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Recuerdos de mi primera estación de penitencia

 

Fue  en los primeros años de la década de los noventa.  Yo llevaba varios años compartiendo mis Semanas Santas con mi amigo Juan  Antonio. Tardes  y madrugás de bullas, metiéndonos donde nadie se mete: San Bernardo en la estrechez de Fabiola,  la recogida de Pasión,  y otros sitios únicos,  ya desaparecidos por  las decisiones de las hermandades que en cabildo cambian los itinerarios, como el Baratillo, que con el cambio se perdieron esas saetas de Pedro Manuel, en el bar El rey de los caracoles en la calle Santas Patronas, al paso de las imágenes de la cofradía (actualmente  el Baratillo va por Pastor y Landero hasta Reyes Católicos. Antes “cogía” por Galera y Santas Patronas antes de enfilar hacia San Pablo), Santa Cruz en la Plaza de la Alianza (este año he leído que también cambia, y pasará por allí, pero de recogida).

Fue entonces, después de todos esos años de vivencias compartidas cuando me invitó a formar parte de su cofradía. La cofradía en la que su padre le apuntó  al nacer, la Amargura.  Su padre,  Juan, que pasó casi toda su vida vendiendo zapatos en la Magdalena,  al lado de Osorio, es de las personas más  buenas que he conocido.

Actualmente es el nazareno de más edad de Sevilla. A sus 89, este año, pretende volver a salir en la manigueta trasera de la Virgen, aún teniendo la antigüedad para ir delante, porque dice que él es poco para ir delante de la Señora.

Al año siguiente de mi entrada en la Hermandad, compré mi túnica y mi capirote, y el Domingo de Ramos a primera hora de la tarde, estaba vistiéndome con mis Hermanos en la Amargura, en su humilde piso en el Arenal. “A ver, que llevas el escudo mal cosido, es un poco más arriba”…  “Juan Antonio, llégate a la tienda de abajo y compra  unos caramelos “pectolines” que la estación se hace larga y hay que tomar alguna cosa de manera discreta”…

Descalzos que íbamos los tres entonces, salimos desde el Arenal hasta San Juan de la Palma. Había que atravesar bullas, la Carrera… No era fácil llegar, con inevitables tropezones, pisotones,  hasta que la reja de la calle Feria se nos mostraba abierta y allí enseñaba  yo mi primera papeleta de sitio para entrar en un templo lleno de nazarenos descubiertos (todavía no salían las nazarenas) buscando su lugar en las listas de la cofradía. El mío era fácil de localizar. Apenas llevaba tres parejas  ante mí desde la Cruz de Guía.

Allí me dieron el cirio y prácticamente esperé detrás de la puerta a que llegara la hora. Sólo cuando se abrieron, empecé a entender eso de “Toma tu Cruz y sígueme”. Por un lado la gente en la calle aparecía como el público que espera el espectáculo, al que por mi profesión estoy tan acostumbrado, pero por otro lado, el anonimato que proporciona el capirote-antifaz, te da la sensación de pasar desapercibido. Detrás de un capirote sólo hay unos ojos, como mucho más, unas manos que te pueden dar la pista relativa de quién viste esa túnica.
Entonces se produjo la magia. La promesa de silencio en la estación de mi hermandad, y por otra parte el respeto casi general que mueve a la gente de Sevilla, hizo que el tiempo se detuviera. Se podía meditar, rezar, hacer acto de contrición, pensar en tu vida, tus cosas, lo que hiciste o dejaste de hacer. Aquella situación me recordaba aquellos ejercicios espirituales que hacíamos en los Maristas en plena adolescencia. Como por un agujero, miraba el mundo sin ser observado. Familias completas contemplando el paso del Silencio Blanco, pandillas de chavales que viven sus primeras semanas santas, “pograma” en mano, discutiendo cuál van a ir a ver después, esa señora sola, con los ojos humedecidos, presintiendo ya cerca las imágenes que tantas veces vio con su compañero y marido en esa esquina, y que hace unos meses dejó este mundo para tal vez volver a Sevilla por primavera para esperar en esa esquina junto a ella a que pase el cortejo para ver ese grandioso palio.
Al final de Trajano, el consabido “plantón” (el Domingo de Ramos, para cuando pasa la Estrella ya se han acumulado un buen retraso en Campana.) Al menos me quedaba ver la entrada de la Virgen de la Hermandad de las Penas de Triana, pero más lejos de lo que pensaba. La Carrera, tal y como me había anunciado mi amigo, tenía algo de bueno y de malo:
De bueno, que tras momentos de bulla relativa, el orden de la fila se agradecía, sin gente que atraviesa la calle de cualquier manera, pero por otro lado, en la Carrera debe ser donde más caramelos se repartan entre los niños vestidos de punta en blanco que Irene nos contó en su Blog. Pues lo malo es, que como no todos los caramelos son del gusto de los infantes, el que no es del agrado, se escupe… ahí llega el pie del nazareno descalzo que lo pisa, se pega y se lo lleva así en el pie hasta la Catedral. Con un poco de suerte en algún momento se le ofrece un bordillo de acera para poder despegarlo.
También de lo mejor, y lo que te hace seguir con fuerzas en la fila, ver caras conocidas en la calle: mi mujer tirando de ese carrito de bebé, con esa semilla de futuro nazareno, que tal vez algún día tenga en su mano en colaborar a que en Sevilla se siga produciendo este milagro que os cuento cada primavera, la familia de mis amigos-hermanos, algún conocido, que aunque no te reconoce ni tú le puedes saludar, te hace sentir acompañado en esos momentos.
Realmente de lo mejor, el paso por la Catedral. En aquellos años ponían una alfombra que era un alivio indescriptible para el penitente descalzo. La sensación de paz, el silencio, fuera del bullicio de la calle (a esas horas en el interior del templo no queda casi nadie). En ese momento entiendes el sentido litúrgico de la Estación, y de algún modo sientes que vienes acompañando al Señor que va a padecer lo que veremos los días siguientes en todos los pasos de las cofradías restantes.
Es una pena que la cofradía en ese momento se desbarate porque la mayoría de los cofrades abandonan la fila para poder ir al baño.
El regreso fue tal vez lo más duro, físicamente hablando. Por entonces volvíamos por Hernando Colón, Plaza Nueva, Tetuán etc. El tránsito por Banco de España, con ese suelo de piedras incrustadas, que incluso calzado molestan, da la sensación de haber vuelto a la época de los disciplinantes. Como te tocara quedarte parado allí… Luego, al llegar a la Encarnación (antes de la invasión micológica por supuesto) un frío… a partir de las 12 de la noche ya refresca bastante en Sevilla incluso. En fin poco más, la sensación de la penitencia, que vas cansado, que te quedaba la bulla de sor Angela, que afortunadamente en la Cruz de Guía toda vía no era mucha, y doblar hacia San Juan de la Palma, con los parones inevitables, que no llegabas nunca.

Pero todo acaba, y entras en la iglesia, sueltas el cirio, intentas sentarte en donde puedes, y comienzas a ver cómo llegan los demás, cómo meten al Señor, la emoción de los hermanos, los costaleros. Todo termina por supuesto con la Entrada del palio. La sensación de haber compartido sentimientos con un grupo absolutamente heterogéneo, en edad, socialmente, culturalmente, es realmente única. Lágrimas, abrazos, y una lista interminable de emociones que de alguna manera volverán a surgir en lo que queda de Semana en cualquier calle o rincón de Sevilla.

 

 

 

Dedicado a todos los buenos amigos que encontré en este rincón cofrade y que han sabido esperarme durante el tiempo que estuve ausente y a todos aquellos que en algún momento tuvieron oportunidad de experimentar algo parecido a lo que cuento.

 

Gracias a Cándido J. Pérez que compartió con nosotros la foto que ilustra esto que os cuento, y he tomado prestada con tal fin.

 

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Comentado por Emi(Angel macareno) en abril 28, 2012 a 12:23am

Un relato conmovedor, César. Besos

Comentado por César en marzo 10, 2012 a 11:23pm

gracias a todos los que habeis comentado. de todos modos me suena que esto os sonara, y me sonais vosogtros tambien. Qué raro no?

Comentado por Manuel Jesús en marzo 10, 2012 a 9:15pm

Ya se que este año será imposible que puedas repetir la experiencia aunque esa primera vez sea siempre tan especial y profunda, este año lo vivirás diferente, en Silencio y con Amargura al otro lado del charco, pero seguro que a esa hora estarás oliendo a Sevilla.

Sera un año de cambios y con ellos espero que estés más cerca de esta tierra bendita.

Un abrazo y felicidades por traernos tus emociones.

Comentado por Puentiferario en marzo 10, 2012 a 3:03pm

Estupendo post. La procesión interior, bajo la túnica.

Por cierto, que sepas que hasta en Málaga los nazarenos del Silencio Blanco son legendarios.

Comentado por Moy en marzo 10, 2012 a 12:28pm

Realmente emocionante. Has desnudado el alma.

Comentado por MAITE en marzo 9, 2012 a 9:55pm

Los recuerdos son emociomes del alma. Que bien sienta leer cosas como esta.

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