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“El modo de carga que existió en Estepa desde antiguo es el denominado a horquilla o tranquilla y que hoy vemos por ejemplo en la hermandad de Las Angustias o en la urna del Santo Entierro. Las antiguas andas eran de reducidas dimensiones, incluso algunas de ellas fueron portadas por sólo cuatro personas. El baraje de la carga sobre la cerviz con manta o costal es escaso en nuestro pueblo (en torno a sesenta años), no teniendo como fuentes documentales más que algunos cuadrantes, recibos de tesorería sobre el cobro de los costaleros o el valiosísimo testimonio de los que tuvieron la suerte de vivir aquellos años. Al ser el anecdotario popular tan extenso sólo destacaré las notas que a mi juicio son más significativas o representativas del exordio del costalero estepeño.

No será hasta 1949 cuando llegue el primer paso de costalero de estilo sevillano, calzaba 24 hombres y sería para El Cristo de la Hermandad de Paz y Caridad. Esta adquisición se realizó a instancias del recordado cofrade y capataz estepeño. D. Juan Durán Martínez (q.e.p.d.) que conocía la forma de carga sevillana por sus contactos en la capital. El primer capataz de esas andas fue Manolo Solano, un auxiliar de su homónimo sevillano Rafael Franco Rojas. Venía ayudado por un segundo apodado “Pepillo Cofradías” y estos señores prestarían sus servicios a la hermandad durante dos o tres años, hasta que Juan Durán adquirió la destreza necesaria para quedarse como capataz titular. En la década de los cincuenta se asentaría este estilo de carga adquiriendo las Hermandades pasos parecidos a los del Santo Cristo, empezando también a procesionar con costaleros los pasos de palio. En la actualidad podemos contemplar dos pasos de esa época, el que compró el Dulce Nombre, que hoy procesiona el Sábado Santo con el Cristo de la Buena Muerte de la Hermandad del Santo Entierro y el de Nuestro Padre Jesús Nazareno adquirido en 1954 y que vemos cada Viernes Santo.

Los costaleros se dedicaban en su mayoría a las labores agrícolas y de la construcción y se le pagaba su trabajo normalmente a razón de cómo estuviese el jornal del campo. Siempre se conocieron en los pasos, sobre todo en los de Jesús y el Cristo, al costalero de “manda”, que era el que iba sin cobrar por promesa a la imagen de su devoción. No tuvieron exentas las Hermandades estepeñas de motines de costaleros como consecuencia de sus pretensiones salariales. La más célebre fue la ocurrida un Jueves Santo de finales de los sesenta en la Cofradía de Paz y Caridad donde los costaleros pidieron un aumento de salario minutos antes de ponerse en la calle la procesión bajo amenaza de irse y dejar la cofradía en la Iglesia, no teniendo más remedio que aceptar su propuesta los miembros de la Junta ante la inminente salida de la cofradía. En el siguiente cuadro podemos ver resumidamente lo que cobraba un costalero en los años sesenta y setenta:

-1960: paso del Santo Cristo: 110 ptas.
-1960: paso de la Esperanza: 115 ptas.
-1971: paso del Santo Cristo: 450 ptas.
-1971: paso de la Esperanza: 500 ptas.
-1975: paso Ntro. Padre Jesús: 1.700 ptas.
-1975: paso de Los Dolores: 1.700 ptas.
-1977: paso del Santo Cristo: 2.700 ptas.
-1977: paso de la Esperanza: 2.700 ptas.

Destacaremos del anterior gráfico como el costalero del paso de la Esperanza cobraba más que el del Cristo y es que este palio era más trabajoso o “leñero” que el primero. A partir de 1974 que se estrenó el actual paso de misterio se equipararon los salarios en esta Hermandad. En torno a 1980 se dejó de pagar a los costaleros en Estepa cobrándose unas 2.800 ptas. que equivalía al doble del jornal del campo. La primera hermandad que llevó sus dos pasos con hermanos o personal no asalariado fue la de San Pedro Apóstol.

Los contraguías, miembros fundamentales del equipo de capataces, siempre cobraron unas pesetas más que el costalero debido a su consideración de personal cualificado. Igual tratamiento obtuvo el costalero de la trasera que contestaba al capataz, el tradicional “vocero”, recompensado con una gratificación por esta labor. Una faena que siempre fue remunerada con una pequeña entrega extra era el tradicional traslado o “mudá” que en los días previos a la Semana Santa y posteriores a la misma se hacían con las andas desde los almacenes a sus iglesias y viceversa. Especialmente fatigosas fueron las de las Hermandades de los Remedios que durante tres décadas guardaron sus pasos en la Iglesia de Santa María, como sabemos ubicada en la cima del Cerro de San Cristóbal.

Respeto a las remuneraciones en especie que recibía el costalero, destacaré una norma común en todas las hermandades que era el regalar a estos el calzado para la estación de penitencia, costumbre ya prácticamente desarraigada. También resaltaré las famosas comidas de costaleros de antaño. En un principio constaban de un pequeño ágape el día de la salida en algún bar cercano a la iglesia, como el bar Ferrete en la calle Roya o Casa Pico en los Mesones para intercambiar impresiones horas antes de la salida. Ya en los años setenta se harías estas comidas con posterioridad a la Semana Santa y en el campo, en el cortijo de algún hermano o allegado a la Hermandad, conociéndose las mismas como “giras”.

Hice referencia anteriormente a los traslados que se hacían desde los almacenes a las iglesias en vísperas de Semana Santa, pues a parte de suponer un pequeño incremento para el bolsillo del costalero, también era el único ensayo de estas cuadrillas primigenias. Durante los años cincuenta, sesenta y parte de los setenta los costaleros del año anterior eran citados para llevar el paso a la iglesia y así tener una primera toma de contacto, seguidamente eran citados el mismo día de la salida por la mañana para igualar y completar el paso con los nuevos que presentaban o con los que ya había seleccionado el capataz días antes por su propia cuenta. Famosas fueran las “igualas” en esos años de Nuestro Padre Jesús el Viernes Santo por la mañana, se hacían en la plaza de Abastos, y allí se presentaban más de cien hombres para pedir trabajo, reclutando de esos aspirantes peones suficientes para completar el paso de la Virgen de los Dolores, con la promesa de que al siguiente año serían costaleros del Señor de Estepa.

Indudablemente el costalero estepeño tiene en el capital Sevillana el referente en la cátedra del martillo, el costal y la trabajadora. Estepa, haciendo gala de un profundo amor y devoción a su Semana Santa, a forjado con el paso de los años una estructura sólida y organizada del mundo de abajo que muy poco dista ya del orbe sevillano. Por lo tanto debemos estar orgullosos de que la semilla plantada en tiempos pretéritos ha crecido con el paso de los años gracias al derroche del buen hacer de generaciones afianzadas en su devoción y afición al mundo del costal, desembocando esta mezcla de sentimientos sentidos y con sentido en el maravilloso andar de los pasos en los días santos del pueblo. Sin embargo, a pesar de gozar actualmente los cuadrantes estepeños de un buen momento, no vislumbramos (al menos a corto plazo) un futuro prometedor para estos, al percibirse cada vez más la ausencia de un elemento tan primordial en las igualas de nuestras hermandades como es el joven cofrade, único ser capaz de perpetuar una tradición de hombres comprometidos como costaleros de Dios y de su Santísima Madre.”

Artículo realizado por D. Rafael Pérez Matas.

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