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Busqué entre cielo y tierra más amor del que tenía sólo por sentir de cerca la felicidad que tanto ansiaba. Accedí a destruirme a mí mismo por una única meta, a dejar que el amor, a veces tan destructivo, corrompiera y aniquilase cada parte de mí sólo por tener a mi lado a quién amaba, sabiendo de sobras que no me merecía. Rogué, grité y recé cada noche al cielo por un cambio radical que se sentía imposible, imploré con mi llanto el cambio que la razón me insinuaba que nunca llegaría, pedí y prometí incluso aquello que no estaba al alcance de mi mano... y no lo supe ver, Madre mía.

Qué callado te lo tenías. Qué cierto es que todo acaba para que empiece algo nuevo y qué verdad más grande es aquella que nos deja claro que las cosas nunca pasan porque sí, que hay un plan para cada uno de nosotros y que, lo que hoy es derrota, mañana será victoria.

Qué callado te lo tenías. Cuántas noches cogí la estampa en que figura uno de tus muchos rostros y le pedí por aquello que anhelaba, cuánta tardes pasé soñando y perdido, ciego e ignorante ante aquello que tú, desde tu cálida parroquia en San Lorenzo, estabas enhebrando. Cuántas veces te pedí, obcecado en mi ceguera, que me hicieras caso y me dieras la alegría de no ser feliz en vano. Llegué a hincarme de rodillas y reprocharte, en tu otra cara, allá en Triana, que no escuchases mi ruego. Pero bien sabes que jamás pondría en entredicho aquello que decidas, pues como ya dijo el Padre, hágase tu voluntad, no la mía.

Qué callado, Madre, qué callado te lo tenías. Lograste engañarme, del mismo modo que has logrado en tu infinito poder colocar entre mis manos la razón que te pedía. Ahora sé que aquel llanto no fue en vano, que nada ocurre sin causa, que incluso el llanto desmedido es la semilla que motiva del futuro la alegría. Ahora lo entiendo... y sólo me sale mirarte con asombro y repetirte lo mismo, una y otra vez... qué callado te lo tenías.

Si tiene que ser, que sea. No hay prisa, la vida cuenta con muchos días. Días felices y distintos a aquellos en que sin saberlo estaba mirando el rostro equivocado, rezando a la advocación que aunque sabía la respuesta no era quien estaba conjurando todo esto que ahora me motiva. Eras tú, sin saberlo, eras tú y no mi Reina quien lo estaba planeando. Supiste engañarme una vez más, lograste distraerme entre sus aguas como cuna de plata de la morena esperanza, confiaste en que su rostro sería la salida que buscaría en mi naufragio y en silencio indicaste la salida que hoy me trajo a mar abierto. La Esperanza será mi faro y Triana será mi guía, pero la barca en que hoy navego, lleva tu sello, Madre mía. 

Qué callado, Señora... qué callado te lo tenías.

 

 

Sergio Rovayo

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Comentado por Cruces de Pasión en noviembre 3, 2011 a 8:25pm
gracias por compartir este blog

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