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SOBREVIVIENDO A LAS LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA

Las leyendas negras se crean, se comunican y logran pervivir per saecula en el recipiente de la ignorancia o la mediana cultura. En nuestros tiempos, merced a la deficiente formación general que han dejado decenios de pedagogía 'progre', a los medios de “desinformación” que sacrifican la verdad al beneficio ideológico-económico y a una cuba de leyes educativas pensadas para Marte, se lanzan y acatan imposturas históricas a diario. La Iglesia católica figura como objetivo predilecto del 'leyendanegrismo' común.

Por poner ejemplos que se pudieron leer en su día en importantes periódicos de los considerados 'serios', el Vaticano, con su prematuro reconocimiento a Croacia, sería el gran atizador de los odios bélicos que despedazaron la antigua Yugoslavia (en realidad, el reconocimiento de la Santa Sede a la República Croata llegó después del de Eslovenia, Letonia, Ucrania, Lituania, Islandia, Estonia y del anuncio de Alemania; y se produjo en la misma semana que el de otros 21 países, incluida la Comunidad Europea).

Así también, el acuerdo es unánime en que la Carta Colectiva del Episcopado Español de 1 de julio de 1937 declara 'Cruzada' al alzamiento que inició la Guerra Civil Española (cuando lo cierto es que sólo una vez aparece la palabra ''cruzadas'' en ese documento, pero usada en su sentido propio y, encima, para rechazarla).

Si ya se hicieron vistosas acrobacias intentando enhebrar el secreto hilo oscurantista que liga a los cristianos -preferentemente españoles- con la destrucción de los budas de Bamiyan a manos de los talibanes (ver los artículos de Luis Antonio de Villena o de Henry Kamen posteriores al suceso), parece que al menos han considerado que achacar a la Iglesia lo de las Torres Gemelas o el 11-M era ya hacer encaje de bolillos, por lo que se han conformado con equiparar moralmente estos condenables atentados terroristas a la no contratación de una profesora de Religión de Almería (¡como ustedes lo están leyendo!).

Pero de todas las leyendas negras, una, la Leyenda Negra por antonomasia desde que así la bautizara Julián Juderías en 1914, es la que duele a muchos católicos por su resistencia a desvanecerse, por su manipulación injusta de las medias verdades y porque produce zozobra o anega en dudas algunos corazones sencillos.

No serán pocos los lectores que puedan constatar que entre alumnos o catecúmenos de escasos conocimientos generales sí se da, en cambio, cierta familiaridad con conceptos como Inquisición, genocidio indio o persecución de los judíos, invariablemente revestidos de tonos tétricos y terribles. Y que estos 'conceptos' -permanentemente recordados sin revisión ni contextualización por quienes confunden las aulas con aquellos centros de reeducación de infausta memoria- se emplean a veces, ya como excusa, ya como manifestación de una preocupación sincera por lo que la Iglesia ha podido hacer en el pasado.

Más de medio siglo de fina labor historiográfica -singularmente extranjera, pero no sólo- ha puesto en su sitio la Leyenda Negra, devolviendo a la Corona y a la Iglesia españolas su verdadero rostro histórico, libre también de retoques nacarados o rosáceos. Entre ellos, el mismísimo Henry Kamen, que tuvo que rectificar a la baja sus propias conclusiones sobre la Inquisición española, una vez que culminó una extensa investigación histórica al respecto, (léase el artículo “La Falsa historia de la Inquisición Española” , publicado por El País (¡!) y firmado por Lola Galán).

No era posible que aquel 'Rey Prudente' que, adelantándose a su tiempo, protegió las lenguas indígenas, fuera a la vez el odioso 'Demonio del Mediodía'. No era posible que, por efecto de un 'genocidio', Hispanoamérica -y hasta nuestro pueblo, que se honra con la presencia estable de algunos hijos de Bolivia y Ecuador- rebose de caras indias y mestizas; ni que a resultas de un 'etnocidio' haya surgido el genuino arte indio-cristiano que fascinó al historiador Arnold J. Toynbee y que acapara la protección de la UNESCO. No era creíble que, si se evangelizó a golpes y capirotazos, los guaraníes defendieran con su vida las reducciones jesuíticas y los batallones cristeros frenaran la barbarie ilustrada de la oligarquía criolla, puestos bajo la guía de los estandartes guadalupanos y entre continuas invocaciones a Jesús; o que en la última encuesta anual del Banco Interamericano de Desarrollo (Latinobarómetro 2005) aparezca la Iglesia católica como la segunda institución que goza de mayor confianza entre los ciudadanos de toda Iberoamérica, justo por detrás de los cuerpos de Bomberos y 16 puntos por encima de las cadenas de radio.

No parecía concebible que la España inquisitorial -presunto símbolo universal de la sima de horror a la que abocan el fanatismo y la vesania- fuera a la vez la España del Quijote, de la Biblia Políglota, de Calderón y de Velázquez (es curioso oír a V. S. Naipaul, Premio Nobel de Literatura en 2.001, declarar que ninguna literatura española le parece valiosa fuera de la del Siglo de Oro).

De otra manera, tampoco parecía plausible que si Galileo sufrió prisión y tortura, muriera -ya anciano- manteniendo intacta su fe católica, o que los grandes científicos de aquellos siglos, como Copérnico –canónigo-, Newton, Pasteur, Pascal, Ampere, o el español Miguel Servet ( médico católico condenado a la hoguera por los calvinistas en Ginebra y que escribió sus mayores descubrimientos médicos en una obra sobre teología) , fueran también cristianos, si como se cree, la Iglesia siempre se interpuso a la ciencia. Resultaba chocante que esas naciones tan civilizadas y que tanto reprochaban a España, hubiesen aprendido tan poco de nuestros errores y multiplicaran las barbaries, levantando pavorosas 'inquisiciones' siglos después de agotada la de aquí, produciendo genocidios verdaderos en colonizaciones y holocaustos que convierten a los siglos XIX y XX en una tartufesca tribuna desde la que nadie debería atreverse a juzgar el pasado remoto y ajeno. O que a raíz de un apoyo católico al nazismo, el Congreso Judío Mundial de 1945 agradeciese la ayuda del Vaticano en defensa de los judíos, o incluso que el propio Albert Einstein (judío), por esto mismo, enalteciera a la Iglesia Católica en una entrevista concedida a la revista Times.

Hoy, entre la gente verdaderamente culta, las Leyendas Negras están superadas. Ahora mismo casi resulta cómico contemplar a autores de postín 'revisando' los disparates por los que apenas hace unos años eran aplaudidos hasta hacer enrojecer las manos (Kamen); o dados al divertido anacronismo de un Felipe II 'nacionalcatólico' y un Santo Oficio siempre vivo persiguiendo a Leonardo Boff (García Cárcel), y hasta de un Fray Bartolomé de las Casas que prepara el Zapatour (Fernández Buey). Y de lo que francamente se hizo mal, el Papa Juan Pablo II-caso inédito en la Historia- pidió perdón a Dios y a los hombres, postrándose de hinojos a los pies de un crucificado, ante los ojos atónitos del mundo.

Pero el pueblo -y en especial el pueblo cristiano- parece que se ha quedado anclado muchos decenios atrás, atrapado en la estéril pleamar de las hablillas políticamente correctas. Y creo, con el intrépido hispanista galo Jean Dumont, o con el eminentísimo historiador y agnóstico, Leo Moulin, que es labor inaplazable de los católicos dar a conocer a todos hasta qué punto ''donde abundó el pecado, sobreabundó la Gracia'' en aquellos siglos en los que España lo apostó todo a la carta del Evangelio. Por ello, no puedo dejar de agradecer a la Hermandad de la Vera-Cruz -en la que a veces, sólo a veces, se percibe aquel espíritu creativo y generoso que sembrara de universidades y colegios superiores el Nuevo Mundo- la oportunidad que me brinda de transmitir humildemente algo de esto a sus hermanos.



Fuente: Trabajo de M. A. García O. (investigador UCAM), 2.001
www.apologética.org y enlaces.



Bruno Castillo Fernández.

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