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Esta leve llovizna, en este amanecer donde la ilusión va colmando estancias y salones, nos transporta ya en el tiempo. Hay un deje de melancolía recorriendo el viejo barrio donde comienza a desempolvarse ya otro época de ventura, un hálito de añoranza, una trémula sensación de melancolía, por lo que se va y por lo que ya comienza a adivinarse. Es la cenicienta luz de este día la que nos anuncia, con anticipación a la memoria, no histórica sino sentimental, que la Epifanía del Señor tiene sede y cobijo en el leño de una cruz que se conforma en una cuna que acoge y refugia su divino cuerpo, en las manos que la abrazan y Lo abrazan, que la asimilan al amor de la Madre y al linaje de la casa de David, hecho mármol y retablo dorado en una Basílica.

Hay un clamor de campanas, en los altos cuerpos de la estilada doncella que vigila y corana los ábsides de la Catedral, que nos vienen a recordar la Adoración de los reyes terrenales al Rey Divino, que se entroniza en la humildad y en la servidumbre, que se presenta con los rasgos del Hombre que se entrega al holocausto del hombre para su salvación. No hay motivos ni causas ni razones, sólo origen y principio en la comprensión de lo que nos muestran y celebramos, ese fin que es principio de todo y que todo abarca para ajustarlo a la fe, a la creencia invulnerable e intangible que nos fue transmitida, figurada e  inscrita en el Rostro que nos contempla desde su dominio de privilegio.

No hay hoy fiesta del dolor, aunque sí contrición e intimidad; sí golpes de alma para el arrepentimiento. Hoy se funden aromáticos inciensos que pregonan la grandeza del Señor, bocanadas de resinas endulzadas que acceden e inundan con las lisonjas retenidas en los incensarios a la plaza de San Lorenzo como hálitos de las salmodias que se proclaman en el interior del templo, oraciones prendidas en la herencia recibida que proclaman la magnificencia del Hijo de Dios, del Único que aun recién nacido es proclamado Rey de Reyes, reverenciado por sumisos monarcas, que se presenta a sus pies a entregar sus mejores dádivas.

Hoy como ayer, vida de siglos contemplando la piadosa acción, el Señor es agasajado por sus súbditos, por devotos que presentan sus ofrendas envueltas en oraciones, en súplicas. Son los que Le rinden pleitesía de amor, de devoción porque reconocen en sus manos los favores a sus madres, las gracias concedidas a sus padres, porque advierten el recogimiento y la fe entregada y recogida en su mirada, porque siente la fuerza que transmite su decida zancada hacia la Verdad.

Volverá a llenarse el templo para ver la entrega del mismo Dios. Para compensar las carencias humanas se nos mostrara repleto de fuerza. Bastará elevar la mirada y, si somos capaces de soportar la suya, encontrar el camino de la salvación. En este onírico intercambio se muestra la Omnipresencia del Padre, la concreción de que todo lo universal se ampara en la forma de atraer –no sólo de asir y portar- la Cruz hacia Él para limpiar nuestra conciencia y encontrar la verdadera salvación.

Hoy la Iglesia celebra la gran fiesta de la Epifanía del Señor. En San Lorenzo el Gran Poder se nos muestra como amparo y refugio donde reposar  tras el durar bregar.

 

 

Publicado el día 6 de enero en http://lasevillanuestra.over-blog.es/

 

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