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YA HUELE A SEMANA SANTA.-
Es como un presentimiento; es como un toque delicado envuelto, como el caramelo de un nazareno, en una alegría íntima que toca sin hacer ruido; es un encuentro conocido y deseado y que llega, sin saber cómo, cuando menos lo esperamos. Es un viejo ciclo, es centenario, es el momento en el que, cuando asombrados y alegres nos topamos con él, decimos: ¡¡Ya huele a Semana Santa!!
No fue necesario que los naranjos de la Plaza del Museo, ni los de Dña. María Coronel o los del Parque de María Luisa estuviesen nevados de azahar o que éste despuntase en ellos. Ni fue preciso que notásemos que la luz fuera honda y profunda hiriendo la cal de los zaguanes; ni que la brisa, perfumada por las flores, apareciese suave y cálida escapándose de la grisácea y gélida bruma invernal trayéndonos a la mente, como dijo Romero Murube, -ecos indecisos, lejanos y vagos de cornetas, tambores, procesiones y sueños…-
No fue obligado nada de ello porque una mañana, paseando por las escondidas calles del centro de esta ciudad, nos sorprenderá que las golondrinas y los vencejos nos darán escolta en nuestro transitar avisándonos, mientras realizan cabriolas en el azul y sereno cielo sevillano, que algo está cambiando, que hay una especie de revuelo, algo que no se advierte y se aprecia sin saberlo que está cambiando a Sevilla y que hace mayor su secreto.
El Giraldillo, espectador vigilante, no dejará de asombrarse observando el ir y venir de cofrades con sus nuevos capirotes de cartón o de aquellos otros saliendo de una tintorería llevando del brazo su túnica limpia y recién planchada y las colas que se formarán en las zapaterías para probarse las nuevas manoletinas y las sandalias de dos tiras, calzado, que aumentará el rigor de la Estación de Penitencia a causa de las rozaduras y ampollas que producirán en los pies de los nazarenos.
Y se fijará en la hermosa estampa que produce ver las largas filas, frente a las puertas de una casa-hermandad, de los hermanos que van a sacar su Papeleta de Sitio para acompañar a sus amados titulares.
Sevilla, en estas fechas, se pone nerviosa y se impacienta deseando que esos días pasen cuanto antes y que ocurra, otra vez, el milagro de la mañana más brillante y luminosa; la mañana, como dijo Chaves Nogales, -de la luz para las almas claras, aptas para la tragedia-: la mañana del Domingo de Ramos.
Y huele a Semana Santa porque esta ciudad nos va comunicando, casi imperceptiblemente, esa cuenta atrás. Algunos sevillanos, como los relojes del Cronómetro de la calle Sierpes, contarán los días, horas y casi los segundos que faltan para la Semana del Gozo. Y tampoco es nada raro ver en una bodega o bar que, en una pizarra o en un bocoy, aparezcan escritos con tiza, los días que faltan porque no hay otra fecha en la que el sevillano se preocupe de conocer tan ansiosa y anticipadamente como la del Domingo de Ramos.
Y es que el anuncio se hace a través de múltiples detalles: Por los ensayos de una banda escucharemos, con un vuelco del corazón, que de lo lejos nos llega el retumbar de unos tambores y el sonido de unas cornetas. O veremos, junto a las puertas de los templos, las convocatorias a los cultos de muchas hermandades, así que no es extraño que en alguna calle nos lleguen tufaradas de incienso procedentes de una iglesia cercana y en nuestra mente resonará, nuevamente, esa frase que nos sale del alma: ¡ya huele a Semana Santa!; y oleremos, también a Semana Santa, cuando de madrugada, escuchamos una marcha procesional que sale de un radio-casette que como banda de música eventual y efímera, marcará el compás de unos costaleros que, portando unas parihuelas, están haciendo sus últimos ensayos o la “mudá” del paso al templo de su hermandad; y seguiremos oliendo a Semana Santa cuando, afortunadamente, vemos que en la puerta de la iglesia del Divino Salvador está instalada la rampa de madera que servirá, como siempre ha sido en las vísperas, como lugar de juego para que los niños correteen arriba y abajo de ella mientras sus padres se toman unas cervecitas con sus “montaítos” correspondientes en los bares que están instalados bajo los soportales de la plaza.
Por eso, en Sevilla no se puede expresar de mejor manera un anuncio con más alegría y con más deseo que cuando sentimos y decimos: ¡Ya huele a Semana Santa!
Los sevillanos vivimos nuestra Semana Santa desde nuestros más profundos recuerdos. Y cuando aparecen ante nosotros esos momentos sencillos, pasajeros, muy queridos y clavados en lo más hondo de nuestro sentir es cuando descubrimos que la “Semana Mayor y Mejor del Año” está a solo una “chicotá” y a una “revirá” del almanaque.
En la constante espera de la Semana Grande, la Cuaresma para muchos de nosotros es el centro de la vida anual. Es el punto de partida desde el que se va midiendo el transcurrir de los meses. Y es que para muchos cofrades, el año puede tener más de trescientos sesenta y cinco días… o menos: dependiendo del mes en el que esté el Miércoles de Ceniza.
En cada cofrade hay un niño que aflora, desde lo más profundo de nuestros años, cada vez que llega la Cuaresma. ¿Qué es lo que tienen las vísperas que nos hacen recorrer nuevamente por las viejas veredas del rito y la liturgia?; ¿qué es lo que tiene la Cuaresma que nos hace andar sobre viejas huellas para cumplir con la misma ceremonia, año tras año, y sentir que se sucede con la misma cadencia con que sientes caer el tiempo sobre tu espalda?
La Cuaresma posee ante todo Inocencia. Por eso, el niño inocente que un día fuimos aflora removiendo nuestra memoria. Por eso, como dijo Ignacio Camacho, volvemos a vivir “las tardes luminosas que pasábamos cogidos de la mano segura que marcaba el camino por donde transitaba nuestra pureza”.
Este tiempo nos trae a la memoria los momentos más íntimos y sublimes vividos en la niñez o en la juventud: Quién no recuerda el olor hogareño de esas torrijas y del arroz con leche que nuestra madre hacía en la cocina mientras iba escuchando el programa radiofónico Cruz de Guía; o recibir el Boletín de tu Hermandad en la que ya venían estipuladas las limosnas de las Papeletas de Sitio…algo que motivaba una discusión con tu madre –verdadera Ministra de la Hacienda Hogareña- porque habían subido el precio de éstas a razón de cinco o diez duros con respecto al año anterior.
Y, mientras paseábamos con nuestros padres por Sevilla, quién no ha pegado la frente en el cristal del escaparate de una confitería para admirar la exposición de pasos en miniatura acompañados de un cortejo multicolor de nazarenitos rellenos de bombones o caramelos.
En el colegio, la Cuaresma se hacía notar cuando la clase, ausentado el profesor, imitaba el redoble de los tambores dando con los lápices encima de los pupitres y algún compañero hacía de “Julio Vera” tocando una corneta formada con los dedos de una mano. -Recordando este momento se me viene a la memoria que un día de colegio el profesor tardaba en llegar a dar la clase tras el recreo. Pasado un rato, sin que el profesor llegase, los alumnos, como dije antes, empezamos a tocar los tambores en los pupitres; nada más iniciarse el redoble con los lápices se me ocurre que dos compañeros se metieran debajo de un pupitre, a modo de costaleros, para hacer un paso. Evidentemente, yo era el capataz y como llamador del paso utilicé la regla de madera que se usaba en la pizarra. Nada más utilizar las palabras mágicas que todo capataz usa para llamar a sus costaleros: ¡Manué que te ví a llamá!- ¡Pos llama cuando quieras!- Tos por iguá valientes ¡A ésta é!, el pupitre-paso se levantó con tal fuerza que lanzó a los libros y demás enseres al medio de la clase. Acto seguido un compañero al que llamábamos “El lápiz”, por su extremada delgadez y longitud, empezó a tocar con su mano, como si fuera una corneta, los sones del Himno de España, algo que motivó una enorme algarabía en la clase porque los costaleros estaban sacando el paso, del sitio en el que se encontraba, con todo el arte del mundo. Con los óles, aplausos y vítores a los costaleros y mis voces de “-¡duro con é valientes!”, “-¡menos pasos quiero!” parecía que estábamos ante una cofradía de barrío, pero… ¡ay!, de repente, todo el jaleo se convirtió en un profundo y espeso silencio, el mismo que se produce cuando sale la Cruz de Guía del Silencio –dualidad cofrade sevillana- y esto fue debido porque nuestro profesor había entrado sigilosamente en la clase y al capataz que les habla y su cuadrilla de dos costaleros los pilló en medio de una chicotá que para sí hubieran querido la famosa “Cuadrilla de los Ratones”. Evidentemente el paso se arrió inmediatamente suspendiéndose la procesión por orden de la Autoridad competente –en este caso no eclesiástica-. Pero una cosa era suspender la procesión y otra que la estación de penitencia no se llevase a cabo, por eso y porque la Cuaresma es período de reflexión y penitencia para purgar las faltas cometidas, nuestro profesor, con la regla que utilicé de llamador, nos asestó en las palmas de las manos dos reglazos bien fuertes a costaleros y capataz para culminar la penitencia mandándonos poner de rodillas con los brazos en cruz, hasta que finalizase el horario de clase, para que así reflexionásemos sobre la trascendencia de nuestros actos. Como fuimos pillados “in fraganti”, sin que nos diésemos cuenta de la llegada del profesor, a partir de aquél día a los tres compañeros que configuramos la cuadrilla estudiantil el resto de la clase nos puso el mote de “los tres penitontos”, algo que nos dolió mucho más que el castigo-.
Pero la Cuaresma también es sinónimo de sentimientos. Si no que me diga alguien quién no siente una ilusión tremenda al percibir el olor de la túnica planchada –fiel reflejo de tu fe- y el verla colgada tras la puerta de tu dormitorio, esperando anhelante que llegara el día más importante del año para que te revistieras de ella y, así, acompañar a tu Cristo o a tu Virgen por las calles de Sevilla con ese cirio encendido –luz y llama de nuestra alma- con el que hicimos y hacemos nuestras estaciones de penitencia.
Cuántos detalles, cuántos momentos íntimos, cuántos sentimientos…
Al recordar todo esto es inevitable recordar a aquellas personas que dejaron en nosotros, entre otros muchos valores, la semilla de la fe y el amor a unas imágenes que se convirtieron en faro, guía y punto de encuentro con nuestro Dios. Por eso es imposible que no llegue a mi memoria el recuerdo de mis padres.
Yo, que me crié en Triana y que en ese barrio tan querido viví mi Cuaresma juvenil de iglesia en iglesia para ver cómo iban montando los pasos de cada una de las cofradías allí residentes, tuve la suerte de recibir de ellos la vocación y el amor a mi Virgen de la Esperanza Macarena.
Con mi padre ya no puedo verla mientras camina en su palio en la madrugá del Viernes Santo, tal vez sea que por eso me pregunto: ¿por qué siempre acabo llorando al mirar a la Macarena?
¿Es tristeza, alegría, congoja o Esperanza?
Puede que sea el incienso con su punzante fragancia.
Puede que sea el ataque incruento de recuerdos imborrables de familiares ausentes o de la ya lejana infancia.
O la emoción contenida, ese nudo en la garganta, que te entra cuando miras un palio que no es un palio, sino la justa medida del arte más sevillano.
Quizás cuesta acostumbrarse mirar esa bendita imagen, de tan maravillosa beldad, ante la que se han postrado reyes, toreros, poetas…personas muy notables, de gran celebridad. Y también la casta humilde de ese barrio entre murallas, el barrio que tiene a gala la gozosa cercanía de la Reina de los Cielos que también fue niña un día y que jugaba entre Parras y Escoberos. Benditas calles de soñada infancia, en donde nadie se aclara, porque allí también les pasa con el eterno dilema de por qué acabo llorando al mirar la Macarena.
No me convence el agnóstico que dice: “sólo es madera”. No me convence el beato que simplemente le reza. No me convence el fanático que compara a las dos reinas. Ni los códigos extraños que nos reinventan la historia con reales descendencias. Yo solo escucho al corazón que me habla en su presencia, que me dice y revela sus alegrías y sus penas, más no descifra el misterio de por qué acabo llorando al mirar la Macarena.
El Arco no es otra cosa que la puerta de los Cielos y ese muro levantado con propósitos guerreros es hoy el enhiesto abrigo del más hermoso arrabal de la Tierra de María. La Basílica, el joyero de la Alhaja de Sevilla y las calles del barrio son el precioso Sagrario de los más hermosos sueños de mi niñez, mis amores y mis mejores recuerdos.
Quizás cuando yo me vaya y atraviese la puerta de las celestiales murallas, entre los ricos aromas que me alegraron la infancia: azahar, castaña asada, calentitos y buñuelos, hierbabuena y mejorana, jazmín, canela, albahaca, incienso y garrapiñada, con un fondo musical que ofrecerá “Font de Anta” o el popular villancico que alegremente cantaba: “Campana sobre campana” o el sublime poderío de una copla de “La Juana” o el “Pero como Tú ninguna” del insigne pregonero, en mi cielo macareno tal vez mi padre me desvele los secretos de la muerte y de la vida y me descifre el misterio, cuando esté en su compañía, yo que tanto la quería, de por qué yo, en la vida terrena, siempre acababa llorando al mirar la Macarena.
Y en los años que me faltan
Mi ansiedad tiene un consuelo:
Un balcón en Escuderos
Con vistas a la calle Parras.
A mis plantas cien plumeros…
En lontananza, su palio,
La multitud a sus pies
Y mis labios recitando:
Mi amor se llama María José,
Mi infancia es un Viernes Santo,
Mi barrio es un barrio en fiestas
Y siempre el aire impregnando
Un rezo, un canto, un poema
Eternamente gritando:
¡¡MACARENA, MACARENA, MACARENA!!

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Comentado por Jordi de Triana -FUNDACEC- en marzo 20, 2010 a 3:32pm
Un placer hermano volverle a ver por nuestra casa con esas hermosas palabras que un gran día de la pasada Cuaresma compartiste con tus compañeros y amigos.

Un abrazo.

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