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La ética de los valores surgió como una alternativa a la subordinación de la moral a la metafísica y a la completa autonomía por esta preconizada por Kant. Sobre esta vía media se ha intentado fundamentar la moral sin pasar por la metafísica.

En principio, los valores serían cualidades objetivas que serían aprendidas a través de los sentimientos intencionales de la misma manera que los actos intelectuales conocen la verdad o los sentidos alcanzan la experiencia de los objetos. Existen los valores de la persona, los valores de cosas valiosas – esto es, los bienes -, lo valores de las vivencias intencionales y los valores sociales, colectivos; por último, tendríamos los valores por sí mismos y los valores por referencia.


Los valores se ordenarían según una jerarquía, a saber:


1º.- Lo agradable y lo desagradable.
2º.- Los valores vitales.
3º.- Los valores espirituales.
4º.- Los valores religiosos.

La realidad de los valores morales – que no tendrían una materia propia - consistiría en la realización del resto de valores, según el orden justo de preferencia. Además, sólo se podría realizar el bien moral siempre y cuando no se convierta dicho bien en el fin de nuestra acción. En síntesis nos encontraríamos con una ética estrictamente formal.

Ahora bien, ¿cómo se actúa en función de un valor moral? ¿Cómo se realiza un valor? Por otro lado, tenemos que los valores no serían más que las esencias platónicas separadas de la realidad, entonces, ¿cómo podríamos ser buenos? Finalmente no se puede olvidar que en cierta medida, toda «valoración» humana es una «subjetivación» con lo que caeríamos paradójicamente en la subjetividad de la teoría de los valores, ya que al fin y a la postre, ¿quién soporta los valores y les da su jerarquía? Como no podía ser de otra forma, al final del camino de la ética de los valores nos damos de bruces con el relativismo.

Precisamente éste es el problema con el que nos encontramos hoy, en nuestro ámbito social. Cada individuo sostiene una escala de valores que hace imposible articular una ética común ya que, al fin y a la postre, no se puede discernir entre unas jerarquías y otras, encontrándose todas al mismo nivel.

En este sentido las palabras de Monseñor Francisco Javier Martínez, en el curso Ética y futuro de la democracia, en la San Pablo – CEU han sido muy acertadas: «Educar en valores es como quitarse de la cocaína con metadona». Hay que «recuperar el concepto de virtud, porque requiere una meta»

Monseñor ha dado en el clavo.


Fundamentar la moral en los valores acaba siendo algo parecido como querer salir del agua tirándose de los pelos.

Hay que reconocerlo la ventaja que tienen los valores morales para el hombre moderno, ya que al ser una ética formal soporta cualquier tipo de contenido, de manera que queda a nuestra disposición el darle un móvil a los deberes específicos de cualquier moral particular.


Como ha explicado magistralmente Monseñor Martínez, se hace una necesaria una vuelta a la virtud – en lo que coincide con el filósofo inglés Alasdair MacIntyre, ¿acaso no es la editorial Nuevo Inicio la que se está encargando de la publicación de varios títulos muy interesantes del anglosajón? -, que tal como la define el Catecismo de la Iglesia es:

1804 Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena. El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien. Las virtudes morales se adquieren mediante las fuerzas humanas. Son los frutos y los gérmenes de los actos moralmente buenos. Disponen todas las potencias del ser humano para armonizarse con el amor divino.

Como enseña Aristóteles, haciendo actos buenos adquirimos la capacidad de ser buenos y por otro lado, realizando actos viciosos nos volvemos malos. Y esto queda grabado en nuestro carácter.


En definitiva, solamente la vuelta a la virtud, nos permitirá la recuperación y regeneración de la deteriorada ecología moral.

Fides et Ratio

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