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Corría el año 2000, el mismo año que decían algunos que tendríamos un apagón informatico, aunque no ocurrió si algún que otro incidente en nuestra Sevilla. Estamos en el mes de abril y mi hermano Jesús y yo en aquella añorada época éramos miembros de una banda de cornetas y Tambores.
16 de abril del 2000, Domingo de Ramos, aquí empieza el principio de un recuerdo. La mañana empezó como seria normal para nosotros dos, unos nervios que no se podrían explicar con palabras, el uniforme, las galas, el casco, las cornetas y como no; la vista al cielo. Un cielo que no acompañaba como Sevilla desearía para este día tan grande para la ciudad.
Ya en la Plaza Jesús de la Pasión más conocida como Plaza del Pan, empezamos a formar la banda para desfilar hasta la puerta y poder abrir la semana santa detrás del majestuoso paso de La Sagrada Entrada de Jesús en Jerusalén, al llegar justo a la rampa de madera que cruje a sus pies, el día se hizo noche por una nube que cubría al menos toda aquella plaza y paso lo que nadie quiso, una tormenta fuerte y sin compasión suspendió la salida, aunque en aquel momento nadie sabia que el cielo volvería abrir y el día volvería a la normalidad con la excepción de la salida de la Borriquita junto al Amor. Después de décadas la cofradía al completo hacia Estación de Penitencia. Esa noche seria normal ver al Amor y La Borriquita entrando en Campana sin ninguna luz del día. Otro recuerdo más, que acompaña a esta Semana Santa tan diferente.
20 de abril del 2000, Jueves Santo, ya la Semana Santa estaba más cerca de su fin y los cuerpos algo más cansados, después de venir de tocar en Las Aguas el Lunes Santo, Los Panaderos el Miercoles y cerrando el día con una gloriosa entrada en Monte Sion, fuimos a casa de un amigo a cambiarnos el uniforme por una ropa comoda.Después de tomar un tentempié con mi hermano Jesús y mi compañero de banda y amigo Cruz, nos dirigimos a Plaza de Armas lugar amplio y cercano del que habíamos quedado con mí otro hermano José y por aquel entonces su novia Rocío. Hoy en día su esposa y madre de su hijo.
Juntos empezamos nuestra particular Madrugá, muy cerca de nosotros escuchamos tambores no muy lejanos, era la banda chica de Triana, nos aligeramos un poco el paso y buscamos un lugar adecuado para ver el transcurrir de la Hermandad, entre bullas e indecisiones terminamos quedándonos en Reyes Católicos, justo en la esquina de la calle Santas Patronas. Poco tiempo después ya se oían los sonidos Trianeros y se podían apreciar las plumas de un romano que manda caminar a nuestro Dios con andares de los que solo Triana sabe, izquierdo por delante, sobre los pies y otro izquierdo más. Detrás la Señora de la calle Pureza derrochando a su paso alegría, esperanza y un mar de multitudes.
Hasta aquí todo parecía ser una Madrugá como todas, un poco tarde de horarios por nuestra parte, ya que teníamos un enfado tremendo por habernos perdido La Cofradía del Silencio. Seguramente esto forme parte de la atracción y devoción que siento por esta hermandad en la actualidad. Continuamos nuestro caminar por la ciudad para dirigirnos a ver al Señor de Sevilla, curiosamente nunca lo vimos con anterioridad más allá de la Plaza de Molviedro, pero el destino quiso que ese año fuese diferente y para ver a esta Hermandad buscamos otro lugar.
Antes de llegar la magnifica Cruz de Guia nos situamos en un recodo que hace una casa en la Calle Gravina, en la fila izquierda de nazarenos, junto a una reja de grandes dimensiones y un zócalo de Marmol.
Por fin pudimos verlo en la calle, apareció en la oscuridad de la noche el esplendor más hermoso y bello de la Madrugá, unos andares de enorme elegancia mandado en aquellos años por la familia Ariza. Ese es el momento que muchos sevillanos esperamos para encontrarnos con el alma viva de Sevilla. Con zancada larga pasó ante nosotros rompiendo el silencio mas humano de los silencios.

Minutos después, cuando rondaba el reloj entre las cinco y las seis, en el momento que la madrugá esta en todo su encanto y aun se podía apreciar la trasera del paso del Señor, antes de revirar a Pedro del Toro, se oyeron estruendos con una velocidad insólita que no se sabía de donde venían, parecían oírse tiros, pero tampoco se veía nada claro, todo llegó a nosotros viniendo de Canalejas con un efecto domino inesperado, en el cual la fila de nazarenos se fue desplazando a cada lado de la calle. En unos segundos se volvió a repetir. Esta vez, vimos como algunos nazarenos tenían los cirios tronchados y destapados del antifaz, algo anómalo en una Hermandad de estas características. Los escoltas del paso con el arma desenfundada, hombres y mujeres sin saber donde meterse o donde resguardar a sus hijos, todos corrían sin ni siquiera saber por qué, lo que realmente había era miedo, angustia, pánico, ansiedad, espanto.
Tan deprisa como pudimos fuimos saliendo de allí entre una bulla irreconocible en Sevilla y unos nervios que se apoderaban de los allí presentes, llegando al punto de algún que otro enfrentamiento. Al llegar a la esquina de Gravina con Pedro del Toro, tuvimos nuestra primera noticia de la mano de un policía local, contando que había sido una fuga o explosión de gas. Sin embargo, no nos tranquilizo ni lo más mínimo. Al salir de allí anduvimos sin mirar atrás con una inmensa bandada de personas, todas corriendo y cada uno buscando la dirección más cercana a su casa o a un lugar donde encontrarse a salvo de un no se sabe que. Y hoy en día se sabe aun menos.
Por los alrededores de Triana, más tranquilos de bulla pero con histeria y nerviosismo nos fuimos dando cuenta por el ambiente de lo que ocurría, muchos como nosotros, otros bajo cualquier tunica que a esas horas no debía estar por aquel barrio. Entonces empezamos a sentir un pánico tremendo.
Llegando a República Argentina tuvimos otro impacto al ver que la parada y el autobús estaban llenos de personas contando las mismas sensaciones por otras partes del centro de Sevilla. Ya esto parecía mucho más serio. Creo que fue el trayecto de Triana a San Juan de Aznalfarache más interminable y ansiado de cuanto recuerdo.
Al llegar a casa, esa mañana nos quedamos todos juntos en el salón con la televisión y la radio puestas, sin hablar con caras de exhaustos y sin mediar palabra. Ninguno de los cinco esa noche descanso ni cinco minutos, pensando y pensando.
21 de Abril del año 2000, Viernes Santo, Una Sevilla despierta en un mar de dudas y la otra Sevilla aun sin despertar de la más espantosa de las Pesadillas. La cita era en el Paseo de la O, junto al río, con una tarde soleada, y un cielo tan azul y limpio que parecía querer olvidar la oscuridad más tenebrosa que se recuerda en una noche sevillana. De nuevo en formación con la Banda, empezando una extrañísima estación de penitencia. Todos hablando sobre lo mismo, pero nadie sabia nada. Al transcurrir Jesús con la Cruz al hombro por el Altozano Trianero volvió aquel nerviosismo e incertidumbre, sólo por qué allí se aglomeraban más personas. De nuevo en la Plaza de la Magdalena más de lo mismo, todo un recorrido con una angustia interior que apenas dejaba respirar y doblando el esfuerzo para hacer sonar el instrumento.
El miedo como su significado explica es una emoción caracterizada por un intenso sentimiento habitualmente desagradable, provocado por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente o futuro. Es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza. Esto es lo que experimenta el ser humano pero en esta ocasión el miedo fue creciendo minuto a minuto, hora a hora, día a día y lo que es peor, fue creciendo año a año.
Al año siguiente, Abril del 2001 la Semana Santa fue ligeramente extraña. Ese año, el último en tocar mi corneta y sin la compañía de mi hermano. Nuevamente tras recoger la cofradía de Monte Sion, llegó el momento esperado casi un año después pero tenia una ansiedad y un temor interior que me impidió comparecer esa noche. Me cuentan que fue una noche fría con asistencia justa de publico y una incertidumbre poco habitual aunque natural al ser el año posterior al episodio de las carreritas
Después de algunos años sin estar presente, concretamente la semana Santa del 2003, por fin me arme de valor y volví a vivir la Madrugá. Tengo gratos recuerdos de esa noche; la cofradía del Silencio por Francos o del cruzar del Gran Poder ante la saeta desgarra de un joven fiel que reza cantando.
En la actualidad ninguno de los que juntos pasamos esa noche de olvido ha vuelto una Madrugá a presenciar el atravesar por Gravina de Jesús del Poder.

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