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Hoy es Miércoles Santo, una y media de la noche. La Reina del Sentimiento da la espalda a sus nazarenos para llorar al barrio de los barrios, ese que clama su nombre con la mirada. El palio está detenido, solo el aire tiene valor para mecer levemente las bambalinas de la Virgen del Refugio. Al Cielo la llevan sus costaleros entre aplausos y emociones. El aire que antes se escondía entre bordados ahora baila en forma de notas musicales; solo que ahora ya no se llama aire, sino Rocío. Desde dentro de la iglesia el pequeño nazareno observa impaciente a su Madre. No está solo, otra alma morada y negra le ayuda a elevarse mientras su brazo como un imán se pega a su hombro.

El pequeño nazareno está viendo en esos escasos cinco minutos lo mismo que ha vivido hace unas horas bajo un diminuto capirote. El mismo puente, la misma Alfalfa, la misma vara, la misma gente... Y sobre todo, el mismo acompañante, el nazareno que ahora le ayuda, el de los ojos cosidos.

Cuando la tímida flauta calla al barrio los vellos se elevan y las lágrimas brotan. Se muere el cansancio y el peso de la túnica. Los pocos segundos que suena la flauta son la cima de esos dos nazarenos. Ese es el momento, ese silencio ruidoso. No hay pasado ni futuro, solo presente, ese presente. El presente de ese sonido, de esa pureza, de ese sentimiento. Ese presente eterno que nunca se borra del alma de ese pequeño nazareno.

Da igual lo que antes haya pasado o lo que luego puede ocurrir, todo da igual. El barrio estallará en aplausos, los muros de la iglesia retumbarán, el mundo entero se enterará de que la Reina de San Bernardo está en su casa. Pero es ese instante, esos segundos, esas momentos, ese sonido... Es ese abrazo en ese preciso momento el que le da sentido a todo esto.

Años después, el pequeño nazareno guarda esas vivencias en su corazón y las expone solo esa noche mágica del Miércoles Santo. Igual que si lo hubiese grabado en un disco los mismos sentimientos vuelven a brotar, la nostalgia se esfuma... La pena, la nostalgia, la incomprensión... todo se marcha, no existe nada. Solo existe ese presente que el alma del pequeño nazareno revive junto a su Madre.

El veinticuatro de julio el pequeño nazareno lo pasa mal, muy mal. Por eso se ve obligado a repetir esa noche en San Bernardo, la noche del eterno presente. Y es entonces cuando el pequeño nazareno deja de sufrir, cuando reflexiona y se queda en el presente perpetuo de la marcha Rocío, junto al nazareno de los ojos cosidos. El recuerdo que no es recuerdo, sino presente.

El pequeño nazareno ya no acompaña a su tío en los tramos eternos. Ha cambiado la vara por el cirio y ha guardado para siempre los caramelos. Su tío ahora ha pasado al tramo más privilegiado de la cofradía, ese en el que solo entran los grandes no por antigüedad, sino por amor.

Desde que sale hasta que entra el pequeño nazareno va solo, con su vida y sus sentimientos en la espalda. Cae la noche y el puente se queda atrás, ya se ha cruzado el barrio y Sevilla. El pequeño nazareno va a enfilar la cuesta que le dará entrada a su parroquia para acabar, un año más, su estación de penitencia. Y de repente, el presente aparece de nuevo.

Miércoles Santo, una y media de la noche. La Reina del Sentimiento da la espalda a sus nazarenos para llorar al barrio de los barrios, ese que clama su nombre con la mirada. El palio está detenido, solo el aire tiene valor para mecer levemente las bambalinas de la Virgen del Refugio. Al Cielo la llevan sus costaleros entre aplausos y emociones. El aire que antes se escondía entre bordados ahora baila en forma de notas musicales; solo que ahora ya no se llama aire, sino Rocío.

Y de nuevo, los dos nazarenos se abrazan, el pequeño y el mayor, el de la varita y el del cirio. Se hace el presente eterno, el mágico e inexplicable. Se purifican la vida y los sentimientos... Todo en ese instante, ese preciso momento en el que suena esa flauta. Ese presente eterno de los dos nazarenos.

No se exactamente donde vive ahora el nazareno mayor, pero por lo que dicen es el mejor barrio de Sevilla. El pequeño todavía no tiene edad para ir a visitarlo, por eso el mayor es el que tiene que bajar para estar todos los días con el, para crear ese presente eterno único e inexplicable.

Y así, con ese abrazo infinito termina esta historia. El abrazo imborrable que el pequeño nazareno amarra al de su tío, el abrazo de mi vida, el abrazo de nuestras vidas. El abrazo que una noche dos nazarenos hicimos eterno. El abrazo que un Miércoles Santo creó, por los siglos de los siglos el presente más eterno del mundo.

El tuyo.

El mío.

El nuestro.

Gracias para siempre, mi nazareno de San Bernardo.

José Antonio Montero Fernández.

A mi tío.

A mi familia.

A San Bernardo.

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