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Los primeros rayos del sol dibujaban las aristas del rosetón en su marmórea planta, cuando la voz quebrada por la emoción de Ana Fernández, rompía el silencio casi claustral, resumiendo el sentimiento y la ilusión de todos los presentes, después del enorme esfuerzo que había supuesto:
¡Un sueño hecho realidad!, ¡Un sueño hecho realidad!

Era el dieciocho de abril de dos mil nueve, y las puertas de la vieja Capilla de la Carrera, se abrían de nuevo, tras casi cinco largos años, para recibir a la comitiva que acompañaban al Solemne traslado de la Imagen Primitiva y del Simpecado, en el devoto Rosario que, de manera extraordinaria, se había iniciado en el Convento de San José, como es costumbre, con las primeras luces de la Aurora.
El día se presentaba largo, medidos con las horas que va marcando el corazón, para un grupo de devotos que, algún tiempo atrás, decidieron embarcarse en la difícil empresa de devolver a esta villa, no solo la joya patrimonial escondida tras los muros encalados de la recoleta Capilla, sino el amor de una Madre, a la vez que Santa Vecina, que durante siglos fue bendiciendo, con su dulce mirada a tantos y tantos hijos desde la oscuridad de su Divina Morada.

Y por fin llegó el momento, por fin su aniñada cara asomaba por el dintel del Convento, mientras una leve sonrisa se dibujaba en Su rostro, como anunciando la ilusión, a la vez que el nerviosismo, por regresar y ver como sus hijos, niños, jóvenes y mayores, incansablemente habían acicalado su casa. Por fin, de nuevo Ella, atravesaba el arco tripartito de nuestra Puerta del Cielo, para ocupar su Santo Trono desde donde seguir bendiciendo.

A partir de ese momento, resurgieron las devociones, aunque nunca habían muerto, de aquellos niños que, en las tardes de mayo cantaban a la Virgen mientras le entregaban la flor de su pureza e inocencia infantil, de aquellas madres y abuelas que, postradas ante su augusta mirada, pedían entre sollozos, tener alguna noticia de su hijo o de su nieto en aquella España convertida en un Guernica, de aquellas charlas con los amigos sentados en el sardiné tras largas tardes de juegos. Y aparecieron también, aquellos grandes momentos, de vecinas que limpiaban y pintaban con esmero, cada siete de septiembre.

Volvieron tantos recuerdos, las comuniones, las bodas, las promesas y los sueños de todos aquellos, que al igual que ahora, buscan en Ella, Flor de la calle Carrera, el olor que se queda impregnado y reconforta nuestro cuerpo, permitiéndonos compartir, a los miembros de esta junta de gobierno, tantos sentimientos y experiencias guardados en los rincones del alma, como ocurrió este verano en los días previos a la salida procesional de nuestra Amantísima Titular, y que se relata a continuación.

La Virgen de la Aurora, ya entronizada en su paso procesional, se encontraba en el Convento, a la espera de ser exornada por las delicadas manos de María, Dolores y Ángela, que cada año, con gran amor y dedicación, componen cual hermoso vergel florido, el lecho sobre el que se posa la Reina de los Cielos.

Casualidades de la vida, ese mismo día se celebraba una boda en el mencionado templo, por ese motivo, y para ir adelantando el trabajo hasta que pudiéramos seguir con nuestras labores en la sede parroquial, nos encontrábamos preparando la Capilla para cuando, al día siguiente, Nuestra Bendita Madre arriara su paso ante su puerta para cantarle la Salve como cada año. Cuando ya nos íbamos, una comitiva de vecinos encabezada por Eduardo, acompañaba a una elegante señora, de avanzada edad, que entre sollozos se acercaba a nosotros presurosa para evitar que nos marcháramos. Con una leve voz, sinónimo de la experiencia de los años, nos pidió por favor poder ver la Capilla. Al abrir la puerta, los recuerdos de su lejana juventud, afloraron hasta sus ojos y un emotivo “gracias por cuidar a mi Aurora” salieron de sus labios. Era Aurora Bejarano Vázquez, la misma que cuando muchacha se encargaba de limpiar, año tras año, Su Bendito rostro nacarado mientras, como le pedía Pepita, le susurraba al oído la protección y bendición para todos los vecinos de Fuentes y en especial para las vecinas que incansablemente velaban por Ella.

Fue un bello momento lleno de emoción, para todos los que estuvimos presentes en este testimonio, muestra de tantos otros que, desde la apertura de la Capilla se han ido desarrollando en nuestro día a día.

Pero además, vinieron las misas en la Capilla, el primer domingo de cada mes, los altares de Corpus y San Juanito, dedicado este último a todas las hermandades y asociaciones presentes en nuestro pueblo, el paso de la Carreta de María Auxiliadora, el recibimiento de la Virgen del Rosario, La Esperanza, con sus campanilleros anunciando la Navidad, y San Sebastián, la presentación de nuestro Grupo Joven el día de San Antonio con una emotiva Eucaristía que finalizó con el rito del “pan de los pobres”, la vigilia de la Inmaculada en la noche del siete de diciembre, el Vía Lucís, la felicitación a Nuestra Titular en las vísperas de su Santo, el Besamanos el ocho de septiembre o simplemente pudiendo ver, un día cualquiera, durante el horario de visita, a algún devoto que, como antaño hicieran sus vecinos, desgrana las cuentas de un rosario entre plegarias, salves y agradecimientos por el Bien recibido.

Ahora, a punto de cumplir el primer aniversario de la vuelta de Nuestra Señora de la Aurora a su Capilla, hacemos balance positivo en esta Asociación que ha visto aumentar, no solo la nómina de hermanos o la actividad de la misma, sino también el sentimiento y el cariño por Nuestra Bendita y Milagrosa Madre, llenándonos de gran satisfacción, haciéndonos crecer en la Fe y como personas, gracias a todas las vivencias compartidas. Es por ello, que desde estas líneas queremos agradecer a todo el pueblo de Fuentes de Andalucía, y a cada uno de los devotos de Nuestra Señora de la Aurora, por ayudar a que esto fuera un sueño hecho realidad.

El día se presentaba largo, medidos con las horas que va marcando el corazón, para un grupo de devotos que, algún tiempo atrás, decidieron embarcarse en la difícil empresa de devolver a esta villa, no solo la joya patrimonial escondida tras los muros encalados de la recoleta Capilla, sino el amor de una Madre, a la vez que Santa Vecina, que durante siglos fue bendiciendo, con su dulce mirada a tantos y tantos hijos desde la oscuridad de su Divina Morada.

Y por fin llegó el momento, por fin su aniñada cara asomaba por el dintel del Convento, mientras una leve sonrisa se dibujaba en Su rostro, como anunciando la ilusión, a la vez que el nerviosismo, por regresar y ver como sus hijos, niños, jóvenes y mayores, incansablemente habían acicalado su casa. Por fin, de nuevo Ella, atravesaba el arco tripartito de nuestra Puerta del Cielo, para ocupar su Santo Trono desde donde seguir bendiciendo.

A partir de ese momento, resurgieron las devociones, aunque nunca habían muerto, de aquellos niños que, en las tardes de mayo cantaban a la Virgen mientras le entregaban la flor de su pureza e inocencia infantil, de aquellas madres y abuelas que, postradas ante su augusta mirada, pedían entre sollozos, tener alguna noticia de su hijo o de su nieto en aquella España convertida en un Guernica, de aquellas charlas con los amigos sentados en el sardiné tras largas tardes de juegos. Y aparecieron también, aquellos grandes momentos, de vecinas que limpiaban y pintaban con esmero, cada siete de septiembre.

Volvieron tantos recuerdos, las comuniones, las bodas, las promesas y los sueños de todos aquellos, que al igual que ahora, buscan en Ella, Flor de la calle Carrera, el olor que se queda impregnado y reconforta nuestro cuerpo, permitiéndonos compartir, a los miembros de esta junta de gobierno, tantos sentimientos y experiencias guardados en los rincones del alma, como ocurrió este verano en los días previos a la salida procesional de nuestra Amantísima Titular, y que se relata a continuación.

La Virgen de la Aurora, ya entronizada en su paso procesional, se encontraba en el Convento, a la espera de ser exornada por las delicadas manos de María, Dolores y Ángela, que cada año, con gran amor y dedicación, componen cual hermoso vergel florido, el lecho sobre el que se posa la Reina de los Cielos.

Casualidades de la vida, ese mismo día se celebraba una boda en el mencionado templo, por ese motivo, y para ir adelantando el trabajo hasta que pudiéramos seguir con nuestras labores en la sede parroquial, nos encontrábamos preparando la Capilla para cuando, al día siguiente, Nuestra Bendita Madre arriara su paso ante su puerta para cantarle la Salve como cada año. Cuando ya nos íbamos, una comitiva de vecinos encabezada por Eduardo, acompañaba a una elegante señora, de avanzada edad, que entre sollozos se acercaba a nosotros presurosa para evitar que nos marcháramos. Con una leve voz, sinónimo de la experiencia de los años, nos pidió por favor poder ver la Capilla. Al abrir la puerta, los recuerdos de su lejana juventud, afloraron hasta sus ojos y un emotivo “gracias por cuidar a mi Aurora” salieron de sus labios. Era Aurora Bejarano Vázquez, la misma que cuando muchacha se encargaba de limpiar, año tras año, Su Bendito rostro nacarado mientras, como le pedía Pepita, le susurraba al oído la protección y bendición para todos los vecinos de Fuentes y en especial para las vecinas que incansablemente velaban por Ella.

Fue un bello momento lleno de emoción, para todos los que estuvimos presentes en este testimonio, muestra de tantos otros que, desde la apertura de la Capilla se han ido desarrollando en nuestro día a día.

Pero además, vinieron las misas en la Capilla, el primer domingo de cada mes, los altares de Corpus y San Juanito, dedicado este último a todas las hermandades y asociaciones presentes en nuestro pueblo, el paso de la Carreta de María Auxiliadora, el recibimiento de la Virgen del Rosario, La Esperanza, con sus campanilleros anunciando la Navidad, y San Sebastián, la presentación de nuestro Grupo Joven el día de San Antonio con una emotiva Eucaristía que finalizó con el rito del “pan de los pobres”, la vigilia de la Inmaculada en la noche del siete de diciembre, el Vía Lucís, la felicitación a Nuestra Titular en las vísperas de su Santo, el Besamanos el ocho de septiembre o simplemente pudiendo ver, un día cualquiera, durante el horario de visita, a algún devoto que, como antaño hicieran sus vecinos, desgrana las cuentas de un rosario entre plegarias, salves y agradecimientos por el Bien recibido.

Ahora, a punto de cumplir el primer aniversario de la vuelta de Nuestra Señora de la Aurora a su Capilla, hacemos balance positivo en esta Asociación que ha visto aumentar, no solo la nómina de hermanos o la actividad de la misma, sino también el sentimiento y el cariño por Nuestra Bendita y Milagrosa Madre, llenándonos de gran satisfacción, haciéndonos crecer en la Fe y como personas, gracias a todas las vivencias compartidas. Es por ello, que desde estas líneas queremos agradecer a todo el pueblo de Fuentes de Andalucía, y a cada uno de los devotos de Nuestra Señora de la Aurora, por ayudar a que esto fuera un sueño hecho realidad.





Óscar Gálvez Martín
Asociación Parroquial de fieles devotos de Nuestra Señora de la Aurora.

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