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“¡El nazareno ha muerto!” Las palabras se repetían en el Gólgota sin cesar. “¿Dónde estaba tu Dios?” Los soldados que habían acompañado a los reos se miraban los unos a los otros con regocijo mientras golpeaban con los mazos las piernas de los que aún podían respirar. Las pocas mujeres que habían acompañado a Jesús hasta el último momento se preparaban para limpiar su cuerpo mientras que los hombres se encargaban de bajar su cuerpo de la cruz. Y allí estaba María, con los ojos clavados en el cuerpo de su Hijo y las lágrimas como regueros de desesperación surcando sus mejillas. El mundo se había parado, detenido, sin duda, en el momento más duro de su vida y a la vez tan profundo en nuestra fé. “Lo ha hecho, va a salvar a los hombres.” Pero el diálogo ya no era posible, todo había sido dicho y consumado. María aún lo miraba, esperando palabras imposibles de igual intensidad que las últimas pronunciadas. Sentimiento de dolor y amor, resignación y aceptación, momento culmen del Monte Calvario.

Juan intentaba consolarla, pero para María el dolor era demasiado profundo. Ya se lo dijo el anciano Simeón “una espada te atravesará el corazón” y hasta el alma se le hundió la espada. Juan recordaba las palabras de su maestro “He ahí a tu madre”. “Debo estar a su lado y consolarla porque, aunque esté destrozada de dolor, los hombres se dirigirán a ella para buscar consuelo y ella les ayudará en su camino para llegar a Jesús”.

Y María Magdalena, arrodillada junto a los pies del Señor, imploraba el perdón de nuestros pecados y recordaba las palabras de su maestro: “Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”. Y bien sabía ella que a través del arrepentimiento de nuestras culpas el hombre puede llegar a tocar los pies de Jesús, el misericordioso.

En el Calvario, a pesar de los gritos y desesperación de los bandidos que estaban crucificados, la diversión de los que se recreaban en el sufrimiento inmenso de los condenados y el llanto de los que le siguieron y amaron, ahí estaban Juan, la Magdalena y María al pie de la cruz, contemplando el cuerpo de Jesús, llagado, ensangrentado, sin vida. María buscaba al niño de Nazaret en el hombre que junto a ella está crucificado, su Hijo, pero ya se lo dijo cuando se dirigió a ella: “Ahí tienes a tu Hijo”, y Juan es el nuevo hijo que tiene que cuidar y así a todos los hombres que acudan a ella. Pero aún duele la espada en su corazón, tan fuerte que casi la lleva al desmayo. La fe le da la fuerza para continuar en el Calvario. Con dureza y dolor elevaba la mirada hacia su Hijo, pero mantenía la dulzura y belleza de su rostro. María dolorosa no es una niña o mujer resignada, es la Madre ante la visión tremenda de su Hijo crucificado y martirizado.

Y ahí estaba María, junto a la Cruz acompañando a su Hijo, al igual que tantas madres que siguen junto a la cruz de sus hijos, ya estén enfermos, desvalidos o perdidos, siendo el regazo de su amargura. Son corazones que velan sin consumirse y que aguantan el puñal que les atraviesa, dolor en carne propia por el sufrimiento de sus hijos. ¿De dónde sacan esa fuerza de voluntad, esa perseverancia, esa ternura maternal? Pues son madres, como María que es Madre de Dios, Madre de los hombres y Madre de la Iglesia que está al pie de la Cruz. Y ahí, Stabat Mater de Amargura, junto a la Cruz, acompañando a su Hijo, como lo escribió un fraile franciscano en el medievo:

“Estaba la Dolorosa,
Al pie de la cruz, llorosa,
Donde pendía el Hijo,
Su alma gemía de dolor
Y una espada traspasó
Su pecho afligido”.

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