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El estado líquido es mi nacimiento y mi final; fundido con la única idea de volver a fundirme, al calor de la llama. Consumido por el lento caminar de mi corta pero intensa vida, donde junto a la mecha que me ayuda a ser derretido, puedo observar la luz que desprendo a mi alrededor. Puedo iluminar los pasos de mi portador, configurando una hilera infinita en la noche y discutiendo con las luces artificiales de las farolas, cual es más importante.

 

Amanecí una mañana de viernes de Cuaresma, dentro de una caja de cartón, junto a mis hermanos, en la casa de Hermandad adyacente  a la capilla donde residía Ella, durante todo el año; y las sabias manos del equipo de Priostía de la Cofradía, me adoptaron para una gran obra. Tan solo restaba tener una identidad propia, para lo cual bastó una pegatina con el escudo de la corporación, y ya estaba preparado para ocupar una posición privilegiada en  la próxima estación de penitencia.

 

El destino me tenía deparado la posición mas alta de la candelería, junto a la Madre del Señor, “casi na”, ¡qué envidia sana para mis hermanos!.

 

La semana de pasión estaba muy cerca, y el paso de palio empezaba a conformarse con celeridad, para que estuviera todo preparado con tiempo. Una vez puestos los varales, jarras y jarrillas, así como los candelabros de cola, y colocado de forma sublime el palio un año mas, llegaba el turno de los candelabros delanteros, aquellos que servirían de luz a la Señora, y que permitirían contemplarla con toda su belleza y esplendor. Era mi momento.

 

Pasado el Septenario, y habiendo sido expuesta la Virgen en Besamanos, llegaba su tiempo, el de colocar la peana de plata a nuestro lado, para servir de pedestal divino donde situar su estampa. Era el momento más delicado de todos; pero ahí estaba yo, fundido en el interior de mi particular camarín y al lado de ella, ¿qué más se podría pedir?.

 

Pasaron los días necesarios hasta que llegó el gran día. Engalanada de Reina, con su corona de oro, su nueva toca de sobremanto, sus manos abiertas sujetando aquel rosario centenario que le regalo una hermana, y que podría sentir cerca de mí al más mínimo vaivén, dada mi cercanía. Alrededor del paso se podían sentir los nervios de nazarenos, costaleros y capataces. Tan solo unos metros nos separaban de aquella imagen de Jesús arrodillado en ese Getsemaní elaborado sobre un imponente paso dorado, entre olivos, lirios y claveles.

 

La Cruz de guía en la calle hacía ya unos minutos, y el Señor saliendo por el dintel de la puerta de su capilla, a los sones del himno nacional. Toda la candelería empezó a encenderse y el rostro de la Madre de Dios, lucía como nunca. No podía apartar mi luz de sus ojos, y la llama flameaba tintineante expidiendo una finísima línea de humo que iba ascendiendo poco a poco hacía el cielo del palio.

 

Tres golpes de llamador, secos, firmes y unas palabras por encima de cualquier otras: ¡Tooodos por igual valientes!, ¡vamos a ir al cielo con Ella, eeeh!..... ¡A éeeestaa es!, …. Y un nuevo golpe de llamador nos hizo elevarnos en una intensa y uniforme sacudida, que a pesar de cimbrearnos, en décimas de segundo quedó todo como estaba, pero más cerca de la calle…en nuestra primera chicotá… al son de una música  tan fuerte como los aplausos que nos regalaban.

 

Volvía a elevar mi luz hacia Ella, y pude comprobar con nitidez, mi reflejo en sus lágrimas de cristal, …, esas mismas que de pura emoción empecé a derramar por mis costados…,

 

….estaba escrito, volvía a mi estado líquido, pero esta vez fundido por su inmenso amor.

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