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UNA OLA HUMANA DE DEVOCIÓN RELIGIOSA SE MOVIÓ EN LA ESTACIÓN DE PENITENCIA DE LA HERMANDAD DE LA BUENA MUERTE DE HUELVA EN EL AÑO DE SU CENTENARIO (2016)

Varias veces he comenzado este artículo porque lo que iba escribiendo no relataba lo que sentí la primera vez que salí como penitente con esta hermandad. Ahora mi hermandad. Y es que ésta ha sido mi primera estación de penitencia y desde que me puse la túnica, me indicaron mi sitio, tomé el cirio y emprendí el camino, la funda del capirote cobijó la intimidad de mi emoción. No podía articular palabra, aunque hubiera podido, que no era el caso. Me embargó la seriedad, la solemnidad

 con la que toda la procesión se fue preparando hasta salir todo el cortejo, por la puerta del colegio de las Madres Agustinas en la calle Palos, para recoger a los Titulares en  el templo.

       Desde la calle Palos, conforme avanzábamos y recorríamos la calle Tres de Agosto, de forma inevitable, me vino a la memoria todo lo que había leído sobre la primera estación de penitencia de esta Hermandad, cuando los penitentes azules del entrañable e inolvidable Padre Gilberto –niños y jóvenes del Colegio de Nuestra Madre de Consolación del colegio de los Agustinos de Huelva- salían desde aquel colegio y llegaban a la misma calle Tres de agosto, en 1922, hasta el templo, a recoger a la Virgen de Consolación para procesionar. También salíamos de un colegio Agustino de Huelva repitiendo parte del mismo recorrido. Es un recuerdo que la hermandad mantiene vivo con varios penitentes procesionando con la misma capa y capirote celestes sobre la túnica blanca. También sumé a los sentimientos de inquietud, por ser la primera vez que salía en la procesión, los recuerdos de cuando jovencita la veía pasar y me preguntaba que por qué las mujeres no podíamos salir de penitentes.

El recorrido me permitió ver escenas y oír frases preciosas, como es el caso de una niña pequeña en brazos de la madre que decía, “pídele cera”, pero la madre viéndome mirando al frente, le dijo, no puede. El año que viene saldrás en esta hermandad con tu abuelo. Al comenzar a andar el paso del Cristo, la pequeña se olvidó de la cera y dijo con los ojos levantados en su dirección: “mamá es pezioso”. La madre comenta a otra joven: “a esta niña le encanta este Cristo”. Afloraba un fondo de religiosidad viva. Se vuelca el pueblo de Huelva al pararse para ver pasar  la procesión. La hermandad se vuelca para ofrecer a los fieles cómo concibe y lleva a la práctica el mensaje religioso. Es una unión corta en el tiempo, sí, pero intensísima por la fuerza de las imágenes y su puesta a la vista, para la contemplación. Esto lo constaté en el recorrido desde los límites que me permitían la abertura para los ojos del capirote. Es una conexión que fluye y que forma parte del subconsciente. El hecho de que familias enteras recorran las calles, se aposten horas apretados para ver los pasos con niños que inician su formación cofrade a través de las explicaciones y manifestaciones de sus mayores, forma parte de lo que significa la semanas santa para Huelva. 

Podíamos ver hasta tres generaciones juntas Y no es solo una familia, ni dos. Observé que se repetían las escenas en las que los pequeños miraban mientras sus oídos recogían mensajes de los mayores que trataban de hacerlos inteligibles para que entendieran por qué la Virgen llora y quién le ha hecho daño a Jesús.

Desde abajo, cuando se mira al Cristo pasar, acoges en tu retina su semblante. Elevamos los ojos para alcanzar a ver el grado de sufrimiento que le ha embargado hasta morir apaleado, atormentado, ... su elevación hace que levantemos la cabeza para ver ese semblante de paz, de serenidad, de dulzura, de sufrimiento resignado donde se superó el tallado de Gómez del Castillo, como si la gubia tuviera vida propia, consiguiendo un resultado que motiva mucho más que si exhibiera el dolor en la plenitud de la congoja de de la crueldad del martirio.

Yo quería recoger de este recorrido lo que nunca es posible conocer apostado en una acera o sentado en un palco, o ap***do en un balcón, cuando el Cristo de la Buena Muerte y, después, la Virgen de Consolación y Correa en sus Dolores, pasan en la estación de penitencia, que es sagrada ceremonia religiosa para toda la ciudad. Y sería muy largo contar todo lo que puede apreciar, lo que oí al pasar junto a los que contemplaban el paso. Al ir delante del paso del Cristo de la Buena Muerte, a corta distancia, lo que percibí lo fui grabando en la memoria porque hasta en las apreciaciones más pedestres encontré significados que nunca tuve antes. Hombres, mujeres, niños de todas las edades, de aspectos y actitudes diversas, hicieron el mismo gesto al aproximarse el paso con el Cristo. Y era elevar la cabeza y vista, desde antes de tenerlo delante. La elevación de los ojos, era de espera, hasta alcanzar el rostro de Jesús. Tanto si yo miraba a la izquierda, como a la derecha, aprecié cómo si desde los ojos de los ciudadanos se trazara una línea oblicua ascendente que buscaba llegar al rostro de Jesús, enfocando la visión, hasta que la cercanía hacia el milagro del encuentro porque lo que se encontraba era una conexión espiritual, consciente o inconsciente, de unión y comprensión de lo que fue el drama de la pasión y muerte de Jesús. Donde lo aprecié con mayor intensidad (tal vez por la disposición de los palcos) fue desde la Placeta a la iglesia Concepción. SE PRODUJO COMO “UNA OLA” CUANDO LOS ONUBENSES SE LEVANTABAN SUCESIVAMENTE al aproximarse el paso. Miraban fijamente al Cristo. Levemente me giré en una parada y pude contemplarlo. Fue un auténtico espectáculo que parecía que estuviera preparado. Se levantaban de ambos lados, al unísono, y conforme pasaba se iban sentando sin dejar de mirarlo, enganchados a ÉL. Esto no tiene otro significado más que la dimensión religiosa que todos tenemos, hasta los agnósticos (si no, no sabrían que lo son) que no permite sustraerse a momentos de plasticidad religiosa inigualables. El tiempo pasa, los días discurren. Lo que viví y sentí, lo he dejado pasar para asentar el recuerdo y pudiera salir ordenado porque esta experiencia es digna de ser compartida con las limitaciones que este relato pueda conllevar, pero es una forma de agradecimiento para con esta Hermandad, mi Hermandad, que me ha permitido conocer, muchos más de los que expreso, esta estación de penitencia.
Pero si las vivencias durante el recorrido fueron emotivas, las que contemplé cuando llegué a la iglesia y esperé a la entrada del Jesús y después la llegada de la Virgen, eso fue como si pudiera oír el corazón vibrante de todos los cofrades en su inquietud, en su emoción porque todo había salido bien. Hablaban entre ellos y las lágrimas brotaban a borbotones. Una emoción a la que daban rienda suelta porque lo necesitaban. Yo seguía con el capirote puesto cubriendo mi propia emoción. Cuando entraba el Cristo, las voces de quienes dirigían esa entrada, sonaban fuertes, vivas, a veces como auténticos “quejíos” que velaban para que ni el más mínimo roce se produjera. Esas maniobras unidas a los movimientos milimétricos del paso, obedientes a la voz del capataz erizaba el corazón. La satisfacción y alegría cuando entró ileso y se colocó al fondo de la iglesia esperando la llegada de la Virgen provocó una explosión de abrazos entre los costaleros cofrades y lo penitentes cofrades, las Madres Agustinas, todos los hermanos asistentes. Fue un golpe de respiración y paz mitigando la angustia de quienes llevaron sobre sus hombros a los titulares. Cuando entró la Virgen se repitieron las escenas y en esta ocasión parecía que con Ella dentro, invadió una sensación de alivio enorme. Se congratulaban, unos con otros, por haber terminado el recorrido viendo recompensado el trabajo de todo el año. Un trabajo que por las manifestaciones implica una gran coordinación, seriedad, sentido de hermandad, sentido de cofrades y de unión. Bastaban leves gestos para que las formas fueran irreprochables. Cada uno sabía lo que tenía que hacer. Careciendo de la expresividad de los rostros, cubiertos, bastaba un leve levantamiento de una mano para saber que había que pararse o reanudar el camino. Me faltan palabras para calificar la excelencia que he tenido la ocasión de contemplar. Cuando regresaba para casa comprendía perfectamente que ya se pensara en el próximo Jueves Santo. Yo también.

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