniun, suprimiendo otro tipo de instrumento. En cuanto a las procesiones, que las composiciones musicales de marchas que se pudieran tocar, hicieran previa la autorización eclesiástica y estuvieran dichas composiciones dentro de un carácter del "Motu Propio". (Memorias II Asamblea)

Pero si hay algo que será de capital importancia a partir de la década de los cuarenta es la incorporación a la nómina oficial de la Semana Santa de nuevas hermandades creadas en barrios periféricos de la ciudad.

En estas barriadas sevillanas se van a promover cofradías a veces desde las propias parroquias. Podría entenderse la vuelta a una de las primitivas funciones que se habían señalado en el siglo XVI a las hermandades, como vehículo de acción misional utilizado en aquellos momentos con preferencia por las órdenes regulares. Estas iniciativas debidas a algunos seglares encuadrados en otras organizaciones eclesiales como la Acción Católica o la Adoración Nocturna, fueron apoyadas por los párrocos, quienes en algunos casos se convierten en protagonistas de las mismas, deseosos de encontrar un gancho para atraer hacia la parroquia a los vecinos del barrio, especialmente a los varones adultos que tienen, en gran medida, un rechazo sociológico a poder aparecer como muy religioso y colaborador de la iglesia.

Estas iniciativas se encontraron con el entusiasmo del barrio, pues una buena parte de los vecinos se aglutina en torno a ellas, siendo en muchos casos la única asociación vecinal que existe y cuyas relaciones establecidas a partir de la pertenencia a la hermandad se extienden a otros ámbitos de la convivencia del barrio.

Magnífica labor de cohesión social, estableciendo de esta forma una identificación entre barrio, hermandad y parroquia. Tal es así que, cuando decimos Santa Genoveva, Cerro del Águila, el Porvenir o San Gonzalo, es difícil distinguir a cual de las tres entidades nos referimos.

Con enormes dificultades se encontraron estas cofradías nacidas en las barriadas, unas de tipo económico por el bajo nivel adquisitivo de las personas que residían en las mismas. Éstas se fueron salvando con la colaboración solidaria de todos los vecinos en la medida de sus posibilidades y de ello existen numerosos ejemplos que, pese a ser auténticas joyas, su máximo valor no procede del metal o el terciopelo con el que están hechas, sino del esfuerzo y amor con los que los hicieron posibles.

San Gonzalo, fundada en 1942, no pudo salir hasta 1948 con un solo paso, el de Jesús del Soberano Poder ante Caifás, y con muchos enseres prestados por su “madrina” la hermandad de la Estrella.

Es preciso señalar también que algunas iniciativas fueron, por el contrario, cortadas por los párrocos y no llegaron a convertirse en cofradías, llegando algunos de ellos a la hora de proyectar el edificio de su parroquia a hacer especial hincapié en que “por la puerta no pudiera caber un paso”.

En 1944 se funda y en 1955 se instituye canónicamente la de Nuestra Señora de los Dolores del Cerro del Águila, aunque es en 1987 cuando adquiere carácter penitencial.

La de Jesús cautivo y Nuestra señora de las Mercedes, del Tiro de Línea, se funda en 1956, saliendo por vez primera en 1958.

Dos de estas hermandades, San Gonzalo y Tiro de Línea, se encuadraron en un Lunes santo en proceso de configuración en el momento en que aparecen y la del Cerro se ha incluido en el amplio y “problemático” Martes Santo.

Paralelamente al nacimiento de las nuevas barriadas se produce el despoblamiento del Centro o Casco Histórico, pero hemos de hacer constar aquí un fenómeno singular: la hermandad como signo de cohesión. Así tenemos que antiguos vecinos de barrios céntricos, que viven en las nuevas barriadas, tienen en la cofradía de su antiguo barrio el único cable tendido hacia sus raíces que rememoran cada Domingo de Ramos en san Julián o la Estrella; cada Lunes en el Beso de Judas; cada Martes en San Benito o San Nicolás; cada Miércoles Santo en San Bernardo o el Baratillo; cada Jueves en los Negritos o Montesión; cada Viernes en el Cachorro o en la O, que también de Triana partió mucha emigración hacia los polígonos.

Pero también aumenta el número de cofradías en el viejo Casco urbano con reorganizaciones como la Santa Vera+Cruz en 1942, o con nuevas fundaciones como la de Santa Marta, fundada en San Bartolomé en 1949, aunque sale por primera vez de San Andrés en 1953; la del Beso de Judas en Santa María la Blanca en 1955, saliendo por primera vez en 1959 y de la iglesia de la Misericordia con un solo paso; la de los Javieres, fundada en 1955 en la muy cofradiera iglesia que se denominó de San Francisco de Paula y hoy es del Sagrado Corazón, saliendo en 1957.

En la Solemnidad de Todos los Santos de 1954, las Hermandades sevillanas peregrinaron a Roma, para asistir a la proclamación del dogma de la Asunción, con sus Simpecados e insignias Marianas, llamando mucho la atención en el Vaticano por su riqueza artística.

Un año después, el 13 de noviembre de 1955, la Sagrada Congregación de Ritos decretó el nuevo orden litúrgico para los días de la Semana Santa, cambiándose a la tarde la celebración de los Oficios del Jueves Santo y aumentando a día de luto el Sábado Santo ya que los Oficios de este día se trasladan a partir de las doce de la noche, y es considerado por lo tanto de luto por la muerte del Señor.  Teniendo esto en cuenta, el 30 de marzo de 1956 por vez primera salen procesiones de Semana Santa en la tarde del Sábado Santo, con la curiosidad de que las Hermandades desde su Iglesia acuden directamente hacia el templo Metropolitano y de salida del mismo efectúan la Carrera Oficial hasta la Plaza de la Campana. Así continuará hasta el 13-4-1974 en que las Cofradías del Sábado Santo hacen desde este año la Carrera Oficial como las de los anteriores días, o sea, empezando por la Campana. Aunque será el 9-4-1977 el primer Sábado Santo, en el que todas las Cofradías del día, hacen 1a Carrera Oficial, empezando desde la Campana, pues en los años anteriores desde 1974, por lluvias no la pudieron efectuar.

El 8 de marzo de1957 es restablecido el Vía Crucis a la Cruz del Campo desde la Casa de Pilatos, presidido por el Sr. Arzobispo Bueno Monreal, y asistiendo las Hermandades de penitencia con sus estandartes corporativamente.

Son por tanto los años de la década cincuenta de capital importancia en el devenir histórico-religioso de nuestras hermandades penitenciales.

Al igual que lo fue el mes de febrero de 1965 en que las Hermandades, ante una llamada del Prelado, acuden con sus Imágenes Titulares a presidir con las mismas los Centros montados para la celebración de la Santa Misión General, teniendo que recorrer la mayor parte de las mismas la ciudad de punta a punta, y siendo un éxito el conseguido por la asistencia de personas a la misma.

Años difíciles fueron los finales de los sesenta y la década de los setenta para nuestras hermandades y cofradías. El Señor Cardenal Bueno Monreal, con fecha 25-1-1967, decreta sobre disposición de ejecución por las bandas de música, de marchas procesionales, responsabilidades de los Fiscales de pasos ante los capataces y la reducción de honores militares y piquetes en los cortejos penitenciales, denominándose estas normas, "Ordenanzas de las Cofradías".

Se celebra por primera vez por las calles de la Ciudad, una cuestación de las Cofradías, para subvenir a los gastos de la salida procesional, a iniciativa del Sr. Gobernador Civil. No ha vuelto a realizarse más.: Con esta fecha, 27-2-1968, se reunió un Pleno de Hermanos Mayores para exponer la situación crítica de estas Corporaciones para atender a los numerosos gastos de las procesiones y la insuficiencia de medios para realizarla. Se solicitó recursos del Gobierno de la Nación, atendiéndose a esta llamada por el Vicepresidente del Gobierno D. Luis Carrero Blanco, y el Ayuntamiento pasaría para que fuese llevado directamente por el Consejo General de Cofradías la tasa y subasta de ocupación de sillas en la Carrera Oficial, paliándose de esta manera que las procesiones salieran en este año, al haberse acordado en dicho Pleno por la mayor parte de estas Corporaciones el no efectuar la salida procesional, si es que no se atendía con la ayuda necesaria a las mismas. Desde el siguiente año, es llevada directamente por el Consejo General de Cofradías la adjudicación de las sillas en la Carrera Oficial para conseguir fondos con que atender a los gastos de las procesiones de Semana Santa, a excepción de los palcos de la Plaza de San Francisco, que los explota el Excmo. Ayuntamiento de la ciudad.

En 1969 se funda una hermandad nacida en la parroquia de la Inmaculada Concepción del barrio de Nervión. Entre 1971-1978 procesionaba por su barrio y los aledaños, visitando la entonces Prisión Provincial y el Sanatorio de San Juan de Dios, siendo el verdadero prólogo de la Semana Santa. En 1979 hizo su primera estación a la Santa Iglesia Catedral en la tarde del Miércoles Santo y con el recorrido más largo hasta entonces de toda la Semana santa sevillana.

En 1971 se convierte en cofradía de penitencia la antigua Orden Servita de Nuestra Señora de los Dolores, que existía desde el siglo XVIII en la capilla junto a San Marcos.

Por primera vez en la Semana Santa de 1975 es montado por el Consejo de HH. y CC un control de paso de las Cofradías por la Plaza de San Francisco.

En la tarde de este día 8-3-1976 y organizado por el Consejo General de HH. y CC, se celebra en las naves de la Catedral Hispalense un Vía Crucis. Las catorce estaciones vinculadas a las Hermandad donde se veneran sus Misterios, representadas con sus Cruces de Guía. El Cristo de las Misericordias, de Santa Cruz, presidió su rezo.

En 1982 se aprueban sus reglas como hermandad penitencial la de la Resurrección, cuando llevaba doce años fundada en el colegio de La Salle.

Se han producido numerosos traslados de sede canónica, las hermandades han ido buscando una sede propia, como templo construido por ellas mismas o por la cesión de una iglesia sin culto que ha sido revitalizada por la hermandad, donde tengan la suficiente autonomía para desarrollar su vida y peculiares actividades. Dentro de los primeros casos deben señalarse preferentemente la edificación de las Basílicas Menores de la Esperanza Macarena, inaugurada en 1949, así como la del Señor del Gran Poder en 1965. La esperanza de Triana, tras reedificar su Capilla de los Marineros en 1962, volvió a su antigua casa de la calle Pureza. La Estrella edificó su capilla en el solar que fue de su casa de hermandad, a la que se trasladó en 1976.

En el segundo de los casos debemos de encuadrar a la de Montserrat que en 1939, y a causa del derribo de su capilla en el antiguo compás de San Pablo, ocupó la que fuera de la Antigua y Siete Dolores. La de la Santa Vera+Cruz se establece en la capilla del Dulce Nombre de Jesús que se hallaba en manos de particulares. El Rocío se traslada en 1960 a Santiago; el Valle a la Anunciación en 1970; la Cena vuelve a los Terceros en 1973; la del Cristo de las Aguas se fusiona con la hermandad de gloria de Nuestra Señora del Rosario y se establece en su capilla de la calle Dos de Mayo. En 1982 la cofradía de Jesús Despojado obtiene, mediante cesión de sus dueños, el uso de la capilla del Mayor Dolor y en 1987, el Resucitado la custodia de la muy histórica y cofradiera iglesia de Santa Marina.

La Sagrada Mortaja llegó de Santa Marina al exconvento de Nuestra Señora de la Paz, teniendo en usufructo a perpetuidad la iglesia de dicho antiguo cenobio.

Dos traslados ligados entre sí, el de la hermandad de las Cigarreras y la de los Estudiantes, se explican por la vinculación con las dos entidades que le dan sus nombres populares al trasladar sus sedes a mediados de los sesenta la Fábrica de Tabacos a los Remedios y la Universidad al edificio de la calle San Fernando, arrastrando así a las respectivas hermandades a ellas ligadas.

A lo largo del siglo se han modificado profundamente los itinerarios y los paisajes de nuestra Semana Santa por las propias transformaciones del espacio en que tradicionalmente se ha venido desarrollando desde hace quinientos años y por la incorporación de otros nuevos debido a la extensión de los recorridos que hacen las cofradías que se han ido incorporando en los últimos años. Un ejemplo es la que origina la hermandad del Polígono de San Pablo, que hizo su primera estación el pasado año de 2008. Desde el casco antiguo, en este mismo año, ha hecho su primera estación desde Omnium Sanctorum la hermandad del Carmen Doloroso.

Una etapa de oro viven nuestras hermandades y cofradías en los inicios del siglo XXI, fruto de un legado y perfeccionamiento de siglos, aunque bueno sería, y este es uno de los objetivos de este trabajo, recuperar lo esencial del espíritu que allá por el lejano siglo XVI inspiraron su creación.

Nuevas hermandades de barrios periféricos y del propio Centro urbano pugnan por hacerse un hueco en la ya “colmada” Semana Santa.

No he pretendido hacer con estas páginas un somero estudio, ni mucho menos unos Anales de nuestras corporaciones, se trata simplemente de aportar unas pinceladas de los principales hitos y circunstancias que, tras cinco siglos de historia, mantienen pujantes y vivas a unas hermandades que son una de las principalísimas glorias de Sevilla.

 

Romualdo de Gelo

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