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El sol pega con fuerza sobre la piedra dieciochesca de la vieja fábrica. Al atravesar su lonja, mis ojos se encuentran con una cigarrera de canasto y bata de colores que va a pregonar la venta de tabaco en la Sevilla de la Ilustración. Eran trabajadoras, valientes, adelantadas a su tiempo… Vuelvo a viajar en el tiempo, como cada tarde de Martes Santo, y veo a un chiquillo de pueblo con pantalones cortos corretear por la calle San Fernando, al que sus padres habían traído para ver a la cofradía de Los Estudiantes. Aquellos nazarenos altos y espigados vestidos de negro luto que iban saliendo en fila desde la capilla universitaria le asustaban, acostumbrado al júbilo y a la fiesta con que vivía la Semana Santa en Fregenal de la Sierra. El niño miraba con los ojos abiertos y el cuerpo encogido a los penitentes, apretando la mano de su madre porque había algo que no entendía, algo que no entraba dentro de aquel ambiente en el que se respiraba dolor, tristeza y muerte. Su padre le había dicho que iban a ver al Cristo de la Buena Muerte, pero el niño no acertaba a comprender cómo la muerte podía llegar a ser buena.

El brusco ruido del silencio al salir la Cruz de Guía me devuelve al presente. Con los años comprendí el significado de las palabras amor y sacrificio, pero la vida me había puesto muy cuesta arriba aquello de entender la bondad de la muerte. Mi vista deja de ver nazarenos, penitentes y guiones de la universidad para ver al mismo joven llorando la muerte de su padre. No era más que un adolescente cuando la vida le puso la prueba más difícil, en la que tenía que afrontar su camino bajo la dura penitencia del dolor más profundo, la soledad más amarga y la incertidumbre más triste que se puede llegar a sentir, unido a la obligación de trabajar y estudiar para poder salir hacia adelante. En aquellos años, el joven, ya instalado en Sevilla, no faltaba a su cita personal con los recuerdos y la emoción de un pasado dolorosamente cercano y tristemente lejano. Los ojos de aquel joven se humedecían cuando el Cristo de Los Estudiantes salía de la Universidad. “Es el cristo de la Buena Muerte, hijo”, escuchaba en su intimidad.

“¡Duro con el valiente, a esta es!”. Es la voz de mi hijo Fernandito, que ha aprendido las voces de mando de los capataces y no deja de repetirlas, la que me trae desde la vida de los recuerdos hasta la vida real. Está vestido de monaguillo e impaciente por colocarse en la fila para repartir caramelos. Su madre le coloca bien la ropa y el canasto, y al mirarlo veo a José María con su misma edad. Era un niño inquieto, alegre y con una vitalidad suprema. Lo volví a ver en San Isidoro, vestido de nazareno, jugando con sus hermanos, y allí en Los Estudiantes. “¡Ya va a salir el Cristo de la Buena Muerte!”, le decía. Y mi hijo miraba y me sonreía, pero no era él, era Fernandito que ya había visto a otros monaguillos y quería situarse junto a ellos. Los recuerdos del Martes Santo vuelan entre en el incienso cuando los ciriales van a salir.

Mi hijo mayor nos da un beso y se va para meterse en las trabajaderas de la Virgen de la Angustia, cuando el silencio se hace en la universidad. Poco a poco me voy reencontrando con el sonido, con los olores, con las imágenes y con el crucificado. Mis ojos se humedecen cuando siento la mano de mi mujer agarrar la mía. Sabemos que estos recuerdos en realidad están vivos por su Buena Muerte, y que algún día nos reencontraremos con ellos. Miro el rostro del Señor con los ojos abiertos y el cuerpo encogido y vuelvo a viajar en el tiempo: “Es el cristo de la Buena Muerte, hijo”, escucho en la intimidad.

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Comentado por Pepe Lasala en abril 25, 2011 a 8:42pm
Preciosa y emotiva vivencia. Es realmente hermosa, y me ha hecho revivir algo que también está en mi recuerdo. Un fuerte abrazo desde la orilla del Ebro y que el Santísimo Cristo de la Buena Muerte y su Bendita Madre de la Angustia te bendigan.

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