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Son las siete y media. Las hojas de San Juan de la Palma se abren para que Sevilla respire las mejores esencias cofrades, para vivir la Pasión en blanco silencio, de desprecio y de amargura. La cruz de carey y plata se abre paso entre las gentes que se agolpan; cipreses blancos van poniendo la serenidad en el ánimo y el sentido de la mesura que Sevilla no debe olvidar. Un barco dorado y grandioso navega entre las multitudes. De la Iglesia de Juan, Cristo sale maniatado por orden del mismo Tetrarca que mandó matar al Bautista. Está siendo interrogado, pero Jesús guarda silencio. El cuerpo parece ir encorvando, como si lo preparara para recibir la cruz. Herodes, sintiéndose despreciado, le desprecia. ¡Qué magnifica lección para el poder de esta tierra! El desprecio al poder por parte de los despreciados.

La Virgen de la Amargura ya reina en nuestras calles. Donde la claridad se ha perdido, la asume entera su palio, su manto, su candelería, su corona, sus ángeles de entrevarales. El que es canon de los palios de Sevilla se mueve con dulzura, andando sobre los pies; al son del gran pentagrama pasional, lentamente, va avanzando. En él, María, la mujer madura consciente de un dolor que no es pasivo, sino vigoroso, enérgico, inmensa aflicción sin consuelo que llora la carne de su carne herida y despreciada; María, la Madre dolida en su seno: desde que engendró a su Hijo hasta el padecer postrero. Por eso en toda la ciudad se escuchan sus gemidos, llanto amargo por el Hijo muerto.

Se dice que esta cofradía es completa pensando sólo en el peso de su arte, en el valor de su cortejo. Pero con ello se quiere señalar también -y es urgente decirlo, para que todo no parezca externo- que remata su perfección y la hace tan completa la llama de amor inquebrantable que arde en los ojos de la Virgen, que entre tanto dolor proclama que Dios es luz para los humanos. Y cuando ese palio se va alejando, y no podemos consolarnos de que Ella nos deje ni aun contemplando la cascada espléndida del bordado de su manto, el aura de sus cirios o la penumbra de sus candelabros, nos quedamos estremecidos al sentir en nosotros, porque la Virgen nos ha revelado, al mirarnos, la auténtica paradoja de nuestra Semana Santa: Amargura de María es divino dolor que redime. Como dijo un hermano mío, que por haber nacido y sido bautizado a las plantas de la Amargura quiso ser aquí su pregonero, de los labios de esta Virgen nace la palabra de Teresa: «Sólo Dios basta». Ahora uno mi voz a la suya, en la Hermandad que nos da el Calvario, para decirle a su Reina amarga:
Aun en el desprecio y en el dolor extremo...
Aun cuando nos perdamos en la vida...
Aun cuando Dios parezca lejos...
Y aun si lo negamos y le volvemos la cara,
Tú nunca nos la vuelvas
ni nos dejes de tu mano,
para que viendo tanta fe triunfar sobre tanto dolor
podamos contigo decir, Amargura: «Sólo Dios basta».

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