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“Dedicado a todos aquellos hermanos cofrades que realizan por primera vez Estación de Penitencia junto al Cristo del Amor”

Cae la tarde arrepentida en el azul del cielo estepeño, a la vez que el sol llora lágrimas amargas en el rojo arrepentido del horizonte. Está atardeciendo y pronto el manto de la noche nos cubrirá en una nueva y renovada madrugada del Miércoles Santo, en el que volveremos al encuentro y al amparo del Cristo del Amor y María Sta. Del Valle, para revivir una vez más la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y el dolor de su Santísima Madre, a través de la solemne e íntima estación de penitencia, que esta Hermandad practica cada año, cuidando con tanto celo ese espíritu íntimo y particular del que ha hecho gala esta cofradía desde su fundación hace cincuenta y cinco años hasta la actualidad.

Un año más volveremos a recibir la lección que después de tantos años y siglos aún no hemos aprendido, el Amor al prójimo y el perdón entre los hombres. Una vez más, se hará pública protestación de fe, cuando el Amor de Cristo inunde las calles de Estepa, bajo la tenue y tibia luz que nos ofrece la luna llena, y que iluminara nuestras intimas y particulares madrugadas.

Pero antes de realizar pública Protestación de Fe a través de la Estación de Penitencia, antes de que las tinieblas del incienso nublen nuestros ojos a la vez que perfuman nuestros sentidos, antes de que el silencio se rompa por el tintineo de los faroles besando las adoquinadas calles por la que pasara Cristo, antes de que el monocorde y ronco toque del tambor actúe como latido en nuestras conciencias, antes del rezo del Padre Nuestro que rodilla en tierra ora el nazareno, antes de que el frío madrugador nos cale hasta los huesos, antes de que la luna proyecte la sombra de nuestros silencios, antes de que el Amor se convierta en estación de rezo, antes de que el farol ilumine el sendero del anónimo nazareno, antes de que se cubran los rostros de Ave Marías y Padres Nuestros, antes de que el característico chirriar con el que el cerrojo de la Puerta del Perdón pida la venia a la noche Estepeña…, antes de todo eso, y de que la cofradía comience su discurrir por las calles del pueblo. Año tras año. Se repitiera un ritual, que valdrá de preámbulo a esa solemne Estación de Penitencia, que comenzara en muchos de los casos, en esa sacristía particular de nuestros hogares, en la que nos enfundaremos bajo la túnica del rezo y el capillo oscuro de la meditación, conformando así un hábito de oración y reflexión.

Hoy volveré al rincón de siempre donde cuelgan en la frontal del ropero, la túnica, el capillo con la cruz amarilla, y el cordón también amarillo que se ceñirá a la cintura. Cordón, túnica y capillo que días antes manos femeninas se encargaron de coser y planchar y que en esos momentos, en la intimidad de nuestro cuarto volvemos a abrigarnos y enfundarnos en Él.

Y un año más, bajo ese hábito de nazareno, volveré por el camino más corto que conduce a la Iglesia de San Sebastián. Volveré allí, donde el Cristo del Amor siempre permanece en incondicional actitud de espera y entrega hacia nosotros, sus hijos. Volveré allí, a postrarme ante el sagrario donde reside el Amor de Cristo, que esta noche, será un caudaloso Valle de promesas, gratitudes concedías, ruegos y oraciones invocando eternas peticiones de nuestras particulares estaciones de penitencia de nuestra vida. Volveremos allí, donde más allá de las tradiciones y ritos, en cada estación que emboza el vía crucis recibiremos la ejemplar lección de entrega a los demás que tuvo el maestro.

Falta poco para salir a la calle. Se suceden los saludos a los hermanos y amigos de cofradía, especialmente a aquellos a los que el tiempo y la distancia nos mantienen separados. La ausencia se hace presente cuando se recuerda a los hermanos que tristemente faltan y que marcharon para siempre a las alturas, envueltos en la túnica en las que tantas madrugadas acompañaron su Cristo del Amor, al mismo tiempo que te encuentras con aquel que viste por primera vez la túnica de la Hermandad de los Estudiantes, y que en algunos casos es principiante en vivir una Estación de Penitencia.


Se forman las filas de nazarenos en la nave central del templo. La Cruz de Guía se planta bajo el dintel de la puerta del Perdón. Se encienden los codales de los faroles de acompañamiento que portamos los nazarenos. Nos cubrimos el rostro. Se apaga la luz del templo. El Diputado Mayor de Gobierno recuerda las precisas y rectas normas que hay que respetar durante la estación de penitencia, según marcan las reglas de esta Hermandad.

Un Padre Nuestro y un Ave María. El seco chirriar de un regio cerrojo abre las puertas de la madrugada. Un golpe ronco de tambor irrumpe en la meditación y reflexión de los silencios compartidos. Viacrucis de Dios, Viacrucis de Cristo. Preámbulo de una vivencia cofrade antes de la Estación de Penitencia, antes de que el Cristo del Amor penetre en las oscuras callejuelas de nuestras vidas, y el frío madrugador de nuestros pecados nos cale hasta las más hondas y profundas de nuestras conciencias y sentimientos.

Son las vísperas del hermano nazareno. Ahora, llegan los momentos de la oración y el recogimiento. Que tengáis una renovada y satisfactoria Estación de Penitencia.

Un Hermano Nazareno.
Boletín “Los Estudiantes” 2012

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