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Había pasado una mala noche. Ya a su edad había noches en las que el sueño era difícil de alcanzar. La noche se había presentado fría, de viento y llovizna. Resoplaba con tanta fuerza que el susurro perpetuo de la chimenea gritaba por no poder entrar por las ventanas a las que golpeaba. Las gotas caían velozmente sobre las paredes y al comprobar su dureza estallaban en mil sobre los charcos del patio de su casa, esa en la que había pasado toda su vida. Lo mejor había sido dormir pronto, descansar, que el siguiente día era Viernes Santo y había que levantarse con ánimo, o al menos intentarlo. Pero, para Doña Ana, no era el frío ni el dolor de huesos lo que no le había dejado sin pegar ojo en la noche.

Se acordaba de su Cristo de la Salud, al que esperaba todas las madrugadas al final de la Cuesta. Ya hacían varios años que no podía acompañarlo. Recordaba cuando bajaba al Carmen para verlo salir y lo acompañaba hasta el Cerro. Nunca vistió el hábito de nazareno aunque durante años le siguió detrás de su paso entre las sombras y luces de las calles estepeñas. Eran tiempos difíciles y había mucho que pedir y que agradecerle. Cuando la vejez comenzó a darle bocados al reloj de su vida, pensó que lo esperaría al final de su calle, junto a la palmera. Ahí se acercaba del brazo de su hija, en la oscuridad de la noche. Es una noche de silencio y de oración, y así lo esperaba sentada en una silla de enea. No olvidaba recordarle a su hija que echara la rebeca por si se levantaba aire y le traía el fresco de la sierra. Cada vez tenía menos fuerzas para moverse, pero esa noche era especial, su Cristo la esperaba, y ella no podía faltarle.

Pero hace dos noches no pudo ser. Esperaría a que llegara el verano y un día en el que se encontrara bien le pediría a su yerno que la subiera a verlo a San Francisco. Se sentaría, como tantas veces, a su lado y le dejaría su beso antes de volver a casa. Pero Doña Ana sentía que ese año iba a ser diferente. El doctor la visitaba a menudo y aunque de su cabeza alejaba las manías, su cuerpo prefería el reposo, y de vez en cuando darle un susto para recordarle que estaba viva. Por eso pensaba que tal vez no hubiera otra madrugada. Cosas de viejos, decía su hija, que le contaba pocas cosas de las que le decía el médico para que no se preocupara. Pero Doña Ana nunca había sido una crédula, y escuchaba en la mirada de su hija las palabras del matasanos, como ella le decía.

Habría que levantarse y prepararse para pasar el día. Los primeros rayos de luz entraban en su habitación iluminándola. Llamó a su hija, con voz cálida pero firme. A los pocos segundos se acercó a la cabecera de su cama una mujer cincuentona y un joven veinteañero. Bien los conocía ella. Entre los dos consiguieron incorporarla y levantarla. Su hija se encargó de vestirla con el ritual que sólo el verdadero amor puede conseguir, para después bajarla a su salita, donde pasaba la mayoría de los días junto a la ventana. Un geranio tras la reja anunciaba la llegada de la primavera con el color rojizo que enmudecería hasta la sangre. El paso de la gente por su calle la animaba y algunas vecinas se paraban para darle los buenos días y un poco de conversación. A Doña Ana le gustaba hablar con ellas porque les recordaban a sus madres, que habían sido sus amigas cuando salían de jóvenes a tomar el fresco a la plaza del Carmen.

Aquella mañana las vecinas trajeron un rumor que hizo que a Doña Ana le volvieran a brillar los ojos con la ilusión que había recientemente perdido. Y su hija entró en la casa con la nueva noticia, llamando a su madre desde el portal para que se preparara. El Señor vuelve al convento, y en su paso. El cielo se había despejado de las nubes que habían ocultado su color azul y el sol brillaba con fuerza en las tapias de los corralones de la calle. Le pidió a su hija que la vistiera con sus mejoras ropas, aquellas que guardaba y no quería tocar por lo que pudiera pasar en los momentos difíciles que le aguardaban. Cosas de viejos, decía su hija. Agarró con firmeza su bastón y se dirigió a su puerta, pidiéndole a su nieto que le llevara la silla a la esquina. Pero esta vez no tendría que llevarla, le comentaba su nieto, porque su Cristo pasaría por su ventana. Sentada en su puerta, esperaba, con aquellos ojos que mostraban la alegría que su corazón sentía. Intuía la cercanía del paso por el murmullo de la gente. Parece que se acerca, repetía una y otra vez cuando más su mente que su oído escuchaba a la gente hablar. Los ciriales que antecedían el paso del Señor se asomaban a la plaza que hace años era lugar de sacrificio, el Cristo estaría junto a la Inmaculada. La estampa clavada en el corazón de los estepeños, el Cristo delante de la Victoria, ya se había producido. Y Doña Ana esperando junto a la ventana en la que pasaba los días.

Sus vecinos y su pueblo se paraban en su puerta para saludarla. Con buena cara se había levantado hoy y la alegría de la noticia se le notaba. El sol se reflejaba en el dorado del paso, que como un retablo andante se acercaba a la casa de Doña Ana. Los ciriales ceremoniosos pasaron delante de ella y detrás unos atareados monaguillos se afanaban en una enorme columna de incienso que le ocultaba la visión de su Cristo, pero su silueta era inconfundible. Tantos años le había esperado en la Cuesta que este año el Señor le devolvía la visita. Doña Ana se levantó de la silla, y apoyada en su bastón y en el brazo de su nieto, musitaba las oraciones que repetía desde niña con el suave movimiento de sus labios. Sus ojos fijados en las llagas de su Cristo, y su corazón clavado como el clavel carmesí en el monte del Calvario. Y de los labios de Doña Ana salieron las palabras que lo más profundo de su alma le repetía: Quiero volver a verte.


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