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PRELUDIO DE RUÁN Y ESPERANZA

Bajo las opacas bambalinas de la eterna Madrugá de Sevilla y al trasluz del Parasceve renacen certeros augurios del prodigio de los tiempos. Se acelera el ritmo de la Ciudad bajo la aureola del cercano milagro. La noche de los más sublimes contrastes renace en el ocaso de un espléndido Jueves Santo. La Virgen del Valle y los conmovedores sonidos que acompañan a su inconsolable llanto nos transportan al pasado. La Sevilla imperecedera retoma su pulso vital en el culmen de la primavera.

Transcurren el tiempo y el paso de los sevillanos, no obstante queda la esencia. Se repite año tras año una misma Historia, y no por ello, deja de sorprendernos. La Giralda, vieja centinela, asomada al ventanal que alza al Cielo sevillano pregona piropos que mueren a orillas del escarchado Guadalquivir. Los más hirientes silencios penetrantes se clavan en la inmortalidad del alma. La niña adormecida en el regazo de la maternal Sevilla está a punto de despertar del sueño profundo del preludio. El Dios del milagro, que nos resguarda ante la adversidad cotidiana, alargará su zancada poderosa sobre cada palmo de la Ciudad.

Estremece el gentío ante el rufar de destemplados tambores macarenos que hacen tambalearse a los sólidos cimientos de la vieja Híspalis. Pertrechados de corazas de amor y escudos de fe apresuran las legiones del Imperio del Atrio. Reguero de plumas al viento y decididas pisadas entre costeados vaivenes acarician los alfombrados senderos del Gólgota sevillano. La invicta Centuria Romana inicia el camino de la pacífica reconquista del corazón de Sevilla.

Enmudece la Plaza partiendo el alma de la Ciudad en dos mitades simétricas. Lúcidos ruanes de la nostalgia entre copas anidadas de vencejos asoman al zaguán de la memoria. Trémulas callejuelas entreveradas de morados y verdes alzados terciopelos fluyen hacia el anhelado Paraíso macareno.


Hirientes escalofríos bajo los baldíos balcones del pasado, temblorosas manos descansadas sobre el pretil del último sueño y suspiros que pueblan el ánima. Esencias de pura sevillanía destilan por doquier por San Lorenzo y San Gil.

Duelen las ausencias, inquieta el silencio desgarrador de la enmudecida muchedumbre, ciega el destello de los candiles y ensordece el murmuro de la brisa que susurra a la cercana arboleda.

Huelgan las palabras, afloran los sentimientos y la eterna Ciudad alcanza su mayoría de edad ante la mirada del Gran Poder de Dios. Se paralizan los corazones y la arena del tiempo comienza a vertebrar las primeras cuentas de una nueva era.

Emerge de sus raíces el más profundo sentimiento macareno. 365 días de amor a la Esperanza y una única Madrugá de reencuentros con quienes fueron y seguirán siendo parte de nuestras vidas. Los devotos del Señor descalzan sus pies para acariciar los gélidos mármoles de la fervorosa admiración. Chirrían los portalones al tañido de campanas y comienzan a desgranarse emociones ante siglos de miradas. Todo acontece a la hora esperada y en lugar exacto, Sevilla siempre Sevilla, a los pies del Gran Poder y la Esperanza.

Fotografía del maestro Enrique Ayllón.

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