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María en su superlativa belleza, con la oscuridad de la Plaza de fondo. Solo la luz cansada de la candelaria descubre el moreno penetrante de la Madre. Podrían usarse mil palabras para describir el momento, podrían usarse mil palabras para describir a la Madre… Y se escogiese el camino que se escogiese el resultado sería uno de los sinónimos más acertados de Sevilla: Belleza.

 

Durante el año ha llorado en el altar de los ángeles, ese en el que el mismo Dios sufrió. Pero el Martes con el Cielo estrellado, bajo la exquisitez del palio sevillano y con la envidiable presencia de San Juan, la Virgen recita a Sevilla la más acorde sinfonía de sentimientos. No le hacen falta palabras, tampoco los gestos. El llanto es lo que la ensalza en la belleza más extrema.

 

El aire se vuelve hermoso y el frío no acompaña. El tiempo hace una pausa en San Lorenzo, en el palio de la hermosura. La Virgen del corazón abofeteado exprime su llanto sin demora, la brisa le sacude el alma, la noche le arranca la vida y el desconcierto le roba las palabras… La Virgen llora, llora sin descanso, llora con rabia, llora con pena, llora desconsolada… Llora con la dulzura que le dan sus ojos, con la ternura que le dan sus labios, con el cariño que guarda en sus manos, con el Gran Poder que su corazón guarda. Llora con el sentimiento de su Nombre.

 

La Virgen se marcha. Todo se vuelve oscuro cuando las puertas de la iglesia anuncian con única elegancia que la Virgen de la Belleza llora ya entre paredes. La gente se marcha con su cara en la mente, con sus mudas palabras. Su hermosura fue capaz de cambiarlo todo y parar el tiempo, de hacer llorar y de impresionar, de nacer la fe y morir la angustia… Se marchó si, pero dejó para la eternidad en el alma de los sevillanos su esencia misma en dos frascos: su nombre y su belleza.

 

Y es de la mezcla de ambos cuando la explosión de los sentimientos se hace mayúscula en el corazón humano. María de la Belleza es el resultado de la ecuación soberanamente bonita y linda. La ecuación que se plantea en la cabeza de cualquier mortal al intentar descubrir que se esconde tras la belleza la Virgen del Dulce Nombre.

 

Hoy te pido, linda rosa

darle luz a mi camino,

Hoy te ruego flor hermosa,

compañía en mi destino.

 

Hoy te busco, linda estrella,

Y creeme no será en vano

pues busco la flor más bella,

del floral más sevillano.

 

¡Dulzura en tu nombre, María!

para eterno hacer, hermosa flor

lo que tu pueblo ante ti sentía:

Ternura, Belleza y Amor.

 

 

 

 

José Antonio Montero Fernández.

 

A la Virgen del Dulce Nombre

Al principio.

Al final.

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