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SOLEDAD DE SAN BUENAVENTURA: SOLEDAD DE SOLEDADES

En la tarde del Viernes Santo viene mi Virgen que con sólo verle la cara se adivina ya su nombre: Soledad.
Y es que vas sola en tu paso y, es tan grande tu tristeza, que parece que acabas de mirar a la Cruz del Martirio de tu Hijo y te has dado cuenta por primera que lo vivido hace tan solo unas horas no ha sido un mal sueño sino pura realidad y, sin embargo, ahora tu Hijo no está, ¡que sola se encuentra su Cruz!
Y se ve en tu cara signos de incredulidad, de dolor intenso como Madre, de amargura y de tristeza, de angustia y de pena grande, en definitiva, de vacío interior, un vacío muy intenso, en definitiva, de soledad.
Es ésta una cofradía que pasa como comienza su titulo: “Humilde…”. Parece que pasa como si no quisiese hacer ruido pues, es tan grande tu Soledad y enorme tu tristeza, que hasta la bulla de la gente te molesta ya que por mucho que a Ti te quieran, no te pueden consolar.
Pero que bonita vas por la calle Castelar, cuando de regreso vas, recogida en tu dolor, pasas por Molviedro, Doña Guiomar, Zaragoza o Carlos Cañal. Es el momento de quererte más, de poderte acompañar y si me lo permites de hacer hasta de San Juan, de decirte muchas cosas para que tu Soledad sea menor y allanarte así el camino que lleva a la Salvación.
¿Quién me iba a mí decir que, cuando a mitad del siglo XVII un grupo de fieles crearon una Hermandad alrededor de la Cruz del Caño Quebrado –hoy en tu altar de la iglesia del convento de San Buenaventura-, con los siglos sería el inicio del amor que te profeso?
Fíjate si vas sola que ni tan siquiera la querida Comunidad de Franciscanos con la que tanto te identificas permiten que puedas acompañar a tu Hijo, el Santísimo Cristo de la Salvación, mira que está muerto en la Cruz.
Yo que tantas cosas te he pedido en esta vida, te pido intercesión para esta comunidad y así te lo dejen pasear por las calles de Sevilla repartiendo Salvación, que es lo verdaderamente importante para todo ser creyente.
Ya te marchas, Madre Mía, ya te alejas. Miro hacia atrás y veo tu paso de lejos. Y tan sólo puedo llegar a adivinar la silueta de la fría Cruz del sacrificio y las sábanas colgando del madero movidas por el viento. Me vuelvo a volver y distingo a la lejanía los sones de “Soledad Franciscana”.

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