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PREGÓN DE NUESTRA SEÑORA DE LAS VEREDAS 2011. Alejandro Sigüenza Navarro. CAPÍTULO 5: VEREDAS

CAPÍTULO 5: VEREDAS

El canto de los pájaros anuncia un nuevo día. El cielo se torna azulado y rosáceo en la aurora de los tiempos. El sol resurge con ímpetu aquella mañana y los rayos inundan de luz toda la ciudad. Varias mujeres y hombres se disponen a llevarle flores a Jesús. Al llegar al Sepulcro, se quedan inmóviles durante unos segundos. La tumba del nazareno estaba vacía. Su cuerpo ya no descansaba allí. Desconcertados por no saber dónde se hallaba el cuerpo de cristo y a punto de alertar a los doce apóstoles y a la Virgen María, un ángel se aparece y les habla: Jesús ha resucitado. Ha vuelto de entre los muertos para el perdón de los pecados y la bendición de la vida eterna.

Padre, Hijo y Espíritu Santo se dan la mano en el reino de Dios. La trilogía perfecta de la Santísima Trinidad por fin se ha completado. Pero antes de elevarse a las alturas, Jesús visita a sus discípulos y les habla. Les pide que prodiguen su palabra y que siempre tengan fe recordando sus enseñanzas.

María ya no llora. Ha dejado el mar de lágrimas que la apenaban para vestirse de Gloria, de blancura inmaculada y de pureza. 

Sevilla se engalana para recibir entre retales de sueños cumplidos los aires gloriosos del més de mayo. Es entonces cuando nos encontramos con la Sevilla niña de los cuadros de Zurbarán, Murillo y Velázquez. Será la Sevilla evocada de Romero Murube, de Laffón, de Merimé o de Rodríguez Buzón. Será la Sevilla clásica de Nicolás Salas. Será el verso inmortal de Antonio Murciano, y la Sevillanía más llana en la voz de Carlos Herrera. Será la Sevilla de los azulejos.

Pasado y presente se unen para derrochar la esencia de una ciudad cuyo corazón late muy deprisa. Y como eclosión de todo ese amalgama, las Glorias de Sevilla, que a mí, con su permiso, me encanta seguir llamando las Glorias de María. Para hablar de las Glorias sevillanas no hace falta un pregón, sino cuatro o cinco, ya que ellas conforman los pilares de la ciudad y de nuestra Semana Santa.  

Sinceramente, si tuviera que quedarme con un momento especial de las Glorias, no podría quedarme con ninguno porque son muchos: En el més de Julio con las vírgenes del Carmen; en Mayo con la Pastora y María Auxiliadora; en Junio con el Corpus y el Rocío; en Agosto con la Patrona y la Asunción de Cantillana, en Octubre con las Vírgenes del Rosario o en Noviembre con la Reina de Todos los Santos y la Virgen del Amparo.

Pero sin duda, hay una fecha que tengo grabada siempre en mi retina: 8 de Diciembre. En ese día se celebra el besamanos de mi Virgen de las Tristezas de Vera Cruz, y por ese motivo es una noche larga en la Capilla. Todo se cuida con mimo y con esmero para que unas horas más tarde la señora luzca espléndida. Yo siempre tengo la costumbre de escaparme un ratito del montaje del besamanos y acercarme a la Plaza del Triunfo. Allí, entre compases de clavelito, clavelito, la tuna rinde honores a la Pura y Limpia en el día de su Onomástica. Para mí es, sin lugar a dudas, uno de los días claves del año.

En Valdezorras pasa lo mismo. Si hay un més especial marcado en el calendario, ése es cuando llega el més de mayo. Cuando sale la Patrona, todo tiene que estar preparado.

 

El barrio sueña con verla,

Por sus calles paseando.

Los balcones se embellecen

Con colgadoras y nardos.

Las flores son colocadas

Con elegancia y finura

Perfumando a la señora

Con aromas de dulzura.

La iglesia, abarrotada,

Pero el silencio la inunda.

Sólo se escucha la voz

De Antonio Santiago,

Y el martillo que retumba.

El paso se ha levantado.

Ahora se oye el racheo

De las zapatillas de esparto.

La virgen se va acercando.

Casi ha llegado a la puerta,

Pero el dintel es muy bajo.

Los costaleros se agachan,

Y se recogen los zancos.

¡De frente poquito a poco!

¡Vamos con ella valientes!

Que ya está la virgen fuera,

Que está otra vez con su gente.

Suena la marcha real,

Que se funde con los aplausos.

Las lágrimas nublan la vista,

Y los pétalos la empañan.

Y entonces cuando surge,

Del fondo de la garganta,

Ese grito que resuena

Del rosario a la corona

Y del cancel a la espadaña:

¡Yo me voy contigo al cielo,

Veredas de mis entrañas!

He dicho.

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