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REPERCUSIÓN EN LAS HERMANDADES DE LOS ATAQUES A LA IGLESIA

Día a día, desde los grupos mediáticos encargados de formar las opiniones de sus adeptos, de cualquier signo político o ideológico, se ataca sin piedad a la Iglesia Católica (al resto de confesiones cristianas y demás religiones nada de nada), con una munición bien colmada de falsedad, rencor, medias verdades, sectarismo, ridiculización, burla, falsa mitología y mala fe que, poco a poco, a lo largo de los siglos, ha ido calando hondo en las conciencias de los creyentes, inculcando en éstos un sentimiento de culpa y un complejo que le impiden acercarse sin prejuicios a la verdad de una institución, fundada por Nuestro Señor y erigida por Él como garante de la fe e inequívoca fuente de salvación en medio del mundo.

Pero debemos confiar en que “la Verdad nos hará libres” y en que la promesa de Cristo a su Iglesia, ese NON PRAEVALEBUNT “No prevalecerán las puertas del infierno” sobre la comunidad que Él quiso edificar sobre Pedro, jamás dejará de cumplirse.
No podemos olvidar las palabras de nuestro Señor: “no es el siervo más que su señor; si a mi me han perseguido, también a vosotros os perseguirán”. Pero, junto a esta advertencia, unas palabras llenas de esperanza: “en el mundo encontraréis tribulación, pero ¡NO TENGÁIS MIEDO, YO HE VENCIDO AL MUNDO!”.

En los últimos siglos, desde los sectores más anticlericales, se ha golpeado con dureza la historicidad de los evangelios o la integridad de los textos originales, la existencia de Jesús, de sus apóstoles, de sus “enemigos” o de las ciudades citadas en las Escrituras y siempre, una tras otra, se han ido desmoronando todas las hipótesis levantadas, con amplio revuelo, por los falsificadores y supuestos “destructores de mitos” gracias a los avances y sorprendentes descubrimientos en el campo, sobre todo, de la arqueología, pero también de la historiografía, la papirología, la exégesis, etc.

Muchas de estas formas de crear odio están más vivas que nunca hoy día. Se pretende extraer la visión de los católicos, sus creencias y su modo ser y de sentir de la vida pública. En la democracia de las ideas, de la palabra, del respeto y la libertad, no cabe nuestra opinión. Somos los “apestados”, los “marginados” de la España pluriplural y mega-guay del siglo XXI. No merecemos ni siquiera una voz para defendernos.

Pero nunca fue objetivo de la Iglesia el amoldarse a los “tiempos que corren”; en dos mil años de vida, la Iglesia ha visto nacer y morir una infinidad de ideologías, pensamientos, políticas e, incluso, sociedades enteras supuestamente muy “modernas” y presentadas en su momento como definitivas. Por tanto, no se trata de un mensaje electoralista ni oportunista, es una convicción: la de que su misión en la tierra es recordar, día a día, el amor de Dios a los hombres.

Pero si hay una repercusión en nuestras hermandades de todos estos ataques a la Iglesia Católica, la principal de ellas es la de haber conseguido que los cofrades no sepamos –o, lo que es peor, no queramos- defender a nuestra Madre, la Iglesia de Roma, olvidando que ser hermano de una hermandad es estar en comunión con la comunidad religiosa local y con la Iglesia Universal.

El primer requisito para pertenecer a una hermandad estar bautizado. Por el bautismo somos “inscritos” en la gran familia cristiana del mundo y, por ello, como hermanos de la Vera-Cruz, hemos de ser –y, sobre todo, sentirnos- hijos de la Iglesia que el Señor muerto en la Vera-Cruz fundó por nosotros.
Tenemos que defender a la Iglesia. Tenemos que estar preparados y no dejarnos avasallar. Tenemos que tener presente una actitud crítica, preguntarnos continuamente cuánto de lo que se nos cuenta acerca de la Iglesia es verdad o no. No conviene que olvidemos que la clase política (a cualquier nivel y sin importar el color del partido) que hoy día en sitios como Sevilla y su provincia se acercan hipócritamente a las Cofradías, enorgulleciéndose de colaborar con las costumbres y las tradiciones populares, lo hace sólo porque entiende que existe en torno a ellas un sentimiento arraigado que permite extraer del mismo un importantísimo nido de votos con los que colmar sus aspiraciones. Pero que no nos quepa ni la más mínima duda: en el momento que ese rédito electoral disminuya o que el partido de turno estime que ya no le es necesario para sus intereses, no tendrá ningún escrúpulo en volverse contra las hermandades y todo lo que éstas representan. A ellos hemos de decirles sin tapujos que si se agrede a la Iglesia, también se agrede a nuestra Semana Santa, que no es más que la expresión externa de la fe que profesamos y de la que hoy día se pretende “limpiar” a las nuevas generaciones.

Si no somos capaces de defender aquello que hace cinco siglos levantaron con esfuerzo los primeros cofrades de Benacazón, tarde o temprano, el ciclón de la mal llamada “modernidad, del “todo vale”, del “relativismo moral” a la que nos vemos empujados sin tregua, acabará por tragarse nuestra historia y todo lo bueno que hay en ella.

Conviene tener todo esto muy presente antes de tomar una decisión que comprometa la responsabilidad que cada uno de nosotros tiene como ciudadano.


Bruno Castillo Fernández.

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