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EL CENTURION CONFUNDIDO DE LA CALLE LARGA

 


La ciudad por si misma va dejando que un noble y fabuloso Jueves Santo se le escape de unas manos sensibles y añejas por el paso de los siglos. La metrópoli que ya dejó ir a otros bellos días, no quiere que éste que tiene entre su cobijo se le vaya, pero, en la calle el desconcierto se palpa. El ambiente de seriedad, elegancia, solemnidad se va religando en un ambiente de exaltación y jubilo. Sin dejar a un lado la formalidad. Aquella magnifica tarde brillante y llena de luz desapareció, el precioso color de cielo, casi sin quererlo se va disipando con un azul mucho mas oscuro, ese mismo cielo es el que le empieza a dar la bienvenida a una noche única, una noche como sólo ésta ciudad sabe, una noche con brotes de formalidad, con mucho silencio, con más rectitud aún si cabe, con nazarenos serios, negros de cola y nazarenos de capa con alboroto y color en sus túnicas.

  Por la calle “de la feria”, más conocidos por todos como calle Feria. El último tramo de la cofradía de Montesion termina su estación de penitencia, apagando su cirio y entregándolo con manos que van pasando, en el más puro anonimato; pese a todo sería raro no reconocer las muchísimas tardes de jueves santos que llevan a sus espaldas. La Señora del Rosario comienza su revira mirando casi de frente a su querida Plaza de los Carros mientras su bello, peculiar y recogido manto va encauzando su capilla. Momentáneamente un minúsculo y lejano bullicio se escucha levemente por el lado mas Macareno de la calle Feria, el primer paso; el del Señor de la Sentencia, camina con su característico costero a costero, con su centuria de penachos blancos, y con un compás de tambor inconfundible por cualquier sevillano. Justo después emprenden largas filas de nazarenos antecediendo a una de las grandes y verdes esperanzas de nuestra madrugá..

 Al punto opuesto de la ciudad, donde el puente de Isabel II, “el de Triana”, refleja sus tan conocidos arcos y aros de hierro sobre un Guadalquivir asombrado por el paso de la otra gran Esperanza de la noche.

 Aunque solo sea por una horas, el río se queda en silencio, soñando con volver a verla compartiendo ese silencio con su fiel y bendito barrio. Un mar de gente la compaña en una unión perfecta entre transeúntes y cortejo, distinguiéndose las filas de nazarenos tan solo por sus cirios encendidos.

 Siguiendo entre toda la multitud, todos los cirios encendidos que se distinguían con los nazarenos, ahora dan paso a un río de gorras blancas, identificando a la Banda de las Tres Caidas de Triana, y como no podría ser menos no cesan de interpretar marchas para que la unificación en el acompañamiento al Señor sea magistral. Y aquí, está la estampa que buscamos, aquel que cayo tres veces, caído está frente a nuestros ojos. La ayuda de simón hace que la caída sea algo mas leve. A pesar de todo el dolor, es inevitable el sufrimiento. Al igual que nuestros ojos, los de la mujer y su hija miran con mas intensidad y con más dolor que los nuestros, el Señor que quedó caído, por el peso de la su cruz, se apoya con su mano izquierda e intenta levantarse de ese lamentable desplome. Sus manos permanecen a la misma altura de las pezuñas de un equino montado por un soldado con capa al viento, con sus plumas altas y voluminosas, con una solemne postura y con tanta preciosidad en sus galas que sería imposible no echarle una minúscula ojeada. Pero él también mira. Sus ojos quedan clavados en nuestro Señor, a pesar de tan valiente mirada, no puede verlo, tiene la mente tan en blanco que  no logra saber donde está, ni en que momento, ni como había llegado hasta allí.

 Todo el que se fija en este misterio piensa que él, el centurión, es quien domina y quien manda en esta escena. Sin embargo en el rincón más íntimo de su mente es todo lo contrario. Se siente totalmente temeroso e intenta pensar en cualquier otra cosa sin querer fijarle la mirada. No deja de pensar y de recordar sus inicios, aquellos inicios en los que especulaba con ser la atracción de todos, pensaba en dirigir y dominar toda aquella escena, sin ni la más mínima contemplación y con la mirada más amenazante que el ser más malvado podría tener. Pero no todos los comienzos son como cada uno se piensa y éste pasó de ser, el temido, a ser el que teme, entretanto su interior se queda cada vez más vacío del poderío y descaro que traía, mientras no deja de llenarse de humildad y respeto sobre esta tercera caída que transcurre ante sus propios ojos.

 Su desesperación no se nota ni lo más mínimo, aunque nos quedásemos contemplándolo totalmente perplejos, no percibiríamos ninguna debilidad en este centurión Romano.

 De un solo golpe quedó en segundo plano, él mismo se empezaba a dar cuenta que no era el dominante sino el dominado. El caballo que monta solo quiere desaparecer de esta estampa tan dolorosa, limitando su mirada al horizonte, como si por él  mismo pudiera escapar, de esta fatal circunstancia.

 Ahora en uno de los momentos de más plenitud en la noche, en uno de esos momentos donde el centurión recibe aplausos sin saber porque, sin saber para quien son y sin saber porque son tan colosales, en ese mismo momento comienza a recordar con más alegría y relajación y con más nostalgia si cabe, la situación que tuvieron tanto él como su caballo durante unos años, cuando su posición tenía mucho más recogimiento para ellos.

 Alguien pensó que para mayor claridad el centurión debería de ir detrás, dedicándole su mirada a Simón, obligándole, a coger el peso de la cruz junto a nuestro señor, con una mirada que él sólo recuerda, amenazante y dañina. Aquí seguramente fuese donde tuviera esa última mirada con tan mala intención y desde aquí habría un antes y un después, puesto que estos fueron los pocos años que tuvieron de bonanza tanto él como su caballo, porque no mucho tiempo después volvió a ocupar el lugar que nunca quiso tener, volviendo a mantener un dialogo de miradas con el Señor caído.

 Pronto casi sin darse ni cuenta, el centurión se percata de un brillo del cual no está acostumbrado, ese brillo hace que vea mucho mas claro, lo que tiene ante sus ojos, el dialogo, que parecía que tenía dejo de serlo, porque su bello rostro y su exaltada nobleza, volvió a derrumbar a este centurión casi sin fuerzas para mandarlo a caminar, porque sabe que cada caída lo sufre y le duele tanto como a él. Por eso cada vez que sus plumas vuelven a salpicar a Triana el soldado a caballo se resigna ante su barrio y humildemente y tímidamente le va dando paso al Señor de las Tres Caidas dejando que lo paseen con gran exquisitez por una de las más antiguas, nobles y maltratadas de las damas, nuestra querida ciudad de Sevilla. 

Miguel Angel Rojas 

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