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Por los trayectos rectos en los caminos torcidos de Dios, cuando es difícil asimilar lo que en la vida nos aguarda. El horizonte se desdibuja entre la neblina de la polvareda que levantan los caballos a su paso, y rodeados por la arboleda del coto las fuerzas se desvanecen tras varios días de entrega. Ofreces tu mano para empujar nuestro carro si se detiene en el segundo en el que todo se tambalea, traes serenidad cuando se precisa y compartes el júbilo de la alabanza cuando el rezo del Ángelus nos envuelve. Abres mis ojos en un campo de amapolas y trigales que crecen entre un riachuelo de aguas claras. La lealtad se mide en la exacta proporción que ofreces cuando extiendes tu mano para llevar la mía hacia la carreta del Simpecado.

En el arrebato de la totalidad de su presencia es cuando su esencia más se manifiesta. Entrega desmedida hacia el recuerdo que hace revivir los caminos ya hechos, deshacer los pasos dados para volver a andarlos como si se tratase de lo vivido un sueño. Echar de menos no tiene por qué estar denostado si por la ausencia ansias más realizar lo imaginado. Revivir quisiera en tan sólo un minuto lo que ahora está destrozado en el sentir, añicos son los pequeños fragmentos que la simpleza de un recuerdo se empeña en recomponer. Y así entre la añoranza de esos instantes los días se apresuran sin detenerse.

Me sorprende saber que en nuestro caminar terrenal no estarás presente. Se ve que allí haces falta porque no se comprende que tan rápido se te lleve. Dejas en el camino lo que has sembrado, no dudes que crece como una flor de manzanilla que en el pecho prendes. Si en la tierra donde el cerro guardas la primavera no te lleva al camino, el estepeño te llevará a la del vecino en donde poder recorrerlo. Caminar en un sendero de sones a tamboril entre las sombras que dibuja el compás de la mañana, deseo desorientado de días anhelados. En la vieja Urso encuentras sales ricas donde beben tus raíces, mientras suena una salva en el cielo que acompaña el respirar de los bueyes. Camino que comienzas y otro que vuelves, incompleto para nosotros pero no en ti que lo atraviesas. En un camino de Doñana con los rayos de sol de un pentecostés eterno te encontramos con tu sombrero de las arenas del tiempo, con la cinta de tu hermandad y tu medalla blanquiceleste al cuello. Espéranos en la ermita a los demás que haremos este camino en nuestro momento.

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