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En una Semana Santa como la nuestra en la que la parafernalia propia de lo externo oculta en demasiadas ocasiones el verdadero mundo interior de cada devoción y de cada razón de fe, tal vez esta Hermandad de Los Estudiantes debería de erigirse como un símbolo de austeridad comprometida, como un ejemplo de vivir en Hermandad no dejándose llevar nunca por la desidia y trabajando callada pero incansablemente por crecer hacia dentro, por vivir nuestras creencias cristianas desde el único sentido posible que Cristo nos ofrece desde la cruz: el Amor.

Es cierto que siempre hay cosas por hacer y no menos incuestionable que siempre se puede conseguir mucho más de lo que se hace, pero ¿arrimamos todos el hombro para que el Amor de Cristo pueda crecer y derramar entre nosotros su bendita misericordia, o casi siempre hablamos, observamos y nos quedamos sin hacer nada?

Los compromisos cristianos no son una baratija que nos ponemos encima cuando nos interesa recrearnos y que guardamos en lo más recóndito de nuestro olvido cuando Jesús nos llama allí donde no nos interesa verlo.

Y siguiendo esta praxis de vivir según el Evangelio, uno de los encuentros más profundos y ciertos que cualquier cofrade de Estepa puede hacer con Dios y con su propia realidad personal, es vestir la madrugada del Miércoles Santo con el hábito negro y austero del Santísimo Cristo del Amor.

Esa noche casi siempre fría porque gélida es la muerte, nos ofrece todo un mundo de reflexión contrita, toda una posibilidad de reencontrarnos con ese Cristo que desde la penumbra más profunda nos llama a la conversión, nos invita a vivir por y para el Amor más fecundo y más fraterno que nadie pudo nunca ofrecer a los demás.

Cada estación del Viacrucis es una mirada de Jesús a nuestra propia existencia y cada Padrenuestro un diálogo personal e íntimo que nos llama a despojarnos de tantas prisas, de tantos agobios y de tantas incertidumbres para ponernos en las manos de ese Cristo que con la cabeza inclinada sobre el pecho, vierte regueros ensangrentados de ternura allí por donde pasa.

Por lo tanto seguir los senderos del Santísimo Cristo del Amor es una obligación ineludible de todo cristiano y una ocasión única por la belleza del momento y por la posibilidad de meditar en silencio y al compás de los secos golpes del tambor por la noche más profunda de toda nuestra Semana Santa, donde la luna se asoma cada año para verter perfiles de plata enlutada sobre ese rostro sereno donde el dolor se hace carne y el Amor se hace vida incluso en las heridas de la muerte.

La puerta del Perdón de la Iglesia Parroquial de San Sebastián se abrirá un año más de un desgarro dolorido, y cuando el cerrojo golpee la silenciosa inmensidad de la noche, el Santísimo Cristo del Amor vencerá la angostura arquitectónica del medio punto y la piedra suspirará porque la cruz, esa cruz donde van clavadas todas nuestras vidas casi roza su madera salvífica contra la clave renacentista del pórtico parroquial.

Y entonces los senderos del Amor florecerán al despertar de una nueva primavera y la mágica simbiosis del encuentro con Dios llevará a cada nazareno a vivir de forma íntima su camino por Amor, y el esfuerzo costalero llevado al extremo por la calle Torralba se erigirá como una solemne columna de fe sobre el perfil silencioso de la torre de la Victoria.

Cristo nos llama desde la cruz a vivir en su Palabra y nuestra Hermandad de Los Estudiantes, tiene el enorme privilegio de trazar por la noche estepeña de los tiempos, los únicos caminos de la fe verdadera, aquellos que nos llevan hacia Dios por los senderos del Amor.

José María Díaz Fernández
Boletín Los Estudiantes 2010

Blog del escritor: Rimarimando

Fotografía: José Báez en Flickr

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