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UNA HIPÓTESIS SOBRE EL ORIGEN DE LA IMAGEN DEL NIÑO PERDIDO

D. Juan Alberto Jordán Fernández recientemente ha llevado a cabo un estudio sobre el origen de la imagen del “Niño Perdido” de nuestra ciudad. En este estudio parte de dos cuestiones básicas tras revisar los antiguos documentos custodiados en el archivo de la Hermandad:

1. “La Hermandad o Hermandades del Dulce Nombre que existieron en Estepa a lo largo de la historia tuvieron más de una imagen por titular de la misma, no sólo a lo largo del tiempo sino incluso en un mismo momento.”
2. “Se ignora, por carencia de datos, cuando se comenzó a utilizar en esta Hermandad la denominación del “Niño Perdido” para referirse a la imagen titular de la Hermandad.”
Estas dos cuestiones nos hacen pensar que la Hermandad del Dulce Nombre tuvo viarias imágenes de su titular a lo largo de la historia y que se desconoce desde cuándo se denomina como “Niño Perdido”.
1. La hipótesis
“Para la formulación de nuestra hipótesis nos tendremos que situar en la Estepa del año 1855; por aquel entonces afectó a esta población una gran epidemia de cólera morbo “asiático” como consecuencia de la cual falleció mucha gente; según consta, durante esta epidemia, una de las personas que destacaron por “su celo y desprendimiento” fue don Joaquín Téllez de la Torre, teniente de vicario y párroco de Santa María, a quien incluso condecoraron por ello con “la Real Orden americana de Isabel la Católica”.
Pues bien, una de las disposiciones que tomó D. Joaquín en aquellos aciagos momentos por los que atravesaba la población de Estepa fue precisamente disponer, en unión de todos los sacerdotes de la parroquia, la realización de una novena al Cristo de la Humildad y Paciencia, novena que comenzó “el sábado después del Carnaval” de aquel año de 1855.

 

La imagen del Cristo, que hasta entonces era venerada en el retablo del Sagrario de la iglesia de Santa María, situado a la cabecera de la nave del evangelio, pasó en ese mismo año a un nuevo retablo, mandado construir ex profeso y expensas suyas por don Joaquín, que se colocó en el trascoro de la iglesia, frente a la puerta de entrada a la iglesia, para que así la imagen “tuviese más culto”.
Dos años después, en 1857, este mismo sacerdote costeó la realización de sendos altares que se colocaron en el trascoro o Iglesia Vieja a ambos lados del que poco antes se había dedicado al Cristo de la Humildad y Paciencia; en el de la derecha, según se accedía desde la puerta al templo, se colocó una imagen de San Pablo Ermitaño, y en el de la izquierda la imagen del “Niño Perdido”.
 
Por un inventario de Santa María realizado en 1874, sabemos que las tres imágenes a que venimos haciendo referencia fueron colocadas cada una en una urna u hornacina de madera, sin cristales, que la imagen del Niño “con título del Dulce Nombre de Jesús” (advirtamos el cambio de denominación) tenía “el mundo (sic) y potencias de plata”, y la imagen del Cristo portaba “corona y potencias de plata”.

Otro inventario posterior, del año 1913, nos ofrece algunos datos más acerca de la evolución que siguieron estos retablos e imágenes; así, se dice en este documento que el retablo del Cristo de la Humildad y Paciencia era de madera dorado “con puerta de cristal” y el altar tenía forma de “cuello de paloma”, el retablo de San Pablo Ermitaño era de madera “al natural” y su altar era de mampostería; y el retablo del Dulce Nombre era de madera pintada y dorada con puerta de cristal y su altar de mampostería “como el anterior”, es decir, como el de San Pablo. La imagen del Cristo se ornaba con una corona de espinas “con piedras falsas” y potencias de plata y la del Niño con potencias de plata.

En resumidas cuentas, y esta es nuestra hipótesis, diremos que en 1857 se construyeron en la iglesia de Santa María dos altares parejos de mampostería en los que se colocaron sendas imágenes que, es de suponer, hasta entonces carecían de ellos: la de San Pablo Ermitaño y la del Niño Perdido; y si carecían de ellos sería porque las imágenes en cuestión no pertenecían originariamente a aquel templo, sino que fueron llevadas allí procedentes de otros templos; de la imagen de San Pablo Ermitaño sabemos fehacientemente que provenía de la desaparecida ermita de San Antonio Abad, extramuros de la villa de Estepa, pues así consta en un inventario de la misma realizado en 1788; en cuanto a la del Niño Perdido, podría tratarse de una imagen procedente también de dicha ermita, que es descrita en el citado inventario como “un Niño Jesús Perdido, sin urna, con un Agnus y canastito de plata”, basándonos para ello en la coincidencia del adjetivo utilizado para referirse al Niño en 1788 con el usado en 1857, siendo en ambos casos el de “Perdido”, algo que no hemos visto repetido más veces.

 

A pesar de la identificación que realizamos entre ambas imágenes, la prudencia nos obliga a expresarla con la debida cautela hasta tanto no aparezca nueva documentación que la confirme o la desmienta, pues no es menos cierto también que los atributos que acompañaban a la imagen del Niño procedente de la ermita, agnus y canastito de plata, no son mencionados en ninguno de los inventarios de la parroquia de Santa María que hemos consultado.”

 
2. Datos sobre la imagen
“De confirmarse nuestra hipótesis, acerca de la imagen del Niño Perdido procedente de la ermita de San Antonio Abad sabemos que fue donada en 1768 a aquel templo por quien fue su fundador y máximo benefactor, el presbítero don Antonio Miguel Fernández, para que recibiera culto y fuera cuidada por los ermitaños que estaban encargados de dicha ermita.
Poco después del fallecimiento de este sacerdote, acaecido en Estepa el 24 de agosto de 1783, alguien o algunas personas, cuya identidad ignoramos pero que quizás pudieran ser los cofrades del Dulce Nombre, quisieron sacar la imagen del Niño Perdido del santuario “con pretexto de asearlo”, los ermitaños, considerando que la excusa “pudiera ser máxima” para “extraerla” de la ermita, se negaron a la traslación, acudiendo incluso a la máxima autoridad religiosa, el vicario general, a la sazón D. Domingo Antonio del Portillo (1777-1786), para que les amparase en su negativa, alegando que la citada imagen “no carecía de aseo y culto”, el prelado les concedió a los ermitaños lo que solicitaban mediante un decreto en el que acordaba que la citada imagen “permaneciera y se conservara en la ermita y poder de los expresados hermanos sin que se sacara fuera con ningún pretexto.”
Sabemos también que la imagen del Niño Perdido se veneraba en la ermita de una urna u hornacina dorada construida en tiempos del hermano Antonio Zacarías (1768-1788).”
 
Fuentes y bibliografía:
-Archivo General del Arzobispado de Sevilla, Administración, Inventarios, legajos 14.567 y 15.899.

-Archivo de la Parroquia de Santa María de Estepa, Libro de varios sucesos en esta villa de Estepa. -Aguilar y Cano, Antonio. Memorial Ostipense, reedición. Ediciones Anel, Granada, 1975. -Jordán Fernández, Jorge Alberto. La ermita de San Antonio Abad de Estepa, Editorial La Serranía, Ronda, 2011.

D. Juan Alberto Jordán Fernández.

Boletín “Blanca y Colorá” 2012

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