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PRIMERA ESTACIÓN.

Acompaña a tu Dios alma mía, cual vil asesino llevado ante juez, y al autor de la vida contempla, por ti condenado a muerte cruel. Dulce Redentor, para mí era la pena de muerte; ya lloro mis culpas y os pido perdón. Madre afligida, de pena hondo mar, logradnos la gracia de nunca pecar.

SEGUNDA ESTACIÓN.


Con la cruz de mis culpas cargado, exhausto de fuerzas camina tu Dios, y al subir la pendiente le impelen, por fuera sayones, por dentro tu amor. Dulce Redentor, mis pecados tus hombres oprimen; ya lloro…

TERCERA ESTACIÓN.


Con sus alas de nieve los ángeles, pasmados de espanto cubrieron su faz, bajo el tosco y pesado madero, en tierra caído su Dios admirar. Dulce Redentor, por mis hierros caíste en tierra; ya lloro…

CUARTA ESTACIÓN.


Del Calvario subiendo a la cumbre, el reo divino a su Madre encontró, y una espada de filos agudos del Hijo a la Madre hirió el corazón. Dulce Redentor, yo esta herida causé a vuestra Madre; ya lloro…

QUINTA ESTACIÓN.


Porque al monte con vida llegaste, los duros escribas con saña infernal, a Simón Cirineo alquilaron que a Cristo, ayudase la Cruz a llevar. Dulce Redentor, yo también quiero ser Cirineo; ya lloro…

SEXTA ESTACIÓN.


Con ternura y Piedad la Verónica, el rostro sangriento de Cristo enjugó, y entre pliegues de lienzo por premio, grabada la imagen llevó del Señor. Dulce Redentor, en mi pecho grabad vuestra imagen; ya lloro…

SÉPTIMA ESTACIÓN.


Otra vez el Señor de los Cielos, volvió fatigado el polvo a besar, y otra vez los esbirros crueles, con Él descargaron su ira y crueldad. Dulce Redentor, nunca más caeré ya en pecado; ya lloro…

OCTAVA ESTACIÓN.


Vio Jesús unas cuantas mujeres, movidas de lástima lloraban por Él, y les dijo llorad por vosotras, piadosas mujeres por mí no lloréis. Dulce Redentor, vuestras penas taladran mi pecho; ya lloro…

NOVENA ESTACIÓN.


Con sus duras caídas cristiano, las tuyas pretende Jesús resarcir, a tu Dios por tercera vez mira, de polvo y de sangre cubierto por ti. Dulce Redentor, vuestro amor del infierno me libre; ya lloro…

DÉCIMA ESTACIÓN.


Los vestidos con saña quitaron, del monte a la cumbre al paciente Jesús, y por no iluminar tanta afrenta, las puras estrellas negaron su luz. Dulce Redentor, ya no más liviandad e impurezas: ya lloro…

UNDÉCIMA ESTACIÓN.


Alma mía en la Cruz duro lecho, los miembros sagrados entiende tu bien, y con clavos agudos taladran, los viles soldados sus manos y pies. Dulce Redentor, yo esos clavos clavé en vuestros miembros; ya lloro…

DUODÉCIMA ESTACIÓN.


Tiembla el orbe y el sol se oscurece, al ver en un palo expirar a su Dios. Rompe en llanto también tú alma mía, pensando que muere Jesús por tu amor. Dulce Redentor, mis pecados os dieron la muerte; ya lloro…

DECIMOTERCERA ESTACIÓN.


De Jesús al cadáver sagrado, María en sus brazos llorando tomó, y con voz de dolor le decía, que muerte te han dado mi bien y mi amor. Dulce Redentor, respondedle que aquí está el culpable; ya lloro…

DECIMOCUARTA ESTACIÓN.


En un frío y oscuro sepulcro, los restos sagrados guardaronsé ya, triste madre cuán sola te quedas, seré yo el consuelo de tu soledad. Dulce Redentor, yo a la madre privé de su hijo; ya lloro…

Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.
Fuente: (Popular)

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