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Querido amigo, tu mala suerte te llevó a vivir en la calle, sin otro techo que el celeste horizonte que cubre nuestra Sevilla. Conoces tu nombre y poco más sabes de ti. Hace años que la felicidad dejó de acompañarte en tu camino, los tuyos poco a poco te fueron abandonando, los besos de esa madre que tanto añoras te acompañarán para siempre y llenarán mínimamente tu mucha soledad. En tu morada las ventanas y puertas permanecen siempre abiertas, dejando pasar el frío de la calle, con a penas una manta puedes protegerte de la helada noche. Tienes muy poco en esta vida, pero tu corazón es tan grande que no dudas en compartirlo con tus semejantes.

Quisiera ser tu costalero para aliviar el dolor que te embarga hermano mío, ser tu cirineo para hacerte más liviano el peso de la cruz que cargas sobre tus espaldas. Eres tú mi Dios y no otro: Señor de las aceras, Crucificado en el árbol del olvido, Jesús Preso amarrado a tu desdicha, Nazareno descalzo y errante en el interminable camino de tu Amargura, Cautivo a los pies de una farola, Desnudo de bienes materiales, Despojado de todo derecho, Flagelado por tu pena, Silencioso ante el desprecio de tus hermanos, Presentado a la desesperación, Perseguido, Misericordioso en el fondo de tu triste y dulce mirada, Negado tres y mil veces, Abofeteado a manos abiertas, Prendido entre los árboles de un parque, Humillado, Sentenciado, Calumniado, Burlado, Maltratado, Vendido por tres monedas, falsamente Besado, Caído tantas veces que hasta perdiste la cuenta, Ajusticiado y Yacente en el banco de una plaza. Eres Tú mi Dios y no otro.

Muchos que te ven pasan de largo. No conocen tu nombre, nada sobre tu vida, pero saben que sufres. Su egoísmo les impide dedicarte una palabra, una moneda, un gesto o una sonrisa. Están tan ciegos que son incapaces de leer en tus ojos el mensaje del Dios que llevas en tus entrañas. Es poco lo que tienes hermano mío y menos aún lo que pides.

Eres tu mi Cristo y no otro. Porque mi Cristo está muy vivo y vive en tu cuerpo y en la cárcel de tu condena. No pierdas nunca la fe en el Padre que por ti llora en el Cielo, no pierdas la fe en esa otra Madre que te espera para arrullarte entre sus brazos. El Reino de los Cielos te rescatará de la pobreza y de la miseria y en Él encontrarás descanso eterno.

Recuerdo aquellas tristes palabras que nacían de la garganta de una mujer derrumbada por el dolor en la recién estrenada jornada del Domingo de Resurrección. Estampa imborrable en la mañana del Gozo. La silueta del Cristo Resucitado dibujada sobre la dorada canastilla de su paso, justo en el mismo lugar donde la Señora de Sevilla días antes iniciaba su retorno hacia San Gil. Las puertas del Salvador cerradas, ecos roncos y lejanos de niños correteando por su pronunciada rampa, notas suspendidas en el aire y una llorosa mujer rota por el llanto y embargada por la pena, tratando de buscar respuesta a su desdicha, imploraba a Dios con una profunda saeta: “qué pena Dios Mío que se me han muerto mi madre y mi marío, nada más me queda en esta vida que a ti Pare Mío”.

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Comentado por Jordi de Triana -FUNDACEC- en diciembre 23, 2008 a 7:27pm
En ellos está reflejado el verdadero rostro de Dios.
Comentado por Amelia Milagrosa Rguez. Padilla en diciembre 23, 2008 a 7:24pm
que razon llevas, amigo jordi.... solo en unos cuantos parrafos has sabido plasmar la pena de mucha gente con las desgracias que existen. la carcel, las condenas, la muerte de seres queridos, la injusticia, el desprecio...
De que males esta lleno este mundo....

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