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El proceso ante el Sanedrín, Mt 26:57-68 (Mc 14:53-65; Lc 22:54-65; Jn 18:12-24).

57 Los que prendieron a Jesús le llevaron a casa de Caifás, el pontífice, donde los escribas y ancianos se habían reunido. 58 Pedro le siguió de lejos hasta el palacio del pontífice, y, entrando dentro, se sentó con los servidores para ver en qué paraba aquello. 59 Los príncipes de los sacerdotes y todo el sanedrín buscaban falsos testimonios contra Jesús para condenarle a muerte, 60 pero no los hallaban, aunque se habían presentado muchos falsos testigos. Al fin se presentaron dos, 61 que dijeron: Este ha dicho: Yo puedo destruir el Templo de Dios y en tres días edificarlo. 62 Levantándose el pontífice, le dijo: ¿Nada respondes? ¿Qué dices a lo que éstos testifican contra ti? 63 Pero Jesús callaba, y el pontífice le dijo: Te con-juro por Dios vivo: di si eres tú el Mesías, el Hijo de Dios. 64 Díjole Jesús: Tú lo has dicho. Y yo os digo que un día veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo. 65 Entonces el pontífice rasgó sus vestiduras, diciendo: Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos de más testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece? 66 Ellos respondieron: Reo es de muerte. 67 Entonces comenzaron a escupirle en el rostro y a darle puñetazos, y otros le herían en la cara, 68 diciendo: Profetízanos, Cristo, ¿quién es el que te hirió?

COMENTARIO Y ESTUDIO

Prendido Jesús en Getsemaní, es llevado a casa del pontífice. Juan es el que hace saber que “primeramente” le llevaron a casa de Anas, porque era suegro de Caifás. La razón de esto debe de ser, o una deferencia hacia Anas, que era el que llevaba, por su prestigio e influencia, la política de Israel, hasta el punto que, una vez depuesto el año 15 d.C. por V. Grato, logró situar en el sumo pontificado a cinco hijos, un nieto y a su yerno; o por el deseo que tenía de verlo de cerca, o para poder así asesorar mejor en el caso, si no es que partió de él la iniciativa de perder definitivamente a Jesús. Y “Anas lo remitió atado a Caifás” (Juan).

Mateo-Marcos narran el proceso de Jesús ante el sanedrín en una sesión “nocturna,” mientras que Lucas la pone por la “mañana,” aunque descrita con los mismos caracteres literarios, si bien los primeros aluden a otra condena “matutina.” Luego se verá el problema.

El lugar del palacio de Caifás no está localizado. Sobre él pretenden estar edificadas la iglesia de San Salvador de los Armenios y la de San Pedro in Gallicantu.

Caifás ocupaba el sumo pontificado desde el año 18 al 36 d.C. Nada más se sabe de él por fuentes extrabíblicas. Pero es bien sabido que los sumos sacerdotes solían lograr el cargo a fuerza de oro, de servilismo durando un año.

En casa de Caifás aparece reunido “todo el sanedrín” para condenar a Jesús. Si la frase redonda admite excepciones, indica bien la responsabilidad global de los jefes de la nación que le atribuyen los evangelistas.

El gran sanedrín constaba de tres grupos: “príncipes de los sacerdotes,” que correspondía a los miembros de familias sacerdotales, casi todos saduceos; “escribas,” peritos en la Ley y de gran influjo en el tribunal: generalmente eran fariseos y laicos, aunque también había algunos sacerdotes; y los “ancianos,” que, si en un principio eran tales (Núm 11:16), eran entonces personas especialmente representativas en la sociedad.

Según los escritos rabínicos, el gran Sanedrín constaba de 71 miembros, presididos por el sumo sacerdote. Se sentaban en semicírculo. Dos secretarios se sentaban delante de ellos para recoger por escrito las palabras de los que condenaban o absolvían. Según la costumbre, en los procesos capitales hacían falta por lo menos 23 jueces. Y se exigía para la condena, al menos, dos votos de mayoría .

El proceso de Jesús no puede llamarse tal, pues ya de antemano estaba decretada su muerte, como se ve por los sinópticos de Juan: era sólo la forma cíe apariencia legal para que Pílalo autorizase y ejecutase su sentencia. En la actuación del mismo se ve un cuádruple proceso:

1) Caifás interroga a Jesús sobre su doctrina y sus discípulos. Este pasaje es propio de Juan (18:12-24). Pero parece lo más lógico que haya sido el primer punto del interrogatorio. Ante un proceso dispuesto con engaño, Jesús no responde: los remite a sus oyentes, pues “siempre hablé en público.” Y sobre sus discípulos calla su nombre. Es lo que toda persona de honor haría.

2) Mateo dice: “Los príncipes de los sacerdotes y todo el sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarle a muerte.” Probablemente se trata de una frase mal redactada. Lo que buscaban eran testigos de cuyas aportaciones pudiesen sacar motivos jurídicos de condena contra Jesús.

Se presentaron “muchos falsos testigos.” Si ellos hubiesen buscado falsos testigos con venalidad abierta, los hubiesen adiestrado a través de sus agentes, los testimonios que buscaban se hubiesen inventado y concordado.

Por último, aparecieron dos. Las diferencias redaccionales de Mateo-Marcos no afectan a la sustancia. La frase alude al momento en que la autoridad le pregunta con qué poder expulsó a los mercaderes del templo: sin embargo, El les remite a que destruyan “este templo” y El lo “levantará en tres días,” aludiendo a su resurrección. Por eso, no ha de pensarse en una deformación de la misma, hecha con mala voluntad, por estos testigos. Pero la frase corrió, pues se la arrojaron los fariseos cuando está en la cruz, y se cita en el proceso de San Esteban (Hech 6:14).

Pero, aunque fueron dos los testigos, como exigía la Ley, y lo sabían, no de referencia, sino por haberlo oído ellos mismos, no valía Su testimonio. Pues “ni aun así era concorde su testimonio.” El que en el templo, por celo, había expulsado a los mercaderes profanadores, no podía pensar ahora en destruirlo. Pero, aparte de esto, según los rabinos, para que el testimonio tuviese validez tenía que haber una coincidencia casi matemática entre los testigos. Y allí algo falló que dio invalidez a este testimonio tan deseado.

3) Al ver que todo fallaba y que aquella oportunidad no podía perderse, Caifás se levantó “en medio” de la asamblea, para interrogar a Jesús. Que responda algo a todas aquellas testificaciones que se hacían contra Él. Pero, si las pruebas alegadas se habían desestimado por inválidas, ¿qué se buscaba del reo al volver a revisar sus falsas acusaciones? Caifás busca en sus respuestas algo que permitiese condenar jurídicamente a Jesús. Intento que, jurídicamente, era deplorable. Pues en la Costumbre se reconoce inválida toda acusación basada en la acusación del reo.

Pero Jesús boicoteó estos planes con el silencio de su dignidad: “Jesús callaba.” Este silencio evoca el “no abrir la boca” del “Siervo de Yahvé” (Is c.53) en su perspectiva de pasión y muerte.

4) En vista de que toda esta estrategia fallaba, Caifás apeló a la conjuración a Jesús. En los procesos jurídicos, la “conjuración” con determinadas fórmulas obligaba. Y así Caifás apeló a ella. Y con solemnidad pontifical le dijo: “Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Jesús” el Hijo de Dios”.

Marcos pone la variante, en lugar de Hijo de Dios, “el Hijo del Bendito,” circunloquio para no pronunciar el nombre de Dios, que refleja la fórmula primitiva, y que, sin duda, Mateo sustituyó ya por “el Hijo de Dios” a causa de sus lectores.

¿Qué es lo que pretende preguntar Caifás a Jesús? Que con la primera expresión se le pregunta si es el Mesías, es evidente. Pero la segunda expresión, ¿es sinónima de la primera o se pregunta por la divinidad de Jesús? No que Caifás pueda ni pensarlo, pero podría hacerlo sea porque Caifás había oído que él lo decía, o que se decía de él, o, supuesto lo anterior, hace la pregunta con dolo (Juan 11:50), para que él lo afirmase y condenarle.

En absoluto, la segunda frase podría ser sinónima de la primera. Sin embargo, en la literatura apócrifa la expresión “Hijo de Dios” era fórmula en la que se expresaba la naturaleza sobre humana, trascendente, del Mesías, como se ve en los apócrifos libros de Henoc y IV de Esdras y la pregunta de Jesús sobre el Mesías hijo de David (Mateo 22:ll ss; par.).

Por otra parte, el presentarse como Mesías no era delito. Esto mismo se confirma con la embajada que el sanedrín le envía al Bautista a preguntarle si él es el Mesías (Juan 1:20-25).

Además, si la segunda frase “Hijo de Dios” o “Hijo del Bendito” fuese sinónima de la primera, “el Jesús,” más que un pleonasmo, (palabras innecesarias) resultaría una tautología.(repetición del mismo pensamiento) Pues Caifás le preguntaría: “¿Eres tú el Jesús, el Mesías? Sobre esto, cf. Comentario a Mateo 16:16.

Si sólo querían condenarle a muerte, les bastaba presentarlo a Pilato como un seudo Mesías, provocador de revueltas, que se decía el Mesías rey, y, por el, era competidor de Tiberio. Que son las acusaciones fundamentales que le harán a Pilato, hasta hacerle ver que si no lo castiga “no es amigo del Cesar,” por ser su competidor. Pero al sanedrín le interesaba además deshonrarlo en su misión y doctrina — tan distinta y nueva — ante su exégesis farisaica, y para ello tenerlo por “blasfemo.” La acusación que se hace en los evangelios, aparte de los hechos, se hace sumamente verosímil.

Jesús, ante la “conjuración” de Caifás por Dios, responde. Y su declaración es la confesión no sólo de su mesianismo, sino de su divinidad. Los elementos de que consta son los siguientes:

“Un día,” que Lucas precisa que es ya “desde ahora,”

“Veréis” vosotros, los sanedritas. El verbo usado no exige visión ocular; puede significar tan sólo una percepción intelectual. Los mismos sanedritas serán testigos de cumplimiento de este anuncio.

Al “Hijo del hombre.” La frase depende de Daniel. De suyo, en el texto tenía un sentido colectivo, pero “era interpretado por la antigua sinagoga como dicho, no del “pueblo de los santos,” sino como dicho sólo del Mesías.” La evolución de esta profecía había llegado a considerar al Mesías con un valor sobrehumano. Así se ve en los libros apócrifos de Henoc y IV de Esdras. Aunque esta posición era considerada herética por el judaísmo ortodoxo, era una realidad existente en aquel medio ambiente (Mateo 22:41ss; par.).

“Venir” Tampoco este verbo exige una venida y presencia física de Jesús. Puede indicar una presencia moral.

“Sentado a la diestra del Poder”. La expresión “sentado a la diestra” indica majestad. “Estar a la diestra de alguien” puede tener valoración distinta, yendo desde el simple honor hasta encontrarse situado en el mismo rango de la divinidad (Act 7:56; Ef 1:20; Heb 1:13, etc.; cf. Libro de Henoc 62:3; 11:13).

“Potencia” (aram. Geburtha') es un circunloquio por el nombre de Dios (Lucas 22:69).

“Sobre las nubes del cielo” (Mateo) o “con las nubes.” (Marcos). Es otra expresión tomada de Daniel (7:13). Las nubes son otro elemento clásico apocalíptico, con el que se expresa la grandeza sobrehumana y el dominio cósmico de aquel que domina sobre ellas.

Con estos elementos, Jesús se presenta como Mesías, no sólo humano, sino divino.

Podría desorientar, en una primera lectura, que los elementos de donde está tomada esta descripción (Sal 110:1; Dan 7:13ss) están tomados, en su sentido literal histórico, de la entronización del Mesías hombre (salmo), y con un valor colectivo la expresión Hijo del hombre (Daniel).

Pero lo que interesa saber es el sentido en que Jesús utiliza estas expresiones. Y ya se ha visto cómo la profecía de Daniel había sufrido una evolución en la que el Hijo del hombre pasó de un sentido colectivo a un sentido personal; y de una personificación mesiánica a un mesianismo trascendente: a un Mesías venido del cielo. Sublimación de divinización que aparece, como corriente judía, en el Libro de Henoc.

Por eso, en el contexto, esta respuesta de Jesús es proclamación de su mesianismo divino. A ello llevan las razones siguientes:

1) Caifás dice que Jesús, con ello, ha “blasfemado.” Pero aquí no pronuncia el nombre de Dios (Marcos), ni el presentarse como Mesías era blasfemia estricta. Es verdad que el concepto de blasfemia había evolucionado hasta cobrar mayor amplitud. Pero el contexto ha de decidir. Pues este concepto de blasfemia por presentarse como Dios se explica perfectamente.

2) En los Hechos de los Apóstoles se lapida a San Esteban por “blasfemar,” por decir que veía el cielo y “al Hijo del hombre de pie a la diestra de Dios” (Hech. 6:7-11; 7:55:59). Ven blasfemia en decir que Jesús comparte el poder divino, que está en la esfera de la divinidad. Que es conceptualmente la descripción que hace Jesús ante Caifás.

3) El salmo 110:1, “siéntate a mi diestra,” aquí usado, supone aquí esta interpretación. Precisamente basándose en este pasaje, Jesús, días antes, les había presentado una objeción de cómo podía David llamar Señor a su descendiente, con lo que les apuntaba su origen trascendente (Mateo 22:41-45, par.).

4) Ante el sanedrín no podían ser ajenas las enseñanzas de Jesús, hechas en diversas ocasiones, en las que se presentaba con un origen divino, y que San Juan sintetiza diciendo que los judíos querían lapidarlo “por blasfemia, porque tú, siendo hombre, te haces Dios” (Juan 10:33). Y en otro pasaje se lee: “Por esto los judíos buscaban con más ahínco matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que decía a Dios su propio padre, haciéndose igual a Dios” (Juan 5:18). Por eso, la respuesta de Jesús a Caifás tuvo que ser valorada en este ambiente, que ellos tenían que conocer.

5) El pasaje de Lucas en el proceso “matutino” lleva a esto. Le preguntan que diga abiertamente si El es el Mesías. Responde diciendo que “desde ahora el Hijo se sentará a la derecha del poder de Dios.” A lo que, espantados al ver que se sitúa en la misma esfera divina, le preguntan: “¿Entonces eres tú el Hijo de Dios?” A lo que respondió afirmativamente (Lucas 22:67-70).

6) La confesión de su divinidad es la acusación última que aparece hecha por los sanedritas a Pilato contra Jesús, una vez fallado el simple intento de presentarlo como Mesías, rey competidor y enemigo de la dominación romana (Juan 19:7-12).

Por eso, de las consideraciones hechas, Caifás interroga a Jesús si es el Hijo de Dios, y Jesús en su respuesta lo afirma con la descripción tan calculada que se hace.

Al llegar aquí, Caifás y el Sanedrín le condenan. Caifás manifestó al Sanedrín que ellos eran testigos de la “blasfemia.”

Mateo-Marcos destacan un rasgo que era obligación en todos, máxime en el pontífice. Al oír una blasfemia habían de rasgarse las vestiduras. La casuística rabínica llegó a legislar por dónde se debía comenzar a rasgarlas y la medida de estos desgarros. Es lo que aquí reflejan Mateo-Marcos.

Y lo condenaron a muerte: “Reo es de muerte.” En los juicios, al terminar la acusación, el presidente decía a los asesores: “Que cada uno exponga su consejo.” Y ellos respondían en los procesos de pena capital: “Que viva” o “que muera”. La expresión redonda con que “todos” lo condenaron, admite, naturalmente, restricciones (Lucas 23:51), a no ser que estuviesen allí sólo los enemigos de Jesús.

Escena de injurias.

Hecha la condena, sucede una escena de injurias contra Jesús. Lo relatan los tres sinópticos. Mateo introduce la escena con su ligadura de “entonces,” que, de suyo, no indica una contigüidad inmediata. Pero la naturaleza de las cosas exige que fuese a continuación o con una contigüidad muy próxima. Mateo, desdibujadamente, dice que comenzaron a injuriarle. ¿Quiénes? Lucas, que los que “le tenían preso.” Marcos establece una distinción de interés entre “criados” y otros que llama “algunos”. Era un acto de servilismo brutalmente ofensivo.

Según Mateo, estas ofensas fueron:

“Le abofetearon”, que significa pegar con los puños cerrados.


“Le golpearon”. Este término lo mismo significa pegar con la mano abierta que con un bastón 62. Su comparación con la injuria anterior postula esto último.

“Le escupieron en el rostro.” Aparte del sentido de desprecio y repugnancia física, era considerado por la Ley como una injuria gravísima (Núm 12:14; Dt 25:9). Es muy probable que Mateo-Marcos, por la coincidencia de estas expresiones con el pasaje del Siervo de Yahvé, de Isaías (50:6), estén aludiendo intencionadamente al cumplimiento en Jesús de esta profecía.

Y mientras le hacían todo esto, con los ojos vendados (Marcos-Lucas), le preguntaban, irónicamente, que les dijese, que les “profetizase,” como falso Mesías, quién era el que le había pegado.

Posiblemente fuese sugerido esto por un juego de niños llamado, que, tapando los ojos y dándole golpes, se le preguntaba con cuál de las manos había sido golpeado. Acaso pudiera haber influido también su declaración de ser el Mesías, ante el sanedrín, sobre todo si eran siervos judíos, ya que flotaba en el medio ambiente que el Mesías, sin hacer uso de ojos ni oídos, podría, por sólo el olfato, conocer lo justo y lo injusto. Y así, al que se proclamaba Mesías, se le pedía, irónicamente y por adulación servil, que lo mostrase con los hechos. También se ha propuesto, basándose en Qumrán, que se esperaban dos Mesías, uno real y otro sacerdotal. Este era profeta. Y a este Mesías y a este concepto aludiría el pedirle que “profetizase”.

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