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CUENTO DE NAVIDAD

Era la víspera de Nochebuena. El día era muy frío y los aledaños del centro de Madrid eran un ir y venir sin cesar de gentes nerviosas y contentas, que realizaban las compras de última hora.

Aquel hombre llevaba allí mucho tiempo parado, mirando ensimismado el Belén que la tienda cercana a la Plaza Mayor exponía en la vitrina. Un nacimiento precioso. Con sus bonitas figuras todas enteras, se notaba que no las había tocado ningún niño. El Belén llamaba la atención todos los años por lo cuidado de sus detalles: el río hecho de agua verdadera, el castillo de Herodes iluminado, la noria que daba vueltas, los pastorcillos que aserraban el tronco, la iluminación que se encendía y apagaba simulando el día y la noche; Enfín, un Belén que era una pequeña obra de arte.

Y el hombre seguía allí. Parado. Sin hablar con nadie. Contemplando con una mirada perdida el nacimiento. Era alto y vestía humildemente .Su cabello era largo, le caía por los hombros y se agolpaba frente a su cara. Tenía una cara expresiva, que emanaba bondad, y unos ojos azules preciosos y profundos que irradiaban paz y serenidad; Llevaba las manos juntas entrelazadas, con unas marcas extrañas en ambos dorsos, como si se las hubiese herido con algo.

Piluca la dependienta de la tienda se dio cuenta de que algo pasaba. El hombre no se movía de allí. Hacía mucho frío en la calle, y aquel hombre, imperturbable, no dejaba de mirar el escaparate y el Belén; Piluca fué a avisar a Don Ramón, el jefe del comercio, que se encontraba en la trastienda. Cuando le encontró, le dijo: Jefe, ahí fuera hay un señor que lleva viendo el nacimiento desde que abrimos esta mañana, y de eso hace cuatro horas. Don Ramón salió al mostrador y, en efecto, allí seguía el hombre. No era un mendigo, se percató rápidamente. Tampoco parecía violento, ni hablaba, ni quería nada. Sólo miraba embelesado el Belén. Los paseantes que recorrían la calle, ni se percataban de su presencia.

Don Ramón salió a la puerta de la tienda y !leche!, el día era tremendamente frío. El hombre seguía mirando, sin apartar la vista un instante del nacimiento y parecía no sentir lo extremo de la temperatura. Don Ramón le preguntó con curiosidad:

- ¿Qué hay amigo ?, le gusta el Belén.

- Sí , contestó el hombre, me gusta mucho.

- Lleva Vd. bastante tiempo aquí fuera - continuó Don Ramón - porqué no pasa adentro, se toma un caldito y se calienta un poco.

- Gracias amigo - dijo el hombre - se lo agradezco.

El hombre penetró en la tienda junto a Don Ramón. Piluca los observó a los dos y una sensación muy extraña sintió cuando el desconocido cruzó el umbral de la tienda. Piluca esos días andaba preocupada. Su anciana madre no andaba bien y parecía que su estado se había agravado en estas fechas. Piluca cuidaba muy amorosamente a su madre, pero sabía que un día u otro la perdería, eran muchos años y demasiados achaques y luchas.

Don Ramón y el hombre se acomodaron en una mesa pequeña en la trastienda, éste parecía encontrarse muy cómodo. Don Ramón le preparó un caldo caliente y una copa de vino de Jerez. Se los dio. El hombre le dijo:

- Gracias, hoy hace frío y hay muchas personas que como yo, no tienen donde cobijarse.

- Sí amigo - contestó Don Ramón - El Ayuntamiento ha abierto las bocas de metro y los albergues, pero aún así hay hambre y necesidad.

- Si, y poco amor y cariño, dijo el hombre.

Piluca entró en la trastienda y miró fijamente al hombre, éste le sostuvo la mirada, una mirada de gran bondad, a Piluca el detalle la sobrecogió, estaba acostumbrada a observar a la gente que entraba en la tienda y se percató rápidamente que aquél hombre tenía "algo".

Faltaban aún dos horas para cerrar la tienda. El hombre se puso en pie, se arregló sus ropas pausadamente y dijo:

- Me voy, no quiero molestarles más.
- Quédese un rato más, amigo, contestó Don Ramón; añadiendo: Pilar, anda, vete al restaurante de al lado y trae algo para comer.

- No, por favor, dijo el hombre.

- Sí amigo, - prosiguió Don Ramón - hoy vamos a comer todos juntos. Mañana es Nochebuena y este tiempo es de nostalgia. Yo no tengo a nadie y Piluca sólo a su madre que la pobre se encuentra enferma.

- Te lo aseguro, se pondrá bien, ya lo verás, contestó el hombre con una tranquilidad pasmosa.

A los pocos minutos Piluca entró en la tienda nuevamente, con un carrito que en el restaurante donde comía siempre, le proporcionaron. Llevaba en él una paella. También carne, pan y vino y dulces.

- Antes de comer voy a llamar a mi madre, dijo Piluca, voy a ver cómo se encuentra, su pobre corazón está muy delicado, y con la edad que tiene, cualquier día me da un susto.

- Te lo aseguro, tu madre está bien, le contestó el hombre.

En ese instante sonó el teléfono, Piluca se sobresaltó y tomando el auricular oyó la voz de su madre que al otro lado le decía:

- Hija me encuentro mejor. Mucho mejor. Ya no tengo palpitaciones. He salido a la compra y he podido hacer la visita a Jesús "El Pobre". Te voy a preparar una cena de rechupete. No te preocupes por mí, estoy bien. Cariño te quiero.

Cuando Piluca colgó el auricular, una sensación de plenitud que jamás había sentido recorrió su joven cuerpo. La cara del hombre le recordaba a alguien muy familiar... pero no. No podía ser.

Pilar vivía junto a su madre en el corazón del viejo Madrid. Frente a su casa había una Iglesia que guardaba una imagen de un Cristo Nazareno conocida como Jesús "El Pobre", y allí madre e hija iban muchas tardes a rezar juntas, para que El las protegiera y las ayudase. Eran dos mujeres que se encontraban solas.

Pilar - Piluca - bajó un poco el cierre de la tienda y puso la mesa. Los tres se sentaron alrededor de la paella. En ese instante el hombre tomó un pedazo de pan, lo partió y se lo dio a ambos diciendo: Tomad amigos, hoy es un día grande para las personas que tienen paz en el corazón. Piluca y Don Ramón se asombraron profundamente, al observar las marcas que el hombre mostraba en sus manos, pero algo les impedía preguntarle qué le había ocurrido.

Transcurrió la comida apaciblemente; como tres amigos que se conocen de toda la vida. El hombre hablaba pausadamente, con gran sapiencia pero sin presunción ninguna. Parecía un filósofo, un poeta o alguien con una paz interior muy grande. Curiosamente aún no sabían ni Piluca ni Don Ramón cómo se llamaba.

Una vez que hubieron tomado café el hombre se puso en pie, se pasó las manos por sus largos cabellos, de nuevo se arregló sus ropas y dijo:

- Adiós amigos, gracias por todo. Ramón eres un hombre bueno, como tú Pilar. Sois mis amigos. Pilar no te preocupes tu madre está bien, no le pasará nada.

- Volveremos a verte, le preguntaron al unísono Piluca y Don Ramón.

- Si, claro que sí. Seguro.

- Pero, ¿ cómo te llamas ? - le preguntaron -


- Jesús. Me llamo Jesús. les contestó el desconocido, y diciendo esto, se alejó entre el bullicio de la Plaza Mayor, llena de niños y papás que preparaban la Nochebuena.


Esta pequeña historia es un Cuento. Un Cuento de Navidad. El período del año en que normalmente pensamos en comer turrón, y escribir la carta a los Reyes Magos. También deberíamos pensar un poco en los necesitados, en los niños que sufren, en los que están en los Hospitales, en la gente que está sola, en los ancianos.... Hace 2010 años nació el Salvador del Mundo, creo que este hecho es el auténtico espíritu de la Navidad.

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Comentado por Emi(Angel macareno) en diciembre 8, 2010 a 1:16am
Maravilloso, Paco, muy bonito, me ha llegado al corazón. Bs. Emi.
Comentado por mercedes caro lora en diciembre 7, 2010 a 6:52pm
prewcioso cuento de Navidad
Comentado por lasaeta en diciembre 7, 2010 a 3:34pm
Bonito cuento y mejor moraleja. Gracias por publicarlo.

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