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Y pasó la Navidad... Y ya casi la olvidamos...

ESCUCHANDO LOS SILENCIOS ANTE TI…, MADRE

Silencio, por Dios, silencio. Que no te trastorne nadie. Deja que sea el corazón el poeta de este instante.
Déjame, Madre, quererte, que solo quiero lograr, por mi amor, el merecerte, conseguirte, y además ir a Ti, tras de mi muerte.
Déjame, Madre, decirte lo que siento dentro de mí, que quiero bendecirte en esa gloria feliz que tu Hijo prometió al irse.
Déjame, Madre, amarte en alma y en corazón, que mi afán es agradarte y no causarte traición, para así mejor ganarte.
Déjame, Madre, vivir por los clavos que han cosido a tu Hijo en esa madera execrable luchando por conseguir para mi ser, la virtud que te acerque más a mí.
Déjame, Madre, soñar con la dicha más completa, que sé que he de lograr, tomándote a Ti por meta sabiendo lo alta que estás.
Déjame, Madre, llorar por lo mucho que Te ofendo pese a tanto que me das, que paso mi vida siendo con tu ser un Judas más.
Déjame, Madre, que te pida por este mundo pecador que tantas veces Te olvida y hace cuestión de honor la ambición más desmedida.
Déjame, Madre, contarte esperanzas e ilusiones, nacidas en gran parte de sinceros corazones que ahora quieren consolarte.
Déjame, Madre, medrar en torno de tu persona, que vienes entre penar y que con dolor perdonas nuestro vicio de pecar.
Déjame, Madre, sentir el mismo dolor que sientes, por esa cruz donde tu Hijo cuelga, y que por mi soporta tan paciente, que es un ejemplo a imitar.
Déjame, Madre, seguir con mis ojos Tu suplicio porque quiero tu mismo sufrir para darte la dulzura que merece esa tu gélida mirada… 
Déjame, Madre, la vida por algunos años más con toda mi alma encendida, con el anhelo de luchar porque Mitiguen tus amarguras y angustias.
Déjame, Madre, tener la aspiración que ahora tengo de hacerte conocer, porque con ella mantengo mi vida con interés. 
Déjame, Madre, camino, haz más larga mi andadura en pos de tu Lar divino. Que, cuanto más larga y dura, merece más tu destino.
Déjame, Madre, que pueda mantener siempre tu amor…, 
¡Cuánta pena, Madre!
Y es tan amarga como el cáliz sobre el que imploró piedad tu Hijo al Padre, en aquel lugar entre Betania y Jerusalén llamado de los olivos.
Amarga, como el hisopo que le acercan a los labios, impregnado de la ira de los hombres y del vino agrio de la venganza.
Amarga, como las negaciones del que más férreo parecía en su fe, sobre quien se edificarían los pilares de la nueva doctrina.
Amarga, como la ingratitud de la muchedumbre que olvida la bondad y la dulzura del maestro, la palabra de Dios y los milagros, concediendo la gracia a un proscrito y devolviendo el odio incompresible.
Amarga, como la soledad ante la huida de los que le juraron amor eterno.
Amarga, como la cobardía de un sanguinario pretor, que intentó expiar su culpa con el agua de una jofaina.
Amarga, como la tortura de madera, en que la eternidad del tiempo, aun lo sigues abrazando cada noche.
Amarga, como el sabor de Tu llanto sin reservas, Virgen de La Piedad, derramando en cada lágrima girones de vida.
Amarga, como la mofa y la burla, de quien compartiendo suerte y agonía, duda de la divinidad del que padece en el último altar de sacrificio, elevándose en el monte de la calavera, en una cruz reseca…
Amarga….

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