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El escrito que sigue surgió el pasado Lunes Santo, por la decisión de San Gonzalo de no realizar estación de penitencia a la Catedral.

Por la ventana, abierta de par en par para que la brisa mañanera y el frescor del alba logren entrar en casa, puedo ver un tímido rayo de sol que se cuela entre las nubes, esas nubes que el hombre del tiempo dijo que iban a traer agua. Pero es imposible pensar que el olor suave, elegante, casi imperceptible del azahar, que más que olerse se siente sin ser consciente de que es un aroma y no un sentimiento, se inhiba para dejar su lugar al olor de la tierra mojada. Me niego a creer que las nubes tiñan de gris un cielo que hace unos minutos era totalmente azul, que impidan al sol lanzar su luz sobre mí, que oscurezcan el verde vivo de los naranjos, desluciendo un día que tantas personas llevan un año esperando.

Quiero que hoy mi barrio sea una fiesta, llena de luz y color. Una fiesta de blanco azahar que se ve y se huele, una fiesta de olor a torrijas y sabor a miel, una fiesta de acalorados aplausos, de saetas y tambores, una fiesta, al fin y al cabo, que estimule nuestros sentidos.

Quiero volver a ver este año el alma de un amigo a través de los ojos de un nazareno, que fija su mirada en mí, sonriente, mientras alarga su mano ofreciéndome un caramelo y me susurra su nombre, por si aún no le había reconocido.

Quiero vivir el bullicio de los niños y el silencio de los adultos, únicamente roto por las notas que salen de las cornetas, trompetas, trombones y clarinetes, y por el rachear de unos pies que soportan gustosos el peso de una enorme obra de arte.

Quiero ver una madera hecha piel y un metal y unas telas hechos hogar, una familia que, por un día, está de acuerdo y la ilusión de unos pequeños que aún no entienden, pero sienten.

Hoy es un día de recuerdos de mi niñez. Cada año revivo la alegría de esa niña que estaba feliz porque venían a su casa todos sus primos para salir a la calle y ver la Cofradía del barrio en la puerta de la casa de mi tía Salud, precisamente la advocación de la Virgen del barrio, y a la que, sin ser creyente, recé el año pasado pidiéndole precisamente eso, salud para mi tía Pilar, queriendo creer que eran posibles los milagros. Ella nos dejó, no ocurrió el milagro que mi madre, mis hermanas y yo suplicábamos aquel Lunes Santo, delante de la Virgen de nuestro barrio. Aún así, los recuerdos que me evoca ese día son alegres y año tras año están presentes los que faltan y, sobre todo, cada vez hay más niños en la familia, disfrutando como lo hacíamos nosotros.

Personalmente, tengo muchísimas dudas con respecto a la existencia o no de Dios, soy muy crítica con todo lo que tenga que ver con la Iglesia como institución, de hecho, hace muchísimos años que no comulgo, porque no siento como mía la doctrina que se nos intenta inculcar. Sin embargo, en días como hoy no puedo ver los defectos, pues no pienso, sino siento: veo, huelo, paladeo, palpo, escucho, y todo es bello. Es la magia del ser humano, capaz de hacer arte de lo cotidiano, de convertir el sufrimiento en alegría, de transformar lo inerte en vida.

Habrá quien piense que las procesiones de Semana Santa no son más que un fastidio que colapsa la ciudad, pero la ciudad también se colapsa por las obras urbanísticas, o por una mala planificación del carril-bici que, en esencia, es una buena idea, pero de facto es un fastidio que disminuye plazas de aparcamiento, carriles para la circulación e, incluso, tramos de acera para los peatones. La Semana Santa dificulta la circulación durante una semana, pero la mala planificación urbanística y el carril-bici lo harán durante años.

También habrá quien piense que es incoherente separar la Semana Santa del fenómeno religioso. Si bien es cierto que hacer procesionar pasajes de la Biblia para acercarla a la clase baja e ignorante del siglo XVI fue una idea nacida de la Iglesia católica para evangelizar a las masas y recuperar los feligreses que iban perdiendo por la aparición de la rama protestante, también es cierto que hoy en día no es necesaria (o, al menos, no es operativa) la función evangelizadora para la que nació. Ahora ha quedado en una expresión de cultura popular, un patrimonio del ser humano que tiene la potestad de interpretarlo y de darle el valor que cada uno estime oportuno. En mi caso, el valor que tienen las procesiones de Semana Santa es un valor artístico y cultural, de manera que para mí no tiene nada que ver con lo religioso. Me consta que para muchas otras personas sus creencias religiosas son el motor principal de su experiencia cofrade, lo cual me parece totalmente respetable, aunque en mi caso el sentimiento asociado a las Cofradías viene de las vivencias y no de las creencias.

Se nubló todo y la lluvia se presentó en mi casa. No la había invitado, pero vino y lo trastocó todo, incluso mi palabra, pues lo que iba a ser una descripción alegre de una vivencia propia se ha convertido en un deseo vano y una amarga realidad. Amarga no por mí, que al fin y al cabo vivo esta procesión como cualquier otra vecina del barrio, sino por esos miles de hermanos de San Gonzalo que llevan todo el año trabajando para este día, por los chiquillos que esperaban hacer su primera estación de penitencia, por los nazarenos y costaleros que veo llorar a lágrima viva mientras se abrazan entre ellos compartiendo su desilusión y, por qué no decirlo, su dolor. Porque duele.

Mi barrio es el barrio del color, de la luz, del aroma a azahar. Aún hoy, cuando vengo de Sevilla y de Triana y regreso al hogar, en cuanto llego al mercado de San Gonzalo y me adentro en sus calles blancas y verdes, de naranjos y azahar, me invade una sensación de paz y felicidad. Tras la vorágine de la vida diaria poner un pie en mi barrio, respirar profundamente y llenarme de su vida, de su olor, me carga de energía. Espero que salga un rayito de sol que le devuelva el color.

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Comentado por ANGEL TRIANERO en junio 21, 2010 a 11:47am
Me ha encantado tu forma de describir como vive el barrio su gran día,en cuanto a lo demás,el hecho de que tengas muchas dudas sobre la existencia de Dios o que no asocies la Semana Santa a un sentimiento religioso me parece muy respetable,cada uno vive esto a su manera y somos muy libres de creer o no,eso no nos convierte en mejores o peores Cofrades,yo vivo la Semana Santa todo el año,asisto a infinidad de eventos....sin embargo,ni soy de misa diaria,ni de Domingo y hace mucho que no comulgo,cada uno que piense lo que quiera de esto,me considero cristiano,creyente y cofrade.
Precioso blog,muchas gracias por compartirlo Raquél.Un beso.
Comentado por Raquel Iglesias en junio 21, 2010 a 10:07am
Será fe, entonces...
Gracias por cometar la entrada, guapa ;)
Comentado por Ana Maria Sánchez San Román en junio 21, 2010 a 12:53am
Olé, olé y olé... las vivencias en la fé son las que hacen de tu vida una existencia... aunque sólo veas obras de arte en las calles, tu fé es la hace que sean grandes, es la origina ésos sentimientos y la despierta tus sentidos, tu fé es la que las huele, la que las siente, la que les reza, la que te lleva hasta ellas una y mil veces para pedirles lo que no encuentras...y aunque creas que te ignoren, amiga mía, nunca lo hacen, pero eso sí...tú eres la única persona que puedes alimentarlas ya sea con vivencias, con sentimientos, con años vividos en el seno de tu hermandad...que aunque le quieras poner otro nombre...éso, mi gran amiga, éso es la fé....un besazo desde Triana...

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